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La historia de Hugo Pascucci 20 -08-2018
El fotógrafo santafesino que se reveló contra la obesidad

Sobra. Hugo tiene tres bolsas de consorcio llenas de ropa que ya no viste. Pero no terminó de adelgazar la grasa que dice que le sobra. Y luego buscará mantener su peso con conducta. Foto: Santiago Capellino (Gentileza).


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A los 55 años, dio a conocer una serie de retratos para hacer pública su lucha íntima contra la enfermedad crónica. “Me saqué 60 kilos de mi cuerpo”, escribió junto a las fotografías. Una historia de tenacidad y conducta para lograr salud y bienestar.



Nicolás Loyartenloyarte@ellitoral.com@nicoloyarte

 

El día que cumplió 55 años, Hugo decidió publicar en su Facebook una galería de fotografías vestido con las prendas que utilizaba cuando era obeso. Son imágenes de alto impacto emocional. Se lo ve flaco, le sobra todo. Pero su ceño sigue fruncido. “Es porque todavía no alcancé mi peso, pero ya lo voy a lograr”, asegura.


Hugo Pascucci vive de la imagen. Es reportero gráfico, santafesino, y las capturas diarias que realiza con su cámara fotográfica son su sustento de vida. Por eso el haber padecido obesidad fue también un trastorno para su desempeño laboral. Correr detrás de un protagonista en busca de la noticia era un imposible.


“Ayer, 7 de agosto, fue mi cumpleaños cincuenta y cinco, festejé estar vivo y además que ya me saqué 60 kilogramos de mi cuerpo (pantalón claro de cuando hacíamos la obra de teatro “Sueño de Barrio” y mi ex saco para eventos sociales). GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS, A TODOS los que decidieron saludarme”.


Con esas palabras Pascucci transmitió un emotivo mensaje en la red social. El que gatilló un sin fin de comentarios de sus seres queridos y sus contactos digitales. En menos de una semana ya habían superado los 100 comentarios. Palabras de aliento y felicitaciones. Conmovedor. Pero el adjetivo más escrito fue “admirable”. Y en Instagram tuvo más de 400 likes, además de los comentarios.


La obesidad es considerada una enfermedad tratable de curso crónico. A eso Hugo lo tiene muy claro. Y va a tener que luchar toda su vida. Pero sabe que ahora goza de calidad de vida y puede soñar con un mañana. “Muchos gordos no llegan a la vejez, por enfermedades relacionadas a la obesidad, como los problemas cardiológicos”, dice. Es que la obesidad impacta en la salud, calidad y expectativa de vida de los pacientes. Y su característica son las recaídas múltiples. ¿Las causas? Mala alimentación, falta de ejercicio físico, factores genéticos y orgánicos, trastornos psicológicos y emocionales, y cuestiones socioeconómicas.


Todo ello y en diferente intensidad fue lo que sufrió Hugo a lo largo de su vida. Estigmatización en la niñez, bullying en los espacios públicos —como los estadios de fútbol—, la pérdida de seres queridos en diferentes momentos de su vida y su divorcio, en 2009, por citar algunos. Por eso ahora mantiene una conducta “de samurai” y trata de no violentarse para no descargarse con la comida. Las cuatro colaciones a horario y en la ración justa. Ni un bocado más, ni menos. “Porque cuando el gordo está ‘morfado’, como decimos nosotros, no la ves. Entonces tenés que organizarte y hacer las cosas bien durante un día. Y una vez que lo lográs, que sean tres, y así hasta cambiar toda la rutina”.


Sentado junto a la mesa de la cocina de su casa de barrio centro, Hugo despliega su mano derecha y explica entusiasmado. “Lo que entra en la palma es la porción de carne, si es pollo puede extenderse hasta las primeras falanges de los dedos y si es pescado, la palma entera”. Así mide las raciones. Y no se tienta con más. No debe. Tampoco toca la comida con las manos, es regla, “para evitar el picoteo”.


Otro detalle es su heladera. A un costado tiene pegada con imanes su dieta semanal. La abre y muestra que en su interior no sobra nada. Tiene lo justo y necesario. “Para no tentarme”, cuenta. Yogurt. Muchos. Carnes, ensalada. Pero todo en su justa medida. Hay una ensalada de zanahoria y huevos que le sobró de una cena con amigos. “De ahí saco tres raciones”, cuantifica, “pero no hay que hacer tanto porque se echa a perder, eso quedó, pero no tengo que tentarme”, se afirma.

 

Foto: Santiago Capellino (Gentileza)

 

 

En tratamiento


Los programas de lucha contra la obesidad contemplan un seguimiento nutricional, la actividad física, el acompañamiento psicológico, los cambios de hábitos y la estimulación del autocuidado, entre otros. Ocupado de todo ello está hoy Hugo. “Para los que no saben, cuando va a casa, mientras todos estamos comiendo algo rico, Hugo me pide un poquito de agua caliente, y se hace su sopita. Y cuando llega la hora del postre (y yo preparo Señores Postres) él se queda al margen”, comenta en la publicación en Facebook su amigo Federico C. Y Hugo responde más abajo: “Por ahora no puedo, ya voy a poder elegir cuando probar tus exquisiteces”.


El fotógrafo Pascucci sabe que todavía no alcanzó su peso ideal. “Aún estoy en descenso y me faltan cómo 12 kilogramos más para sacarnme todas la grasas”, cuenta. Luego vendrá el tiempo de mantenerse en peso, con conducta y buenos hábitos. Pero el apoyo externo es fundamental. Fue obeso desde la niñez y probó mil dietas y métodos para bajar de peso. Hasta que dio en la tecla: el método Ravenna. Y ajustó todas sus rutinas al mismo.
Entre los métodos que probó Hugo está el de la provincia, el programa único integral de la obesidad, que se llama Hacelo por vos. En la ciudad, la atención pública se concentra en el hospital Cullen. Y fue uno de los programas por los que pasó el fotógrafo. Pero ahora se decidió por otro que no tiene cobertura a través de su obra social pero le da el resultado esperado.


¿Cómo hizo? Era el 18 de marzo de 2017. Pleno verano santafesino, la ciudad era una caldera. Pero más aún la cancha de Unión, donde aquella siesta se jugaba el clásico santafesino. Como cada fin de semana, Pascucci, había ido a trabajar al estadio. Además de sus 158 kilogramos cargó otros 15 de trípode, cámara, banquito y el bolso con las lentes. “Cada vez que entraba al campo de juego, tanto en Unión como en Colón, la gente me gritaba ‘fuentón de achuras’, era re fuerte”, recuerda. “Es muy cruel la cancha, saca lo peor de cada uno”, reflexiona. “Me acuerdo que mi ex cuñado, cuando me conoció se dio cuenta de que yo era el gordo al que puteaba durante todo el partido”, cuenta y se ríe; y ceba un mate.


Aquel sábado de marzo Colón gritó dos goles y se quedó con el clásico. Hugo tuvo que correr para capturar los festejos de gol y cuando regresó a su posición, en un córner detrás del arco que da a López y Planes y Pujato, un bombero le acercó una botella de agua. Pensó que se moría. Intentó llamar a un médico pero Pascucci lo frenó, logró calmar las palpitaciones y continuó su tarea fotográfica. Cuando llegó el pitazo final del árbitro, tomó sus elementos de trabajo e intentó caminar hacia el centro del campo de juego para retratar los festejos. Agitado, debió detener su marcha y decidió registrar todo desde lejos, con el teleobjetivo. No daba más. Allí dijo basta y se dijo “tengo que hacer algo por mí”. Aquel día decidió cambiar su vida, con miedo a perderla.

 

Foto: Santiago Capellino (Gentileza)

Cuestión de hábitos


En los días posteriores se contactó con los especialistas del método Ravenna y el 29 de abril del año pasado inició el proceso que lo llevó a bajar 60 kilos en algo más de un año. Atrás quedaron los 158 kilos. Hoy la balanza acusa 99. Y continúa su dieta. “Todavía no logré el descenso veloz que estoy buscando, pero tengo que valorar los 60 kilos que bajé”, dice Hugo, “no debo descuidar que todavía estoy en tratamiento”. Por ello ajusta su rutina a los seis pilares del tratamiento: dieta, suplementos, líquidos, actividad física, controles médicos y nutricionales, y grupos terapéuticos. También tiene palabras clave como “corte, medida y distancia”, las que aplica a distintas circunstancias.


Frente a su casa de calle 4 de Enero está la manzana del Colegio Nacional Simón de Iriondo. “Yo salía a intentar caminar y me costaba 40 minutos dar esa vuelta a la manzana —cuenta—, me aferraba a la reja y me sentaba para no caerme al piso”, describe. Hoy practica bicicleta y camina rigurosos 40 minutos diarios por la ciudad con total normalidad. 


Sobre la cómoda de su habitación tiene tres bolsas de consorcio llenas de ropa que compró hace años en las únicas dos tiendas para obesos que hay en la ciudad. Las quita una por una para mostrar sus viejas prendas y se sigue sorprendiendo. “Yo usaba ésto”, dice estirando los brazos para mostrar un short azul y rojo gigante, “y me entraba justo”, agrega Hugo, que debió renovar todo su vestuario.


Entonces se levanta el buzo y muestra su cinturón negro. Ya lo cambió tres veces. El primero medía 1,80 m., el segundo 1,60 m., y en el actual, de 1,40 m., ya le sobran más de diez agujeros. Se da una vuelta y media a la cintura. Con el dedo índice señala el único agujero que le sobra pegado a la cintura, al otro lado de la hebilla que divide los kilos que se fueron de los que todavía resisten. Ese último agujero lo punzó hace pocos días. Y es su próximo objetivo. Entre cada uno de los agujeros del cinturón hay entre cuatro y cinco centímetros de distancia, que equivalen a aproximadamente cinco kilos cada uno. Son kilos que se fueron, medida del peso y el tiempo de lucha contra la obesidad.


“Yo pensaba que adelgazaba y me curaba, pero tengo que aprender a vivir como viven los flacos, que no se comen tres milanesas; tienen una medida. Ese es el aprendizaje, para toda la vida”, cuenta, y asegura que hoy ve en el espejo a “una persona mucho mejor”.


Además de reportero gráfico freelance (publicó en numerosos periódicos y revistas del país), Hugo Pascucci hace 16 años que es profesor de fotografía. El año pasado debió entregarle los diplomas a sus alumnos. Cuando le indicaron que debía sentarse en la primera fila de butacas del Paraninfo de la UNL, delante de todo el mundo, a Hugo le temblaron las piernas. Se acercó despacio y al dejarse caer se dio cuenta que por primera vez “encajó” en la butaca. Entonces se escuchó una carcajada y la persona que se sentaba al lado le preguntó qué le ocurría. “Después te cuento”, le dijo.

 


“Eso significó que podía volver al cine”, dice fascinado. “Los gordos nos sentamos arriba, sobre los escalones, ¡no entrás en la butaca!”, dice Pascucci. Eso mismo le ocurrió en 2011 a bordo del avión que lo llevó a la India y a Bangladesh. “No entraba, me tenía que sentar al lado de la azafata”, cuenta. Y recuerda otra anécdota de aquella experiencia en el exterior, cuando olvidó una bolsa con camisas y no pudo comprar otras, “porque en la India no vendían talle XXL”. “Entonces, ahora empecé a valorar un montón de cosas que la gente ni las piensa”, dice, y pregunta: “¿Vos sabés cómo se baña un gordo?”.


A Pascucci nunca le molestó que lo llamen gordo, pero sí gordito, “porque es peyorativo, es dañino”. Eso lo violentó en muchas oportunidades. Incluso en la cancha donde por esa razón supo enfrentar a los barrabravas. Le importa la mirada del otro, esa fotografía que la gente se lleva de uno. 


Ahora que logró bajar de peso Hugo adquirió nuevas expectativas y desafíos. Tiene un hijo “del corazón”, que heredó su pasión por la fotografía y es el autor de los retratos que acompañan este reportaje. Pero no pierde la esperanza de ser padre después de los 50. “Mi viejo me tuvo a los 50 y ahora pienso que todavía puedo. Ese fue otro de los motivos que me llevaron a adelgazar”, dice, mientras camina por el 15° mes de dieta estricta, desde que se reveló contra la obesidad. “Ese es el término ideal para decirlo”.



 




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