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¿Vos sabés quién sos?

 

Matiniki

 

Yo se quién soy. Conozco cómo era el hogar donde nací, la calle arbolada de veredas anchas, la casa de mis viejos, el barrio, los vecinos, la familia grande, tíos, primos, abuelos, y mis hermanos; y mis viejos. Conservo algunas fotografías de los primeros años, que me hablan de otros tiempos, de otra vida, que no es otra que esta (aunque ya no es lo mismo). Veo una imagen de dos sillitas apoyadas en el piso del patio en las que estamos mi hermano gemelo y yo. Otra anterior de la panza de mi mamá, grande. Tengo casi 34 años. Nací en el ’74 y crecí bajo un régimen de miedo y silencio, del que supe mucho tiempo después. La infancia era felicidad.

La dictadura militar que desapareció a algunos de los padres de mis amigos o enrejó por varias primaveras a otros, era algo de lo que no se hablaba en la mesa familiar. La infancia era la canchita de la iglesia Sagrado Corazón (que después fue un anfiteatro y más tarde una ruina), las hamacas de la plaza San Martín o los techos de la manzana, donde comíamos la fruta del postre y tirábamos las cáscaras de bananas que quedaban adheridas a las chapas. El fin de semana era la quinta del abuelo. Quedaba sobre calle Candioti, en Santo Tomé, cerca de los cuarteles militares. Me acuerdo del paso de los colimbas el domingo al atardecer, los camiones de los que se asomaban los cascos verdes y alguna tanqueta que hacía vibrar el suelo.

En mi caso, la dictadura fue algo que sucedió después. Las historias de vida de mis amigos fueron surgiendo con el paso del tiempo, los primeros libros, la pérdida del miedo, fueron signos de una historia que comenzaba a construirse de a poco, al mismo tiempo que una generación de niños pasaba a la adolescencia. Recuerdo una tarde después de un picadito en la canchita de la iglesia cuando uno de los chicos contó lo de su papá. Al viejo de Lucas lo habían desaparecido, aunque todavía no se decía esa palabra. Y él lo contaba con la inocencia de un niño a otros niños, sentados junto al cordón de la vereda, tomando una coca. Todo parecía una historia muy rara y lejana.

Ahora recuerdo aquellos años de la infancia, cuando iba a la escuela Sarmiento, que quedaba en el centro, junto a la Jefatura de Policía, y creo comprender algunos silencios, como el de mis maestras. Cuando estaba en quinto grado hubo una “invasión” de nuevos compañeritos en la escuela. Todos buenos niños, tan inocentes, frescos, o atorrantes como uno. La diferencia con el resto –que no se notaba- era que ellos venían de otras provincias y eran hijos de militares. Vivían junto a sus familias en “el edificio de los militares” que está sobre la Galería Garay, en la peatonal San Martín, frente a la cortada Falucho. A tres cuadras de la Sarmiento. Con aquel grupo de amigos que se formó al final de la escuela primaria solíamos ir a jugar al fútbol o al tenis, o a nadar en la pileta en el Regimiento 12 de Infantería, sobre avenida Freyre, frente al hospital Cullen; gracias al beneficio de ser amigo del hijo de un militar. Ya era el año ’84 u ’85. Estábamos pariendo democracia. En la escuela habíamos dejado de entonar la Marcha de las Malvinas. Pero las maestras ni mencionaban las palabras proceso, dictadura, militares, guerrilleros, montoneros, ni desaparecidos. Tengo pendiente encontrarme alguna vez con alguna de ellas para preguntarle si tenían alguna conciencia certera de lo que pasaba, si sabían por qué llegaban como con paracaídas aquellos nuevos compañeritos, cómo conseguían ingresar en cualquier temporada del año a la escuela, y qué historias arrastraban sus padres. Lo comprobable con la mera observación de la realidad es que ninguno de aquellos chicos vive hoy en nuestra ciudad. La mayoría de aquellas familias continuaron con sus traslados castrenses u optaron por vivir su pase a retiro en otro lugar.

Después llegó la adolescencia. Y ahí brotó la información por todas partes. Saber sobre la dictadura era lo mismo que saber matemáticas o lengua. Aunque cómo costaba saber eso. Y aparecieron otros amigos, otras historias y más cabos que atar. Las de Ana o Natalia, que fueron criadas por sus madres en la cárcel y afuera por sus abuelos. La de los chicos que comenzaron a reunirse a tomar mates e intercambiar sus relatos y parieron H.I.J.O.S. Hubo películas y libros, y el Nunca Más.

Todos estos recuerdos son mi historia, que más tarde se fue escribiendo y me dio la posibilidad de tomar partido por lo que creo es mi verdad sobre lo vivido.

Se que vos, al leer estas líneas, también te estarás haciendo algunos cuestionamientos o atando tus cabos, si pertenecés a mi generación, la de los hijos de desaparecidos. Y si no la tenés, te debés tu historia, tu forma de ver lo que pasó; la construcción de tu manera de ver. Pienso entonces, a propósito del ciclo televisivo inaugurado anoche –lunes 22 de Octubre de 2007- en Telefé denominado “Televisión por la identidad” y que motorizó este artículo, pienso, digo, en aquellos hombres y mujeres que, al igual que yo, hoy tienen entre 30 y 35 años y no saben que sus padres biológicos no son ese hombre y esa mujer que los crió. Historias hay cientos, como casos. Las Abuelas de Plaza de Mayo junto a la justicia ya restituyeron su identidad a 88 mujeres y hombres. Todavía esperan saber quiénes son verdaderamente unos 400 mujeres y hombres nacidos entre el ’75 y el ’80. Viven entre nosotros. Y no lo saben. Esto es lo que produce que cada vez que me tope con historias como la de anoche no pueda contener la lágrima. Es inimaginable. Y pienso, luego de cavilar, que por más doloroso que sea exponer estas historias en la opinión pública siempre servirá para encender la chispa. Porque todavía esperan unos 400 mujeres y hombres saber quiénes son en verdad.

Hay padres adoptivos que siempre les contaron la verdad a sus hijos y “padres” que les ocultaron la verdad sobre su origen. Pienso también en los que recuperaron su identidad, como Tatiana –la historia de anoche, la primera nieta recuperada-, Juan (“El último aparecido”, según el tema de León Gieco) o nuestra María Carolina Guallane que descubrió -con la ayuda de sus padres adoptivos- que sus padres biológicos la habían bautizado Paula Cortassa.

Y pienso en otros padres adoptivos que saben de dónde vinieron esos niños que criaron como sus hijos, en los niños que fueron apropiados ilegalmente y no saben la verdad.  Algunos formaron sus hogares, son padres también, y no saben que sus progenitores están desaparecidos y que sus abuelas biológicas se están muriendo con el paso del tiempo, se extinguen, y se pasaron más de 30 años buscándolos. ¿Qué derecho es justo: el de un hijo de desaparecidos que no quiere someterse a un estudio de ADN y está conforme con la familia que lo crió, o el derecho de esa abuela o ese abuelo que busca a su nieto y se desespera porque le llega la hora de su muerte y no sabe si lo encontrará? Se sabe que de estas historias hay en nuestra ciudad. Y se están investigando.

Hay una herida abierta que sangra, por la falta de justicia, por la impunidad, porque todavía hay gente que viaja junto a uno en el colectivo, toma mates en la misma plaza o hace la misma cola en el banco, sin saber que fue apropiada cuando era un bebé, y que ni siquiera duda sobre su identidad. Fue un perverso trabajo, casi perfecto, si no fuera por la sangre, por las Abuelas.

Nada hay en estas líneas de ideología ni de posición política, que la tengo y la hago respetar. Esto es una simple reflexión invadida que maduró por el dolor. Por saberse parte de una sociedad que, a veces, mira para otro lado. También aprendí con los años que alguien trabajó para que no pensemos. Como dice un eslogan publicitario actual, “dejá que nosotros pensemos por vos”.   

Si naciste entre 1975 y 1980 y tenés dudas sobre tu identidad, podés comunicarte gratis con las Abuelas de Plaza de Mayo al 0800 222 2285, al 011 4384 0983, o escribir a dudas@abuelas.org.ar.

 

19 comentarios sobre “¿Vos sabés quién sos?”

  1. Tincho dijo:

    Como siempre… gracias Nico por decir y hacer pensar. Ojalá pueda soñar con que estas lí­neas tuyas enciendan alguna brasa apagada sobre algún hijo o padre para que se anime a averiguar sobre su identidad, al menos para algún día morir sabiendo quien fue.

    El gemelo que nombrás

  2. marta dijo:

    Nico, gracias por esta nota.

  3. Juaco dijo:

    Me emocioné leyendo tus palabras.

  4. Romina dijo:

    Es verdad, eso que un disparador hace enhebrar otras historias, que se entrecruzaron con la nuestra.
    Pienso que no saber cuál es tu raíz debe ser como tener desdibujada una parte de tu cara, ¿no?
    Muy buena la nota, Nico.

  5. BEATRIZ MARTOS dijo:

    Nico, los recuerdos que afloran en la nota, son como un “documento de identidad de quien sos”. Tu infancia, adolescencia y juventud, en una época de “cuidado con lo que pensas!, cuidado con lo que decís!, está grabada en esa gran computadora
    -tu cerebro- con el archivo de lo vivido. Al abrirlo, te surgió con gran nitidez. Pero hay hombres y mujeres que pertenecen a una generación de HIJOS DE DESAPARECIDOS y ABUELAS, “MUJERES DE ACERO”, que hace años, vienen luchando por encontrar “ESOS NIETOS”, conocer el rostro, adulto ya, de quien mereció otro destino al nacer.
    Debe haber un “ALGO”, un “SENTIR”, muy especial, que lleva a esos hijos, a “DUDAR” de su origen. Y surge su derecho a encontrarlo. Por eso, muy acertado incluir los datos para recabar información. Es como una puerta de ingreso y el ADN, la de llegada al fin.

  6. Cazadora de instantes dijo:

    Nico:
    No puedo terminar de leer tu nota. Es lunes, supongo que atardece por la forma en que el sol ilumina el árbol que alcanzo a ver desde mi ventana. Siempre te leo. Esta vez me llamó la atención el tí­tulo.Y me pasó algo que no me suele ocurrir: no pude seguir la lectura porque se me hizo un nudo en los ojos. Los nombres se unieron como piezas preciosas, conocí­ a alguien que se llamaba Tatiana y tení­a que ver con la atroz dictadura, ese nombre enhebró a otro, y de pronto recordé amigos, nombres, fechas, sueños, pinté con hilos de seda las miradas de lo que un amigo dijo: son miradas que reflejan una inteligencia resignada. Eso quedó de esa época. Inteligencias que luchan para que sea posible una nueva forma de vivir y de pensar.
    El sol se ha puesto.
    Voy a leer tu nota.

  7. Daniela dijo:

    Nicolás
    te felicito, sinceramente.

  8. Valeria dijo:

    Nico, tu nota me llegó a través de una amiga que anda en la busqueda, y tu claridad y sencillez me llegó al corazón porque nunca, como hoy, sentí­ que esos “hijos” son de MI generación… son ellos, pero pude ser yo.
    Te abrazo y te quiero siempre

  9. Araceli dijo:

    Hola Nico, aunque estemos a media cuadra y seamos vecinos, te cuento que yo naci en el 70.
    En mi familia habia dos tipos de ideologias, muy opuestas pero en mi opinión, muy válidas también. Mi padre, intelectual, que decía: “si tengo un hijo guerrillero lo entrego a la JUSTICIA”; y mi madre, que decia: “Lo que pasa es que vos no tenés ideales, esos chicos pelean por una ideología, errada o no, pero tienen convicciones o creen en ellas”…
    Ahora que tengo hijos adolescentes y que están con eso de la subversión, guerrilleros, militares, el libro “nunca más” y todo eso; siempre les digo: “que a la historia la cuentan los hombres y que hay que escuchar las dos campanas”. Esto no significa que este defendiendo a los guerrilleros o a los militares, pero si vas a la historia sabrás que hubo militares corruptos, muy corruptos, asesinos y demás; pero también hubo guerrilleros que mataron gente inocente, ¿Te acordás la matanza de los chicos que estaban haciendo la colimba? Bueno, así les digo a mis hijos, vuelvo a repetirte: la historia la hacen los hombres, todos los extremos son malos…
    Te escribí porque vivimos muy lejos, jajja

  10. oscar dijo:

    ¿Algún dí­a dejaran de escribir sobre desaparecidos los que no tienen a nadie desaparecido? por que ellos no escriben, solo escriben algunos que por alguna triste razón no pueden contar un futuro mejor y se quedan inexorablemente atrapados en el pasado gris.- turco_ar35@yahoo.com.ar

  11. Kevin dijo:

    Este relato lo he sentido como una voz que dibuja mi patria mientras menciona otra. Como colombiano conservo una galerí­a de imágenes del despojo y la opresión. Este texto es un buen ejemplo de la lucha contra el olvido; escritos de este tipo serán siempre imprescindibles, siempre necesariamente memorables, como pilares para construir la utopí­a de otras patrias posibles, de mejores tiempos para el pueblo latinoamericano.

    Un caluroso abrazo por ese buen escrito!

  12. Guillermo dijo:

    Hola Gente

    Escribo desde lejos, desde la costa bonaerense. Me llamo Guillermo, tengo 34 años y además de ser uno de los chicos que viví­a en “el edificio de los militares”, fui compañero de Nico y su mellizo Martí­n, a quienes recuerdo con mucho cariño.

    Y con nostalgia recuerdo las tardes en la plaza, en la canchita de la iglesia o cuando nos trepábamos a la parte de las ruinas y caminábamos a 15 metros de altura. Recuerdo a la Beba, la “malentraña”, la señorita Cristina o al profe Gabriel que nos llevó a la escuelita de atletismo de Unión, donde luego corrí­ varios años representando al Tate. Y supongo que la nostalgia de los tiempos de escuela es porque además de haber sido felices y haber jugado mucho en las calles (cosa que hoy los chicos ya no pueden hacer con la misma tranquilidad) también nos igualaba a todos, con guardapolvos blancos y sin ideologías.
    Al menos entre nosotros, las únicas diferencias eran ser de River, Boca, Independiente o del Tate o el Sabalero. Las señoritas no nos hablaban de esas ni de otras cosas, supongo que porque los tiempos también eran otros y no eramos como los chicos de ahora. Pero al mirar atrás, no veo en eso algo malo ni las considero tí­teres de ninguna causa ni tengo nada para reprocharles ¿O acaso nos hablaban de sexo seguro? Era todo tan distinto…

    ¿Privilegios? Yo fui a vivir a Santa Fe en el 84, y a pesar de vivir a tres cuadras de la Sarmiento, como bien menciona, me pasé dos años yendo a la escuela en Barrio Candioti. Al tercer año conseguí­ entrar a la Sarmiento, algo que me tomó más tiempo que a los chicos que vení­an con el circo que siempre se instalaba frente al correo. Tuvimos compañeros que llegaba cuando llegaba el circo vení­an a la escuela con nosotros, por un mes, hasta que se iban a otra parte. Me acuerdo de Hernán Molina, el porteño hincha de River que entró a nuestro grado a mitad de año: habí­a ido a vivir a Santa Fe porque el viejo era gerente del Banco ¿Ellos no tení­an privilegios?

    Todas las guerras son absurdas y la crueldad del ser humano no tiene lí­mites, por eso comparto las palabras de Araceli, porque los extremos no son buenos y hubo gente buena y mala en ambos bandos.

    Porque es fá¡cil criticar a un militar por la dictadura y olvidar a los buenos, los patriotas, los que también por aquellos años fueron a Malvinas a luchar por una causa de todos. Porque es fácil criticar a un Firmenich (tan asesino como Videla) y olvidar a los que se alistaban a pelear junto a el porque de veras querí­an cambiar el mundo.

    Ojala todos los hijos y nietos de desaparecidos encuentren a sus familias biológicas, y ojalá las madres de los colimbas de Formosa y todos los demás inocentes que menciona Araceli también puedan sanar su dolor por haber perdido a sus hijos y seres queridos por algo tan absurdo. Solo así­ podremos cerrar esta herida colectiva tan grande y dolorosa.

  13. Pabluterio dijo:

    Me encantó Nico, es buení­simo.
    Estoy orgulloso de ser tu amigo por muchas razones. Esta nota es prueba de una de ellas: te sobra identidad, pero te preocupa que haya gente a la que le falta. Esa clase de generosidad nos hace falta.
    Seguí­ haciendo mejor la vida… de todos.
    Tu amigo

  14. gabriela (creo) dijo:

    Me gusto tu comentario. Soy hija apropiada pero del año 73. Mi vida ha sido una gran mentira tras otra, es casi imposible saber la verdad, hilvano ideas y dudo de ellas, supuestamente nací en el hospital Iturraspe de la ciudad de Santa Fe capital, pero ahora ,después de una charla con una “tia” sospecho que nací en la casa de la partera; no se que paso con mi mamá y me desespera saberlo, si esta viva la quisiera abarazar y mostrarle las hermosas nietas que tiene y si en realidad esta muerta elevarle una oración a Dios para que la protega por siempre. Ya no tengo ningun sentimiento de cariño por aquellos que me criaron, el vacio me esta matando, si alguien sabe de alguna chica que haya estado embarazada durante el primer semestre del año 1973 en la ciudad de santa fe y que luego haya vuelto sin su bebé, no dude en contactarme por favor (gabdegudi_@hotmail.com). desde ya muchas gracias. Y sigamos buscando, sólo la verdad nos hara libres.

  15. Gonzalo dijo:

    Muy bien amigo! muy grande tu comentario , y la verdad que me sorprendieron tus palabras, es algo muy grande y valoroso que hoy no se encuentra…

    saludos!

    Gonzalo

  16. gabriela dijo:

    hola:
    gracias por todo lo que haz hecho,eso pesa mas que lo que no se pudo hacer, gracias por estar, por interesarte y por mantener siempre abierta tus ideas al pesar de los otros. mil millones de veces gracias.

    saludos desde aqui.todo bien.

    gabriela

  17. Marcos dijo:

    Realmente tu relato le da un enfoque tan “correcto y apropiado” a este tema tan polémico, que quedé fascinado. Sigue publicando.

  18. laura dijo:

    yo si se quiensoi pero mi mama no….asi q le pido por favor…q si conoce alguna pagina web o algo para en contrar su identidad se lo voi a agrdecer……espero su respuesta…o de cualquier otra persona q lo sepa…por favor con un mensaje de correo le puede cambiar la vida a mi mama….

  19. Nicolás Loyarte dijo:

    Laura, comuníquese con http://www.abuelas.org.ar/.

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