Los plaguicidas y la demanda alimentaria
Para usarlos en forma segura hay que consolidar las buenas prácticas agrícolas, afinar la legislación e invertir en buenos laboratorios para controlar que se respetan los límites permitidos.

Los plaguicidas son una herramienta clave en el marco del paquete tecnológico que revolucionó la producción de alimentos, en un mundo que cada vez necesita más granos, más carne y más leche. Estas sustancias químicas son fundamentales para reducir las pérdidas por plagas y enfermedades. En el mundo existen 30.000 tipos de malezas. Hay 1.200 que tienen un fuerte impacto en los cultivos. Es porque compiten por los nutrientes, el suelo, el agua y la radiación solar. Además existen más de 10.000 tipos de insectos (predadores) y cerca de 80.000 enfermedades que pueden afectar el desarrollo de una planta. Se estima que mediante el uso de pesticidas se redujo a un 10% las pérdidas en las cosechas de soja y a un 15% las de maíz y trigo, por ejemplo. Lo mismo pasa en la producción de frutas, verduras y hortalizas. Pero los residuos que dejan los plaguicidas en los alimentos y su impacto sobre el medio ambiente es un tema que preocupa a los expertos y a la opinión pública. La comunidad científica internacional analiza en forma constante cuales son los pesticidas que se pueden utilizar y en que graduación. Lo mismo hacen los laboratorios de Estados Unidos y Europa, los países que utilizan el 80% de los agroquímicos que se producen en el mundo. Los países en desarrollo deben mejorar la gestión de los plaguicidas. La FAO advierte que más del 90% de los casos de envenenamiento con pesticidas ocurren en estas naciones. La principal causa es que muchos agricultores no están capacitados en su manejo seguro y responsable. La gran diferencia con los países del primer mundo es que cuentan con legislaciones sólidas, cuadros técnicos del Estado que investigan si se respetan los niveles aceptables y una lista actualizada %u2014avalada por los principales referentes científicos%u2014 que establece que sustancias químicas conviene usar y cuales no. Holanda es un buen ejemplo. Para saber que porcentaje de residuos dejan los pesticidas en sus alimentos, sólo hay que ingresar al sitio del organismo gubernamental que los monitorea (www.vwa.nl; %u201CFood and Consumer Product Safety Authority%u201D, en inglés). Durante el 2007, los holandeses examinaron 4.400 frutas, vegetales, cereales y productos procesados. Así descubrieron que en un 45% de las muestras había residuos por encima de los máximos permitidos (en el caso de los productos importados en más de un 60%). Amadeo Fernández Alba, que co-dirige el Laboratorio de Referencia Comunitario en Europa, le comentó a El Litoral que en España cuando detectan que una cadena de supermercados %u2014o cualquier otro comercio%u2014 está ofreciendo alimentos que violan la legislación sobre límites de plaguicidas, lo publican en Internet para alertar a los consumidores.

En la Argentina el uso de agroquímicos creció (ver infografía) en el marco del impresionante desarrollo de la cadena agroindustrial. La producción de granos se triplicó en 25 años (de 30 millones de toneladas a más de 90). Este salto productivo tiene tres patas: la siembra directa, las semillas transgénicas y el uso más eficiente de herbicidas, fungicidas, insecticidas y fertilizantes. Por eso, Horacio Beldoménico (presidente del comité organizador de este workshop) insiste en que es cada vez más importante generar planes responsables que midan el impacto de estas sustancias y regulen su uso. Hay muchos agricultores argentinos que hacen bien las cosas (las famosas Buenas Prácticas Agrícolas). Que se asesoran con ingenieros agrónomos para realizar un manejo integrado de plagas, y usan en forma responsable y eficaz los plaguicidas. Pero no tiene sentido correr riesgos. En el marco del workshop, El Litoral pudo hablar con los más destacados especialistas en residuos de plaguicidas. Todos ellos definieron tres prioridades para mejorar la gestión de estas sustancias. La primera es la constante capacitación de los agricultores, tamberos y productores ganaderos. Sobre todo porque son los más expuestos a contaminarse con plaguicidas (en la infografía se explican las normas más básicas para manejarlos con seguridad). En segundo lugar, el Estado debe mantener sus legislaciones sobre los plaguicidas con registro constamente actualizadas. Y también debe fiscalizar y controlar. En el acto de apertura de este evento, el rector de la UNL, Albor Cantard, reconoció que hay que mejorar la estructura de los laboratorios que hay en las universidades y en el sector público (para que puedan medir más alimentos, con mejor tecnología). Esta es la mejor receta para garantizar que los alimentos que comen y que exportan los argentinos son seguros.