El Toto
Hace casi unos diez años llegué un día a esta redacción, me acomodé frente a una computadora y comencé las tareas diarias que con el tiempo fueron cambiando de matices, aunque siempre fueron periodismo.
Aquel primer día, frente a otro escritorio, junto al ventanal, estaba arrinconado el hijo-padre de El Toto, Fabián Izquierdo. Fue fácil darme cuenta de que el tipo era el humorista gráfico del diario, su vida era lo mismo que sus tiras.
Pasaron algunos días en la redacción hasta que escuché susurrar a los compañeros algo sobre unos preparativos para una peña de jueves. Asado, cerveza y truco. Y al día siguiente, temprano, los rostros portaban las consecuencias. La escena se repetía todas las semanas, mientras que yo permanecía casi en el anonimato y mi participación se limitaba a escuchar los comentarios y cargadas posteriores a cada peña.
Más tarde me enteré de que la peña tenía nombre y anfitrión. Era la peña de El Toto, el viejo de Fabián. Los muchachos caían todos los jueves a la casa de El Toto y se disponían a compartir y disfrutar. Tenían todo organizado. Era la fiesta, la tertulia de los periodistas y otros trabajadores.
Pero de todo esto me enteré tarde, no alcancé a ser un galán de esa mesa. La amistad con Fabián y demás compañeros llegó con el tiempo. Y para entonces El Toto había dejado de ser el anfitrión para pasar a ser el personaje de una tira de humor gráfico en las páginas de este diario.
Hoy trabajo codo a codo con Fabián. Todas las mañanas compartimos mates, tertulia y vida. Fui testigo de muchos de los diarios nacimientos de El Toto desde su gestación. Primero el silencio de su “padre”, con la mirada perdida al frente; luego los globos que se cargaban de palabras sobre la hoja en blanco, frases vivas, quejas u ocurrencias; hasta que aparecía la figura de ese “panzón” de anteojos que –según Fabián- era muy parecido al Toto de carne y hueso (y cerveza). Así me fui enterando más sobre El Toto. Supe de las anécdotas del viaje que hizo a su España con Fabián, antes de morir, de su humor ácido y sin límites, y de sus porrones apasionados junto a su asador.
“Espero que te enganches un pibe lindo y con billetera”, o algo así, fue lo que le dijo a su esposa El Toto antes de partir a la inmortalidad; para escándalo y risotadas, y nudos en la garganta.
Cuando El Toto murió Fabián cumplió su palabra. Hecho cenizas El Toto descansa bajo el árbol del patio de su casa. Y cada vez que una braza arde en su parrilla, El Toto recibe un porrón que penetra por la tierra hasta calmar su sed. Y así se suma a la peña.
Ahora El Toto se tomó vacaciones. En diciembre se despidió de sus tiras diarias en el periódico. Se debe haber ido detrás de un dato que le pasó alguno de sus amigos sobre una carnicería que vende el mejor asado, o debe andar en algún proyecto secreto para volver a sorprendernos. Porque como se le solía escuchar decir, “la vida es hoy”.

21 de Febrero, 2008 - 12:10
Qué lindo, Nico! Me imagino que a tu compañerito de al lado lo debe haber emocionado tanto como a mí. Es el mejor homenaje a la amistad y a un recuerdo querido que leí en mucho tiempo.
25 de Febrero, 2008 - 22:12
Es indudable que este “personaje” - dicho con todo respeto- ha calado hondo en tus sentimientos. Los recuerdos que expresas lo “pintan” justo para imaginarlo. El debe haber sentido en todo momento, el respeto y el cariño de su entorno en el diario EL LITORAL …Y qué decir, cuando se reunían asadito por medio….y cerveza….como cuentas!!
El TOTO!!… capaz de dejar con su ausencia, “nudos en la garganta” de quienes lo recuerdan!!… Debe haber sido un “tipo” macanudo… y eso de, “LA VIDA ES HOY “. Quedará como un sello de su ingenio.
Lástima que se haya ido…..