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El ex deportista

El ex deportista

Pudo haber sido un jugador profesional o amateur con algo de sapiencia y práctica constante de algún deporte. Pero por distintos motivos, el señor o la señora- sólo practica el acompasado movimiento de brazos para cortar una maruchita o para empinar un vaso. No quiero generar falsas expectativas: ni pienso transpirar para escribir sobre este tema.

TEXTOS. NÉSTOR FENOGLIO. nfenoglio@ellitoral.com. DIBUJO. LUIS DLUGOSZEWSKI. lzewski@yahoo.com.ar.

 

Puede pensarse que detrás del adusto gerente de un banco se esconde un otrora hábil zurdito que la movía de lo lindo; o que ese simpático vendedor de zapatos era un áspero cinco, guapo y metedor. Puede ocurrir que cuando ves un panzón alguien comente “sabés cómo jugaba ése”. Y aun en los casos más prosaicos, los que no han tenido habilidad alguna o han sido miembros de reparto nomás en el ancho y ajeno mundo del deporte, pues ahora, pasados los cuarenta o los cincuenta y en algunos casos, a los treinta, para no ir perdiendo tiempo- directamente se dedican a ejercitar el dedo gordo: con ese dedo accionan el control remoto de la tele y con ese mismo dedo le bajan un chorro de soda al vermucito, para no empedarse tan rápido. Hay que dosificar fuerzas y aguantar hasta el segundo tiempo.

Esos tipos tienen incluso un pasado reciente en alguna liga de veteranos, o guardaban un turno de paddle con unos vinazi como él, o jugaban los martes al tenis con el doctor fulanito. Pero ahora dejaron. Puede ocurrir, como te confiesan con algo de falso pesar (no he visto a nadie con verdadera angustia por esto), que se lesionaron la rodilla, tienen problemas de meniscos (yo tengo problemas de mariscos y no digo nada), ligamentos o tendinitis en el occipucio. Los tipos han aprendido a ser específicos y tenés que bancarte media hora de explicación más o menos médica, que bien podrían abreviar con un sincero “no tengo más ganas” o “no me la banco” o “dejé porque me llevaba una semana recuperarme” o “me dolía hasta para parpadear”...

Paulatina o súbitamente, esos tipos han dejado que sus hijos empiecen por fin a ganar sus partidos y así han salvado una relación que hasta allí estaba dictaba por la pater paternidad soberbia y rancia, la misma que le ha casi arruinado la vida al pibe, todo por no ceder a tiempo o no saber o querer perder. Pues ahora pierden y es un camino sin retorno: tu viejo empieza a ser humano y vos sin darte cuenta comenzás a revertir la carga de contención.

La otra excusa perfecta además del auto, las responsabilidades laborales y familiares, los horarios y otras cosas que te llevan a suspender el hasta un tiempito insuspendible fulbo- es la de acompañar a tus hijos en sus actividades: mirar tele o jugar a la play. Te volvés experto, se te despierta la competitividad, pasás de niveles, puteás y te abstraés, hay adrenalina. Pero deporte, cero...

Por ahí el acto de arrojo deportivo pasa por hacer la cuadra que te separa del kiosco porronero; o una salida a jugar bowling con las familias amigas. Nada que despierte el animal deportivo que está sepultado y en algunos casos incinerado y con sus cenizas desparramadas- y olvidado.

Hay gente que lo vive sin culpas, naturalmente, como si el deporte, incluso en aquellos casos en que ocupaba muchas horas de su vida anterior, hubiese pertenecido a otra persona. Como si convivieran en el mismo cuerpo, con alguna diferencia de años y kilos, dos tipos distintos: el siete que encaraba a los marcadores con arrojo; y el tipo que necesita un marcador para redibujarse el siete, borrado de tantas horas silla...

Y nos vamos, moviéndonos poquito. No queremos agitar nada. Así está bien. Las bicicletas están colgadas o tiradas en la piecita del fondo, los botines se endurecen por ahí, la paleta de paddle junta polvo. Puede venir tu hijo con la desubicada intención de jugar al fútbol. Justo a vos, enhiesto marcador izquierdo de reconocida pegada (le pegaba a todo el mundo), te viene a invitar a jugar al fútbol ese mocoso. Por supuesto, no le das pelota.


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