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Algo espera detrás de la curva

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Javier Adúriz en El Litoral, en 2003.

Foto: Archivo El Litoral

Por Roberto D. Malatesta

“Los nada”, de Javier Adúriz. Ediciones del Dock. Buenos Aires, 2011.

Éste es un libro que debió ser presentado por el autor. No siendo así resultó ser un legado para los otros, quienes lo presentaron, sus compañeros posclásicos (posclásico: ese tomar las viejas riendas del lenguaje clásico para dotarlo de otra vivacidad, de acortar las distancias, sin ser coloquial, con el lenguaje hablado). Fue presentado, además, “Los nada” por aquellos que vieron en Javier Adúriz un faro.

En los últimos años, desde 2004, el ritmo de producción poética de J. A. se intensificó. En ese mismo año se edita Canción del Samurai, para aparecer en el 2008 dos nuevos libros Esto es así y La verdad se mueve. El que nos ocupa debió haber aparecido en el 2010, pero como se dijo: no pudo ser en el tiempo preciso.

Javier Adúriz nos dice: “Sin lector no hay literatura y menos poesía” y que “la belleza del mundo es imperfecta / y de verdad es belleza, no necesita demostración / Es en sí la flor ajada y deliciosa / Lo que vive y vivió el día hasta su límite”.

Ese límite buscó siempre la palabra de Javier Adúriz, un lenguaje a través del cual se filtraran otros lenguajes. De allí sus poemas que abren diálogos, que interceptan voces.

En Los nada, como quien tiene la percepción de que debe con urgencia escribir, existen cuatro poemas, como hijos tuvo en vida. Suelen los poemas dedicados desubicarse fuera del ámbito al cual se los circunscribe; no es éste el caso y allí se puede medir la fuerza de la palabra de J. A., su pericia para buscar un lenguaje íntimo y a la vez capaz de atravesar distancias. Estos poemas sin dejar de ser “propiedad” de sus destinatarios mantienen esa cualidad de búsqueda del lector. Dicho de otra manera, los poemas dedicados dejan el regalo invalorable al destinatario; el resto que accede a ellos resulta como quien sólo se queda con el envoltorio del regalo. Adúriz tuvo la precaución de desechar previamente todo envoltorio.

Y un quinto, “La señora y el colibrí”, aunque el libro todo está dedicado a su esposa, Ana Bravo, dice “hace lo suyo: el absoluto hace / y su ternura no cabe entre las sílabas”.

Que sin lector no hay literatura y menos poesía eso es cierto, pero no se trata de la búsqueda a ciegas, del lector por el lector mismo. J. A. establece un contrato en el cual los firmantes son ese lector que él busca y el otro que desea hallar a su autor, “quien lo busque y quiera”, esfuerzo en común para un logro único.

“Si algo espera detrás de la curva, yo te espero o esperame”, verso con muchas lecturas. Pero bien puede resumir la búsqueda poética de Javier Adúriz.


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