Debate por las multas de CAPIF
Todo este tema de “las multas por descargar música de Internet” abrió el debate sobre si un proveedor de Internet tiene que brindar los datos personales a partir de una IP o no, o si como sucedió en el caso que se dió a conocer, el usuario tenÃa la culpa de que el programa permita la descarga desde su computadora(opción que puede ser deshabilitada).
En la nueva nota de la Rolling Stone sobre el tema se da a conocer la carta que recibió uno de los intimados y algunos datos más que nos pueden ayudar a salvarnos de las multas:
“Como el informe especifica, Cámara no sabÃa que estaba compartiendo las carpetas en las que descargaba su música. Esa fue la razón por la que uno de los investigadores de APDIF -el ente creado para combatir la piraterÃa y defender los derechos de autor- consiguió el número de su IP y luego, a través de su proveedor de Internet (FiberTel), sus datos personales. Lo que significa que, al menos por ahora, para el grueso de usuarios, salir de la mira de CAPIF es tan fácil como desactivar la opción de “compartir carpeta” que, en cualquier programa de descarga, está a menos de cinco clics, ya que al parecer el motivo de esta demanda es que el acusado dejó temas disponibles para otros usuarios.”
Creo que muchos de los que no utilizamos este tipo de programas no estamos al tanto de esta opción de deshabilitar carpetas asà que aquà les paso un link que tiene las distintas formas de hacerlo en cada programa o a quienes les parezca más justo, desinstalar el programa:
Espero que les sea de utilidad.
Saludos.

8. Febrero, 2008 at 21:31
Si el insuperable autor <strong>William Shakespeare</strong> hubiese vivido en la Argentina y en nuestros tiempos, probablemente habrÃa sido encarcelado por los cuervos voraces que integran entes cuyas siglas incluyen las partÃculas PIF, AA, DA, o consonantes, que se dedican a "proteger" ese raro privilegio de algunos que se llama pomposamente <strong>"derechos de autor"</strong>. Es que el viejo Will tenÃa por costumbre emular, incluir reminiscencias, citar, o directamente plagiar a diversos autores, famosos y no tanto por igual.
Los "custodios" locales —y los extranacionales también—, viven rasgándose los disfraces y poniendo el grito en lo alto de los cielos por la "violación" al sacrosanto derecho, que en inglés se llama más pertinentemente "derecho a la copia".
Mentiras. Son sólo un hato de burócratas que se llenan los bolsillos con la creatividad ajena, son los que explotan a los autores y, cuando los hay, a los intérpretes. <strong>Mariano Mores</strong>, el autor más prolÃfico del RÃo de la Plata, cuyos temas se reproducen aún hoy y de uno u otro modo en casi todos los medios, <strong>cobra anualmente por su inmensa obra bastante menos de lo que embolsan las aves negras que dirigen SADICA</strong> (Sociedad Argentina de Intérpretes, Compositores y Autores). ¿Lo tenÃas?
Los artistas que pueden hacerlo, escapan gustosos de la trampa de SADICA y registran sus composiciones en el exterior; el grueso, por el contrario, está obligado por ley a inscribirse en los libros de la fatÃdica Sociedad (integrada más que minoritariamente por músicos), y pagarle cada vez que interpreta.
Mientras tanto, una infinidad de actividades no cuenta con el privilegio de limitar la reproducción de su trabajo o de sus ideas y cobrar por ello.
Los actores, por caso, sólo cobran por cada actuación, y quedan afuera del jugoso negocio de la copia; otro tanto sucede con los creativos de las agencias de publicidad, con los diseñadores de ropa, de los logotipos de las marcas que los multiplican hasta el hartazgo, con los periodistas, los locutores, los humoristas, los cocineros, las modelos, en fin, todos aquellos que hacen algo que puede ser copiado.
No defiendo <strong>la copia como negocio</strong>, ni la legal, ni la ilegal; pero sà creo con firmeza que actividades humanas esenciales como la música o los medicamentos deben ser resguardadas de la impiedad de quienes sólo están interesados en llenarse los bolsillos a su costa, en lugar de protegerlas de los usuarios a quienes están destinadas.
Para un autor o un intérprete —yo lo soy— tal vez haya pocas cosas más indignantes que la frustración y la impotencia que provoca ver cómo unos ladrones de cuello blanco y otros de camisas negras negocian impunes con lo que él quisiera que llegase a la mayor cantidad de personas que se pueda.
La única diferencia entre el copista legal y el ilegal radica en que <strong>el primero queda exculpado luego de oblar su mÃsera limosna al artista</strong>.
En cambio, todo el peso de la Ley cae sobre el pobre diablo que se bajó la música que le gustaba para su consumo personal, o para aquel otro que organizó un cumpleaños o un casamiento sin pagarle a SADICA su jugoso "fee".
Los mentados "derechos de autor" nacieron con la <strong>Revolución Industrial</strong>, y su capacidad de reproducción ilimitada: antes de eso, a los autores e intérpretes les chupaba una cigota que alguien los copiara, me cacho en dié.
<em>Una última reflexión: considero una verdadera inconsistencia judicial que esté penada la transformación; a ver si me explico: un archivo que contiene música, comprimido con un algoritmo del tipo de los MPEG, admite una infinidad de formas, configuraciones y disposiciones que indudablemente hacen que sea algo absolutamente diferente de la obra original; mejor aún: si cualquiera con unos pocos conocimientos básicos lo recodifica a su antojo para ejecutarlo como le parezca (digamos, en un ‘tempo’ ligeramente distinto, o con otro ‘pitch’ —hay aplicaciones que hacen maravillas en ese sentido), la cuestión simplemente se vuelve abstracta.</em>
13. Febrero, 2008 at 11:57
Uno cortito: "Todo lo que se pueda copiar ya no se va a poder vender" en http://www.ieco.clarin.com/notas/2008/02/13/01606245.html
Salud