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Resistiéndose a perder su forma

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“Untitled” (1981), de Jean Michel Basquiat.

Por Pablo Aranda

 

Para Celeste

porque sí

I

La Chancha gusta de las palabras pero no le va que se las manoseen, es en esos casos en los que resuelve levantar el muro. Sospecha que reclamo este abandono. Tiene un duende viviendo en su ombligo que le cambia de lugar los lunares. Hace muchas vidas que dejó de necesitarme y espera con la boca abierta la manzana de cada día. La obligaron (los climas) a mojarse que se le hizo vicio el agua y, a veces, llora para tener en qué enlodarse. Se mueve en el barro ¡que es una delicia! Suele decirse que duerme poco para alargar así las jornadas. Presiento que es el miedo, con sus dedos, el que le mantiene los ojos en vilo. La Chancha no es de color rosa, me juró y me recontra juró que lo había sido alguna que otra vez. Como se sabe tiene un rulo por cola con el que saca verdad por mentira. Cuando queda encantada no se transforma en sapo; sin embargo, empieza a croar. Me dejó un nombre consonántico, la inocencia muerta y un hombre en el espejo. Yo no supe cómo quedarme en sus recuerdos.

II

La Chancha pierde la visión cuando hace el amor (no se enteró de que el amor no se hace) y sé que ella lo provoca hasta alcanzar el odio a los sordos y así seguir siendo débil a las sentencias de su Gurú. Entiende que por arte de birlibirloque no se llega al qué y que el cómo es la seducción del vértigo, es engordarse para la gula. La Chancha ya no aparece en sueños se fue tan lejos que se hizo pasado. La otredad de buscarle causas a seres que se niegan a creer en la existencia de la causa incausada de todas las causas. Compartimos el mismo sueño: el de cerrarnos los ojos al morir como insulto como negación como gesto romántico.

III

La Chancha vuelve a insistir. Es indiferente a las extravagancias del ingenio, se presta al anonimato. Me cree prescindible, borrador, salto cuantitativo en el mañana, crisálida de quién te ha visto y quién te ve. Soporta con la frialdad del que se sabe ofrenda las convenciones y su época. Intenta ocultar que la vida le pesa. Me recuerda que sólo se encuentran los que se buscan aunque el lobo siga soplando. Me obliga a escribir y dice, para consolarme, que siempre habrá nubes. Supongo que espera ver realizada esta posibilidad para volver a aparecer. No obstante, La Chancha odia a los escritores y al mundo exterior, está fluctuando escindida. Algunos dicen que se enterró viva en devolución, otros que es una mentira inventada por los que ya perdieron su silla. Yo extraño sus torpezas en mi almohada, su sueño terrible y feliz, su color ya irrecuperable, el oink oink de los que no juegan con las palabras.

IV

La Chancha se pone triste cuando cae en la cuenta de que no es futuro ni presente. No quiere aceptar que el de Azul ha muerto y ella duerme por siempre.



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