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Breve rescate de un retazo de historia local 10 -02-2019
De monedas y "picaboletos": cómo era viajar en colectivo hace 70 años

En las décadas del ‘50 y ‘60 este servicio de transporte empezó a modernizarse y apuntaló el crecimiento de la ciudad. Antes, el colectivo era un espacio de socialización: los pasajeros charlaban, se ponían al día, e incluso los choferes esperaban a aquellos que llegaban tarde a la parada para poder llevarlos.



Luciano Andreychuk / landreychuk@ellitoral.com
Twitter:
@landreychuk

 

En la actualidad, un colectivo es un “no-lugar”. Se sube y no se saluda al chofer (que casi siempre anda con cara de enloquecido); se pasa el plástico por el lector, se mira el crédito que queda disponible y no se habla con nadie, a menos que aparezca un conocido. De sentarse en los asientos del fondo, uno puede observar las cabezas de los pasajeros y delante de sus ojos, los celulares. Siempre, todos con sus celulares. Un no-lugar es un paso fugaz, de tránsito, un paréntesis. Ausencias (virtuales) de muchas presencias (reales).

 

Pero antes no era así. En las décadas del ‘40, ‘50 y ‘60 era muy distinto. Viajar en colectivo era una experiencia de socialización: los pasajeros hablaban entre sí, se ponían al día. Y el chofer a veces llegaba a una parada y demoraba su salida hasta que un vecino conocido llegara a subirse. Sí, ¡el chofer lo esperaba para que subiera! Los dueños de las unidades a veces, en sus talleres, hacían un asado para todos los conductores y mecánicos, e incluso iban vecinos conocidos.

 

Se pagaba con monedas o billetes, y el colectivero presionaba el monedero de metal para dar el vuelto exacto. La bajada era por la puerta de adelante (todavía no había puertas mecánicas atrás), y la orden de un pasajero para bajarse era hacer sonar una campanita. Luego vinieron los “timbres de bicicleta antiguas”, ésos que sonaban “trin-trin”, conectados a un piolín. El pasajero tiraba de la soguita, “trin-trin”, y el chofer debía parar para que la señora o el señor, la piba o el pibe, se bajara.

 

Primo B. Bagattin fue primero chofer, luego mecánico y más tarde empresario: fue dueño de varios coches. Pero lo que le gustaba era hacer mantenimiento. Hasta hoy tiene el mismo taller donde arreglaba las unidades de colectivos en la década del ‘50. Fueron 45 años de su vida dedicados a ese oficio. Era capaz de quedarse hasta las dos de la mañana cambiándole el aceite a un coche para que, a primerísima hora de esa mañana, el “bondi” saliera a horario.

 

Y Oscar “Peco” Pecorari hacía los fileteos —esa expresión artística tan porteña— en las chapas, además de ayudarlo en el taller. Siguen siendo entrañables amigos y, memoriosos ambos, se animaron a hacer un viaje en el tiempo para reconstruir cómo era viajar en colectivo hace unos 70 años.

 

El inicio

 

Los tranvías ya funcionaban en la ciudad: lo hicieron hasta la década del ‘60. En los años ‘20 empezaron a circular los primeros colectivos urbanos en la ciudad. Llevaban nombres de letras: la primera fue la “A”, que luego se convirtió en la Línea 1. La “G” (en la foto central), en los ‘50, luego fue la Línea 10. Bagattin fue chofer en la década del ‘40. En 1953 empezó con el taller: hacía carrocería de camiones. Le tocó la “colimba”, la terminó y luego tuvo una posibilidad de comprar unos colectivos con su socio. Esos coches vinieron de Buenos Aires: era de color rojo y verde. Llegaban hasta Don Bosco.

 

Santa Fe no era aún una gran ciudad: tenía algo de pueblo por llenar de habitantes, y por modernizar. “Con el tiempo se fue urbanizando, pero yo era niño y la Plaza de las Banderas era todavía una laguna (por la Setúbal)”. rememora Bagattin. Pecorari empezó a filetear colectivos en el ‘69. “La estética del fileteo se heredó de los porteños. Si bien se le pintaban las letras, nosotros le pintábamos una banderita a los costados. Agregábamos fileteos. Era tanto el trabajo que teníamos que no dábamos abasto”, recuerda “Peco” con añoranza. Hoy las cosas son muy distintas.

 

Elogio a la lentitud

 

¿Cómo era antes viajar en colectivo? “Mirá, al año un chofer ya conocía a todos los pasajeros. Y si veía que un vecino venía medio demorado hasta llegar a la parada, lo esperaba a que subiera. Había más tiempo: los pasajeros charlaban entre sí”, dice Bagattin. “El colectivo era una ‘mascota’ más. A veces, los domingos (cuando no había servicio ni trabajos de mantenimiento) se usaba el coche para cargar a la familia, un vecino, e irse de picnic por la ciudad. Esa era la relación con el colectivo. Todo más humano”, cuenta Pecorari.

 

Hoy al servicio en la ciudad lo tienen concesionado empresas privadas. Antes, los coches se compraban bajo sociedades entre varios inversores, que por lo general eran conocidos o amigos. “El pasajero, e incluso un chofer cualquiera, hoy es un número. Antes, pasajero y chofer eran una persona. Si un conductor tenía un problema, lo solucionaba directamente con el patrón”, coinciden Bagattin y Pecorari. 

 

“Era todo más humano —insiste Pecorari—. Hoy vamos en colectivo y tenemos el celular en la mano, pero no nos comunicamos”. No se trata de una confrontación entre lo antiguo y lo moderno: solamente todo aquello era distinto. Era el colectivo, otra vez, un espacio social. “Te digo más: cuando los choferes nuestros se casaban, invitaban a la fiesta a los patrones e incluso a pasajeros conocidos. Y todos íbamos a celebrar”, apunta Bagattin.

Viaje en el tiempo. Pecorari y Bagattin (izq. a der.) aún tienen fresca en sus memorias aquella época en que el transporte público urbano cambiaría para siempre la modernización de la ciudad.Foto: Pablo Aguirre

 

Monedero de tubos y campanita para bajar

 

 

El monedero del chofer tenía cuatro tubos. El pasajero subía, le pagaba en mano con monedas (luego vinieron los billetes). El conductor le daba el vuelto presionado uno de los tubitos para que salgan las monedas de centavos. El pasajero recibía el boleto. Cuando tenía un ratito sin estar atento al volante, el chofer llenaba los tubos con las moneditas para siempre poder dar vuelto. 

 

El pasajero que se iba a bajar debía agitar una campanita, como las que se usaban en los tranvías. El chofer escuchaba la orden y paraba. El pasajero bajaba y saludaba con un hasta luego. Luego de la campanita llegó el “timbre bicicleta”: cualquier para bajarse del “bondi” debía tironear de una soga, agarrada en el caño de los pasamanos. Luego, más adelante en el tiempo, llegaría el timbre eléctrico.

 

Al principio, se podía abrir únicamente la puerta de adelante de los coches, mediante un sistema de palanca. ¡Nadie quería ir para atrás, porque luego había que esquivar a toda la gente parada hasta llegar adelante para poder bajarse!”, recuerda con una sonrisa Pecorari. Las puertas de atrás recién empezaron a abrirse mecánicamente en el año ‘69 ó ‘70, agrega. “Peco” estudió la historia de los colectivos en la ciudad durante muchos años, además de filetearlos, que fue su gran pasión de toda la vida.

 

El Estado nacional estatizó en 1946 las líneas de colectivos y troles. Se reprivatizó el servicio en 1955, durante la “Revolución Libertadora”. Hubo muchas idas y vueltas de la historia argentina. En la actualidad, en la ciudad este servicio está en manos de empresarios privados. Lo que no está concesionado es el nostalgioso y tierno recuerdo de aquello que fue y no volverá.

 

En la foto se ven los monederos de colectivos, monedas antiguas, la pinza “picadora” y boletos con números capicúas. Fue en una muestra de Pecorari sobre la historia de los colectivos durante la última edición de la Noche de los Museos.Foto: Gentileza

 

Un asado para celebrar

 

 

Siempre para el transporte lo más difícil fue el mantenimiento de los coches, asegura Bagattin. “Yo me dediqué a eso. A la parte mecánica. A veces me quedaba hasta altas horas de la madrugada para dejar el coche a punto. Porque el colectivo terminaba recorrido a las 21 y había que cambiarle el aceite, hacerle algo. Y a la mañana, salía de nuevo a las 4. Se hacía todo ese sacrificio, y yo lo hacía con gusto”, agrega.

 

La Municipalidad exigía que estén en condiciones para funcionar. “Pero además, si faltaba un coche en la calle resentía todo, porque el otro colectivo tenía que llevar a toda la gente que quedaba esperando para ir al trabajo”, añade el filetero.

 

A veces, cuando se reparaba por completo un coche o se compraba una unidad nueva, era mandato que en el taller se comía un asado a la noche. “Entre los patrones, los choferes, conocidos y amigos. Acá en este taller éramos 15 ó 20 personas. Y al otro día, al colectivo había que asentarlo en ruta. Se le debía hacer al menos mil kilómetros. Los choferes se iban hasta Córdoba, a Mendoza”.

 

“Yo con un colectivo viejo me hice una casa rodante para conocer el país, imaginate”, relata Bagattin. Luego vinieron coches alemanes. Eran de última tecnología, un “chiche”. Pero el único problema que tenían es que habían sido diseñados para Alemania, es decir, para un clima frío. “Acá en Santa Fe, en verano hace un calor bárbaro. Y los colectiveros no se adaptaban”, agrega Pecorari. Las remembranzas seguían entre ambos, sin parar.

 

“Al año un chofer ya conocía a todos los pasajeros. Y si veía que un vecino venía medio demorado hasta llegar a la parada, lo esperaba a que subiera. Había más tiempo: los pasajeros charlaban entre sí” Primo B. Bagattin, ex chofer de colectivo.

 

La bajada era por la puerta de adelante (todavía no había puertas mecánicas atrás), y la orden de un pasajero para bajarse era hacer sonar una campanita.



 




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