
En lo más alto y profundo de la baulera, que ahora se esconde detrás de una tapa atornillada a la pared del cuarto, haciéndola más inaccesible, viven, entre la ropa de invierno en verano y nunca la de verano en invierno, entre los libros que no entran en la biblioteca y nadie se anima a tirar, entre juguetes, billeteras desechadas, cuadros feos, y regalos ocultables, digo, viven los recuerdos: en una caja de zapatillas Topper aplastada y con la tapa que nunca cierra debido a la presión que ejercen los álbumes sobre sus paredes se apilan las fotografías. En blanco y negro, cuadradas, gruesas, corridas, mal reveladas, en colores vencidos; rostros, amigos, momentos, vacaciones, borracheras; junto a bautismos, retratos escolares, ex novias de la adolescencia que aparecen al fondo de una imagen peñera (foto que no fue quemada para conservar la carita de pubertad de ese grupo de atorrantes que marchó de la adolescencia llena de noches hacia la adultez cargada de mañanas), y la copia de la primera foto junto a ella, la misma imagen que se repite en un portarretratos sobre el aparador del living. Y, por supuesto, las fotos de la vieja, que ya no está. Leer el resto de la entrada »