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“La jauría de las damas” 23 -11-2017
Abriendo puertas a la reflexión



 

Roberto Schneider

 

El teatro es una manifestación importante de la sociedad y de su autoconciencia. Revela y forma, canaliza y provoca. Propone modelos, educa, entretiene (debe hacerlo) y brinda placer estético. Seguimos viviendo tiempos de transformaciones y por momentos se sienten algunas amenazas o se perciben algunos nubarrones que pueden parecer signos preocupantes. Hay otros signos que hablan de cómo superar debilidades, de cómo defender la libertad de expresión y de creación. La gente de teatro, la gente de la cultura, suele incomodar al poder porque dice lo que no hay que decir en el momento que hay que callarse. Cuando los franquistas asesinaron a Federico García Lorca, hicieron lo que debían. Hacía falta acallar la voz de la vida para que reinara la muerte.

 

Siniestra, Diestra, Manucha y Navaja son las protagonistas de “La jauría de las damas”, de Adrián Airala, obra ganadora de la Convocatoria UNL Espacio de Representación (Trayectoría, producción 2017). Son -según se consigna en el programa de mano- “damas” sanguinarias, brutales, sensuales, indomables, capaces de amar hasta el naufragio y odiar hasta el absurdo. Inteligentes, cínicas, tripolares, a veces revolucionarias, a veces retrógradas, casi siempre ridículas. No son mujeres, ni hombres, ni animales. No son humanas ni divinas. Sólo son lo que quieren ser: gárgolas de la distopía, sin ellas el mundo sería insoportablemente feliz y aburrido”.

 

El discurso de las cuatro es uno de los textos más ricos del teatro en estos tiempos de tanto ruido y tanta furia. Claro, hace pensar. La fantasmagórica realidad que ¿viven? es el ancla que aún las mantiene unidas a una visión tal vez racional del enigma de la existencia. El mundo de la política, el cine, la literatura, un pequeñísimo rayo de sol, una nube que pasa, alimentan los diálogos que enmascaran el absoluto terror al vacío existencial. “¿Por qué nadie querrá saber cuándo será mordido por la muerte?... La muerte no es externa a los seres que la padecen”, dicen. Este es el reino de la desolación, subrayada por un humor incongruente cuanto más pueril y tierno es el ropaje de su negrura.

 

Airala despliega toda la ferocidad de su mirada sobre un mundo que desmiente las ilusiones de amor o de piedad. Arde un infierno aterrador. Uno puede reír porque el humor es por momentos ingenuo y corrosivo, falsamente “naif”, pero bien pronto la risa se congela hasta llegar al desolado final, que no revelaremos. Hay fluidez, imaginación, hallazgos. No es fácil interpretar el absurdo y aquí se lo juega con destreza. Se burla de los golpistas, de la alta burguesía afanada por imitar a la nobleza terrateniente, de los izquierdistas, de algunos peronistas y de algunos progresistas. Le sobran flechas para algunos pacatos, otros millonarios y algunos economistas. Un repertorio de sarcasmos que continúa alcanzando al mundo de hoy.

 

El de Airala no es un teatro literario sino que basa su mayor alcance en la acción y en la imagen. El autor revuelve la realidad y urde un texto donde se desnudan las impiedades del poder, la falacia de los regímenes autoritarios, el peligro de los que prometen formar “un hombre nuevo”. Las criaturas de “La jauría de las damas” ceden sus secretos bajo la presión de lo extraño. La violencia está presente y la misma se renueva obsesivamente. Para el dramaturgo la civilización, los valores morales, el amor implican una búsqueda constante, un peregrinaje en el cual los signos violentos son indicativos de sentimientos de auténtica libertad.

 

La propuesta tiene elementos simbólicos, un lenguaje que podría despegarse de la estricta realidad. Siendo reales, las situaciones sufren un proceso que las proyecta hacia dimensiones oníricas. La historia abarca los conflictos exasperados de personajes que son, en sí mismos, la denuncia de esa violencia institucionalizada que crea víctimas y victimarios. El autor ensaya cierto sentido obsceno del grotesco y lo utiliza para esa batalla feroz que se entabla en el escenario y que se sostiene por movimientos y acciones que examinan nada menos que a la condición humana.

 

La puesta en escena era un desafío. Lo aceptó Airala y sin dejarse tentar por facilismos que hubiesen dispersado la formulación esencial de su propia obra obtiene un brillante trabajo y lo hace con rigor y presupuestos netamente teatrales. Dejó de lado elementos psicológicos y prestó atención al núcleo de la propuesta. Trabajó con exactitud los climas y éstos son ominosos. El penetrante claroscuro de la iluminación de Ponchi Insaurralde busca insistentemente la complicidad del espectador y lo consigue. En esa suerte de páramo; también de catedral gótica y espacio vacío -magnífico trabajo de Fernanda Aquere- las criaturas juegan primero a gestos fantasmales que omiten la realidad para luego confesar lo que les duele interiormente. El trabajo es rotundo y contiene la ferocidad imaginada por el autor.

 

La interpretación es otro de los puntos altos de la propuesta y aquí vale la experiencia actoral del director. Adriana Rodríguez no soslaya la conmoción e imprime a su personaje toda la desesperación y la autoridad que le caben, detallando las experiencias alucinantes que finalmente la convertirán en una más del rebaño. Su labor es rotundamente excelente, del mismo modo que Susana Formichelli, la adoradora de Tim Burton y la que mejor trama; Marisa Ramírez, oscura y brillante en la transformación y Najla Raydan, la formidable ave de rapiña que circula por su presa. Las cuatro contundentes, seguras, magníficamente vestidas también por Aquere en un prodigio de diseño y realización de Gladis Mendoza de Cainelli y con acertado manejo de los cuerpos debido al entrenamiento corporal de Claudia Paz Hernández Melville. Las cuatro bailando permanentemente una danza macabra a partir del excelso diseño sonoro y la música de Martín Margüello.

 

Bienvenida es entonces esta “jauría”, un llamado de atención y la demostración de que degradación y verdad-realidad pueden convivir y dejar lecciones. Insistimos: hace pensar a partir de una totalidad que abre puertas, que llevan a otras puertas, y a otras, y que pueden volverse infinitas.

 



 




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