Noctéglicos El Litoral.com

TRAVESÍA

Cejas

 

  

El sol quemaba demasiado en horas tempranas del día. Bebí el último trago de agua fría, me calcé la mochila sobre la espalda, encendí la moto, me coloqué el casco negro y continué el viaje.

Siempre me causaron placer las rutas con pequeñas lomadas donde todo tipo de vehículo, aparece y desaparece en forma sorpresiva en el horizonte. Es un juego entretenido el adivinar que vendrá; hay que descifrarlo en milésimas de segundos.

Después de recorrer 300 km sin parar, visualicé una estación a la vera del camino y no me quedó otro remedio que detenerme a cargar combustible ya que en breve entraría a funcionar la reserva que me alcanzaría para unos pocos kilómetros. Tuve que tocar bocina para que al rato aparezca un señor con una musculosa bastante sucia al igual que sus bermudas; me pidió disculpas justificando su demora en el baño y me hizo señas con el dedo para que le abriera la tapa del tanque. Le dije que lo llenera y realicé comentarios del clima y del viaje sin recibir una mueca a cambio. Pregunté si continuando en la misma ruta, iba a encontrar un bar o parador en donde alimentarme; el hombre hizo un gesto afirmativo con la cabeza y sólo atinó a decirme cuanto le debía.

Entre otras cosas hermosas que tiene el viajar en motocicleta, es que uno se comunica con su interior de manera diferente, el tiempo se funde entre imágenes del presente  y del pasado construyendo sensaciones.

Cuando volví a la realidad, noté por el sol que había entrado la tarde y que el tan deseado parador no aparecía. Igual seguí el camino hasta que a lo lejos una casa de ladrillos viejos con un cartel borroso se divisaba.

Estacioné mi moto americana que provocó el ladrido de unos perritos sarnosos, me quité el casco e ingresé al bar . En su interior, la luz de las bombillas era pobre mezclada con la natural que se colaba por las persianas rotas, observé rápidamente el lugar y me dirigí a una mesa cerca del mostrador. Un hombre de una edad indescifrable se me acercó y me preguntó que iba a tomar, le contesté que una cerveza y lo consulté si podía comer algo. Milanesa con fritas, me dijo, le hice un gesto afirmativo y se volvió detrás de los anaqueles con viejas fotos y botellas de ginebra y otras  bebidas.

Es increíble estar en un lugar así, detenido en el tiempo; lo imagino funcionando en la década del 30 repleto de muchachotes y alguna chica tomando ginebra y desafiándose a las cartas. El golpe seco de la botella y el vaso me hizo retornar al presente, me serví la cerveza helada y mientras bebía observaba los rostros de esos  señores que parecían conversar en voz baja, cubiertos de arrugas y sus bocas carentes de dientes. ¡Qué rostros!, cuanta historia junta en un presente interminable.

Espontáneamente extraigo de la mochila mi cámara de fotos, me acerco y con timidez les pregunto si les puedo sacar una foto; sus ojos se clavan en mí en unos segundos eternos hasta que uno de ellos me da el sí. Enfoco, disparo, les agradezco y me dirijo hacia mi mesa con una sonrisa plena de felicidad elucubrando mi próximo destino.

3 comentarios sobre “TRAVESÍA”

  1. Rodolfo dijo:

    Que hermosa Historia. Me trae recuerdos de algun viaje, en que se funden mis imagenes con las palabras.-
    simple, con poca gramatica, lo cual me sirve para sumergirme en mi inmaginacion.-
    Felicitaciones !!!

  2. Fideo dijo:

    Querido Diego. Acabo de descubrir este espacio y me gustó mucho. Me debés una explicación de por qué nunca me dijiste que lo tenías… Sí, ya sé, hace “años” que no nos vemos…
    Linda la idea de estos relatos cinematográficos. Particularmente éste, que ya lo elegí para leer en el taller de lectura que coordino acá en Rafaela, donde concurren dos “moteros”.
    Un abrazo y te tendré presente más frecuentemente, ahora sé dónde encontrarte.
    fideo

  3. maria dijo:

    Me gustó el relato, la lengua precisa y las descripciones y “detallen” me hicieron revivir experiencias en las cuales el tiempo detenido se resignifica en nuestras vidas.

Deje un comentario