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Crónica Política (por Rogelio Alaniz) 03 -03-2018
Macri y las barras bravas



Rogelio Alaniz


Si es cierto, como se dijo alguna vez, que para Mauricio Macri el fútbol como destreza, institución deportiva y mito popular es un atributo fundamental de su cultura política, los estribillos insultantes promovidos desde diferentes hinchadas y tribunas deben de haberlo preocupado y en su intimidad es muy posible que se haya sentido inesperadamente traicionado.


Conocedor del ambiente y con la indispensable cuota de paranoia propia de cualquier mandatario con poder, no se le escapará que una vez más es el chivo expiatorio de las intrigas y trapisondas de sus infatigables enemigos políticos, pero más allá de especulaciones conspirativas la sensación de haber sido víctima de una puñalada trapera debe de haber sido intensa y dolorosa.


El fútbol es para Macri como el autódromo para Reutemann, el comité para Alfonsín o la caja fuerte rebosante de billetes para Kirchner, es decir, su pasión sensual, el ámbito de aprendizaje y el punto de partida de su proyecto de poder. Sin exageraciones podría decirse que a todos los secretos, artimañas, virtudes y pasiones del poder, Macri las aprendió trajinando en las roscas del fútbol.


Presidente de Boca, allí supo de las luces y sombras de los intereses disfrazados de causas populares, las pasiones de un partido, los amores e ingratitudes de la hinchada y el manejo de los tiempos del poder. En Boca, Macri adquirió la certeza de que estaba preparado para asumir otros desafíos, más altos, más trascendentes, de mayor densidad histórica.


De dirigente a presidente


No viene al caso discurrir ahora cómo fue que el dirigente de un club deportivo pudo ser presidente de la nación. Basta con saber que -desde Silvio Berlusconi en adelante- en las actuales sociedades de masas el itinerario político de Macri no es muy diferente al de más de un mandatario de Europa y América latina, a lo que deberíamos sumar en el orden interno algunos gobernadores e intendentes que también hicieron los primeros palotes de la política en alguna institución deportiva, cuando no, dirigiendo empresas o luciéndose en tropicales escenarios de la música.


Agreguemos a continuación, que para llegar a ocupar las más altas investiduras, Macri realizó un aprendizaje político intenso que incluyó la constitución de un partido, victorias electorales, conformación de coaliciones de gobierno, capacitación de cuadros y consolidación de liderazgos. Es decir, se dio maña para rendir con las mejores calificaciones las asignaturas necesarias para graduarse de político, de político eficaz capaz de dominar la ciencia y el arte de una profesión dura y exigente.


En definitiva, Macri no es el producto de una casualidad histórica, la imposición de algún grupo de poder o una suma azarosa de circunstancias imprevisibles. Sin negarle al azar la cuota que le corresponde en los itinerarios históricos, Macri, el PRO y Cambiemos son la consecuencia de un proceso social complejo que intentó dar respuesta -¿moderna, de centro-derecha, liberal?- a la crisis de representatividad y gobernabilidad que estalló en 2001.


No sé si Macri tomó conocimiento de que alguna vez Jorge Luis Borges se lamentó de que en esta Argentina el escritor que no tiene la precaución de hacerse hincha de Boca Juniors está condenado a la soledad. Pero más allá de esa advertencia un tanto resignada y melancólica, Macri no atravesó por esas incertidumbres y desasosiegos intelectuales y, por el contrario, no solo que nunca dudó de su filiación boquense sino que llegó ocupar las más altas responsabilidades en el club y le brindó a su equipo glorias imperecederas que lo transformaron en un dirigente popular, amado y respetado por multitudes, las que luego lo avalaron para ser jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires y más tarde presidente de la Nación.


De hinchadas, cánticos y silbatinas


¿Es una tragedia política esta reacción iracunda de las hinchadas silbándolo o improvisando estribillos ofensivos a él y a su madre? Para Macri tal vez que sí. Y admitamos que a nadie, sea o no prisionero de la pasión del fútbol, le agrada que su nombre esté en la boca de multitudes anónimas.


Sin embargo es posible otra interpretación de lo sucedido, interpretación que no sé si lo dejará satisfecho a Macri que como todo político se pone muy nervioso cuando existen manifestaciones en su contra y mucho más si esas manifestaciones provienen del fútbol. Postulo a contramano, que las silbatinas contra el presidente en los estadios son un síntoma de que algunas cosas las está haciendo bien, una conclusión no arbitraria si se tiene presente que aquellos que podríamos calificar como escoria social y que Marx y Goethe en sus tiempo calificaban lisa y llanamente como “ la canalla”, lo silben o lo insulten en los estadios.


Salvo que alguien suponga que esas expresiones son representativas del “alma popular”, hay muy buenos argumentos para sostener entonces que a Macri más que fastidiarlo estos insultos deberían enorgullecerlo. ¿Es tan así? ¿Acaso las tribunas de fútbol no encarnan lo popular, no representan a los sectores más humildes? Lo siento, pero no es tan así, salvo que alguien suponga que la grosería, la vulgaridad, el racismo brutal, la violencia, son los atributos de la popular.


Es verdad que más de un sociólogo descubrió que en los estadios se manifestaban insatisfacciones sociales no muy diferentes a las que se expresaban hace dos mil años en el Coliseo Romano bajo los arrullos de pan y circo, pero lo que parece imponerse es la hipótesis de que las barras, las barras bravas y las hinchadas (dejo para los eruditos establecer las diferencias) son lo más parecido a las bandas fascistas (en más de un caso lo han sido) con las subculturas que expresan la apología al instinto, la violencia contra el más débil, el machismo contumaz y ostentoso.


Roberto Arlt en uno de sus aguafuertes escribía: “...son como escuadrones rufianescos, brigadas bandoleras, quintos malandrinos, barras que como expediciones punitivas siembran el terror en los estadios... Estas barras son las que en algunos barrios han llegado a constituir una mafia, algo así como una camorra, con sus instituciones, sus broncas a mano armada...”


Arlt escribió esto hace casi noventa años, pero la radiografía es actual, con el añadido de que todo ha empeorado mucho más. El populismo que suele tener debilidad por el lumpenaje hablará de la espontaneidad de las masas y la sabiduría popular. Dios mío. Muy espontáneos, muy “naturales”, pero a la hora de asumir posiciones políticas el lumpenaje no se equivoca nunca: siempre al lado del fascismo, el racismo, la discriminación, el culto a la violencia y el antisemitismo.


No me consta que estas barras alguna vez hayan defendido “espontáneamente” alguna causa justa, pero sí sobran ejemplos de lo contrario, es decir, de agitar banderas nazis en las canchas o cantar dulces consignas al estilo: “Allí viene Hitler por el callejón matando judíos para hacer jabón”. ¿Anécdota menor? No tanto. Los “tifosi” italianos vitoreando a Mussolini o los hooligans ingleses realizando afanes corales parecidos, no me dejan mentir. Creer o reventar: a la hora de apostar a las causas peores de la humanidad el lumpenaje no se equivoca nunca. Muchos de ellos no han oído en su vida la palabra fascismo, pero tienen un talento inigualable para practicarlo, tal vez porque el fascismo se creó pensado en gente como ellos.


¿Son todos así? No sé si todos, pero casi todos a la hora de alinearse parecen cortados por la misma tijera. Hay estudios hechos acerca de la personalidad autoritaria y el hombre masa; estudios sobre las modalidades de la patota y las bandas, estudios que pueden diferenciarse en los detalles aunque arriban a parecidas conclusiones acerca de este versión del lumpenaje, producto de una suma perversa de manipulaciones políticas y culturales porque, bueno es saberlo, estas excrecencias existen porque hay poderes que los alientan, los estimulan, los financian y, en algunos casos, hasta dan letra para presentarlos como arquetipos de la sabiduría popular. No, no le viene mal a Macri ser insultado por las cloacas de la sociedad; algo debe de estar haciendo bien para haberse granjeado el odio de lo peor.



 




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