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Memoria en Apocalipsis

 

Pic nic 1950

 

En lo más alto y profundo de la baulera, que ahora se esconde detrás de una tapa atornillada a la pared del cuarto, haciéndola más inaccesible, viven, entre la ropa de invierno en verano y nunca la de verano en invierno, entre los libros que no entran en la biblioteca y nadie se anima a tirar, entre juguetes, billeteras desechadas, cuadros feos, y regalos ocultables, digo, viven los recuerdos: en una caja de zapatillas Topper aplastada y con la tapa que nunca cierra debido a la presión que ejercen los álbumes sobre sus paredes se apilan las fotografías. En blanco y negro, cuadradas, gruesas, corridas, mal reveladas, en colores vencidos; rostros, amigos, momentos, vacaciones, borracheras; junto a bautismos, retratos escolares, ex novias de la adolescencia que aparecen al fondo de una imagen peñera (foto que no fue quemada para conservar la carita de pubertad de ese grupo de atorrantes que marchó de la adolescencia llena de noches hacia la adultez cargada de mañanas), y la copia de la primera foto junto a ella, la misma imagen que se repite en un portarretratos sobre el aparador del living. Y, por supuesto, las fotos de la vieja, que ya no está.

Qué hacer con esa torre de videocasetes a los que les está ganado el moho, mientras el paso del tiempo sobre las cintas inertes tiende a hacer desaparecer, como fantasmas, a esos recuerdos alguna vez animados. Y el temor de buscar ese videocasete de la humilde fiesta de boda junto al río, para insertarlo en la reproductora, y comprobar indefectiblemente que la imagen sólo quedó en la memoria, subjetiva manipuladora de lo que fue.

Recuerdo de niño en casa de mis abuelos, sobre calle Entre Ríos, una tarde en la que pregunté a mi abuela: “¿puedo descolgar el retrato de mi hermana para limpiarlo?”, tras observar que tenía hongos entre la fotografía y el vidrio. Era muy pequeño entonces y desconocía qué efecto tendría ese trapo que circuló impulsado por mi mano derecha sobre la imagen y la hizo desaparecer. Era el único recuerdo de mi hermana que permanecía en casa de mi abuela. Ahora, siendo un hombre adulto, tengo la sensación de haber comprendido entonces la muerte de mi hermana en los ojos de mi abuela, que no me insultó, sólo observó con resignación mi acción consumada.

Vuelta a los recuerdos de la baulera, también están allí llaveros y objetos a los que sólo les queda el valor simbólico de un momento de la vida, y que por eso allí permanecerán hasta que mis hijas alguna vez desarmen mi hogar en mi ausencia, los descubran, sonrían sin comprender qué hacían allí ese pedazo de alambre curvo que sujeta una goma pegoteada con un trozo de madera en el medio, o un broche de ropa, o un cofre de barro con arroz en su interior.

Los recuerdos de hoy, y supongo que los de mañana, ya no estarán en esa baulera. Están “colgados en la web”. En un fotolog, en la memoria digital de un mp3, en un video “sin casete”. Entonces despierto sobresaltado por un Apocalipsis digital que los desaparece. Busco la escalera en la cochera, cruzo la galería, la cocina, la habitación de las nenas, entro al cuarto, asciendo escalón tras escalón, tomo del bolsillo trasero del jeans el destornillador, destapo ese espacio físico y real al que ingresa nuevamente la luz, tomo la caja de Toppers, la abro, y recorro, una tras otra, las imágenes de mi vida. Entonces recobro la calma. Me propongo imprimir las más hermosas y recientes imágenes que habitan los discos compactos. Y comienzo esta historia “en la pc”.

 

3 comentarios sobre “Memoria en Apocalipsis”

  1. Alejandro Rodríguez dijo:

    Hola Nico:
    Soy Alejandro (tu vecino). Realmente lo que acabo de leer sobre los recuerdos, la memorias, las fotografí­as, etc., está ESPECTACULAR. Quién por cierto, no tiene una historia parecida, no…?
    Te felicito, porque esas cosas salen en un momento de luz de la imaginación (y en este caso, de su combinación con los recuerdos), y esas creaciones nos marcan muchí­simo, al punto tal de que reflejan también nuestra personalidad ante los acontecimientos de la vida.Pero, lo que más se me ocurre destacar es “la reflexión” que siempre se puede hacer a pesar de la cotidianeidad de nuestro inerte paso, a veces, por la vida.
    Reflexiones como éstas, realmente, hacen volver a creer que siempre estamos en condiciones de vivir a pleno el valor de las cosas inmateriales que nos da la vida y que forman el patrimonio más importante que llevamos dentro.
    Nuevamente, te felicito, y como en otras veces te he dicho, ¡Adelante con tu vocación!, que la sabés hacer y muy bien.
    Un abrazo.

  2. "Tita" Martos dijo:

    Tratando de llegarme hasta Santa Fe, en mis “Favoritos” pulso El Litoral, lo recorro sabiendo que te encontrará en tu “Noctéglicos” y me aparecen tus recuerdos de la baulera al que accedes en tu sueño, con tantas cosas que significaron algo para la familia, por no haberlas hecho desaparecer . Y seguirá pasando el tiempo y continuarán allá, aunque ya no están quienes las atesoraron en esa caja de cartón que no cierra, hasta que tú decidas tener, tu propia baulera, guardando recuerdos de la familia que formaste y que al revivirlos, las nenas, curiosas, pregunten…
    ¿”Papi”, esto cuándo fue, o quién es ésta?, porque seguro también rescatarás testimonios de lo encontrado, que al fin son parte de tus raíces.
    Por eso, quizás, nuevamente en un sueño, te veas ordenando tus propias vivencias en “ese” lugar casi mágico que descubrirán como tu, las nenas, con el paso del tiempo, de esa realidad vivencial de su familia.
    “Tita” Martos

  3. Horacio Covas dijo:

    Hace muchas décadas yo también tuve 35 anos en SaFe. Junté recuerdos para mis hijas, nos fuimos del país. Parte de los recuerdos quedaron y se inundaron en la casa de mi hermana. Los que traje ya no les interesan a mis hijas; nunca preguntan nada sobre esas cosas incomprensibles. Las entiendo, son objetos de otro idioma, de otro tiempo y otro planeta.
    Sufrí un tiempo hasta que dí con un libro de un japonés. Los del zen lo tenían claro: Es el ahora lo único que existe. Nada más. El pasado es lastre, te retiene y te asfixia, la inercia crece immmensa haste te volvés inmóvil, senil, crystalizado, fijo en el pasado -es decir, te volvés parte de las cosas muertas.

    Quema esas fotos.

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