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Persona y Sociedad
Edición del Miércoles 26 de febrero de 2003

Persona y Sociedad / Edición impresa

Persona y Sociedad: PER-01 El club de los Constituyentes

Por Jorge Reynoso Aldao


Según la estimación más aceptada, Santa Fe y campaña contaban en 1852/3 con unas 5.000 "almas". El predominio social, político y comercial lo ejercían las familias descendientes del período hispano-colonial, con su cuota servicial de esclavos negros, zambos, mulatos, pardos y mestizos de piel morena. Imperaba una discriminación no discutida. No había médico estable, ni dentista, ni boticario, ni tribunales, ni cloacas. El agua del río era vendida por los aguateros, casa por casa. El agua de lluvia era un bien preciado, que se acumulaba en los aljibes. Las telas eran artículos de lujo y se utilizaban a modo de patrones estables de medida y trueque, dentro del caos mercantil, agravado por una muchedumbre de monedas de variada ley y diversa procedencia. Las devociones religiosas colmaban todas las horas domésticas, desde el amanecer hasta el Angelus del ocaso y el curso de la noche, apenas alumbrada por los candiles de aceite. La lepra proliferaba con el pavor del azote bíblico.

El alcohol, el juego y las riñas de gallo se adueñaban de las esquinas más concurridas. Allí donde el coraje era más respetado que el Padrenuestro, como norma social no escrita, a fuerza de venerada en el cruento ceremonial de los duelos criollos. Lo que explica que la figura de Juan Manuel de Rosas se fuera apagando en el imaginario colectivo, al saberlo huyendo, disfrazado de marinero inglés, para abordar el barco que le facilitó el cónsul británico.

Cambia el meridiano


Poco a poco, el meridiano político, social y comercial fue cambiando de Cuyo al Litoral. No cabe duda de que en ese giro histórico tuvieron mucho que ver los aguerridos centauros criollos, con aquellas vaquerías de extenuantes jornadas, donde se lucían los legendarios "vagos y mal entretenidos".

Ya se había aceptado que el Litoral era una unidad geográfica filiforme, que tenía su columna vertebral en el río Paraná. Inagotable proveedor de cuero, cebos y tasajos.

Hacia la Constitución


Santa Fe se jactaba de sus dos siglos y medio de solera hispanoamericana. Y con tales títulos fue la sede del Tratado del Cuadrilátero (1822), del Tratado de Auxilio con Montevideo (1823), de la convención llamada de Representación Nacional (1828/29), como así del Tratado de Alianza con Corrientes (1830) y del Pacto Federal (1831), celebrado entre las provincias del Litoral y Buenos Aires.

En febrero de 1852, Urquiza establece la libertad de imprenta. Y por el Protocolo de San Benito Palermo (abril del mismo año) convocó a un Congreso General. El 31 de mayo del mismo año quedó aprobado el Acuerdo de San Nicolás de los Arroyos, celebrado por los gobernadores de catorce provincias argentinas. Por su artículo 11 se dispone que la convocatoria del Congreso General Constituyente se hará para la ciudad de Santa Fe en el mes de agosto. En setiembre, Urquiza y su comitiva de ministros y constituyentes desembarcan de tres barcos en Santa Fe. Empero, la denominada Revolución del 11 de setiembre, que estalló y fracasó en Buenos Aires, obliga a Urquiza a reintegrarse a su posición militar de San Benito de Palermo, postergándose la inauguración del Congreso.

El 15 de noviembre de 1852 tiene lugar la primera sesión preparatoria en el cabildo santafesino, y el 20 del mismo mes y año se realiza la solemne instalación del Congreso General Constituyente.

Santa Fe conmovida


A medida que fueron llegando los convencionales constituyentes, los santafesinos se sintieron conmovidos en su patriotismo. El clima de la época era de libertad republicana. Los visitantes fueron alojados en casas de familia, el antiguo colegio de los jesuitas y alguna que otra pensión familiar, mientras los religiosos se hospedaban en celdas conventuales. En las tertulias se compartía la inquietud por la posibilidad de nuevas postergaciones. El calor sofocante no contribuía a la sociabilidad. En tanto se intentaban superar las profundas heridas del despotismo rosista. De cuando en cuando, los constituyentes se topaban en la calle con algún mazorquero rezagado, procurando integrarse al nuevo orden urquicista.

El clima de la época


De regreso de un fluvial viaje a Buenos Aires, José María Cullen (que había asistido al fusilamiento de su padre, Domingo Cullen, por orden escrita de Rosas) trae la noticia de haber participado de la fundación del Club del Progreso, en diciembre de 1852, contagiando su entusiasmo a un grupo de vecinos de probada inspiración patriótica. Pocos días más tarde, los convoca a su casa a fin de proseguir el ejemplo porteño, que se confiaba repetir en Paraná y otras ciudades del Litoral.

La urgencia para conformar un estimulante foro cívico y comunitario estaba en el aire. Todos añoraban el beneficioso funcionamiento de "El Camoatí", ensayo pionero de una bolsa de comercio, que Rosas había mandado clausurar en 1843, apresando a los comerciantes esquivos a su autocratismo y a su política ultraproteccionista. Y todas sentían el imperativo de acompañar y apoyar a los constituyentes que ya deliberaban en esta ciudad, frecuentando las tertulias familiares.

Un centro de gravedad


Los socios fundadores del Club del Orden aprobaron el 27 de febrero de 1853 dos documentos fundacionales: el Acta de Fundación propiamente dicha y el Acta de Instalación, con elección y toma de posesión de la comisión directiva, presidida con Mariano Comas.

Se dispuso de inmediato colocar diariamente pizarras en la puerta del club, anotándose la entrada y salida de barcos, como asimismo los precios en plaza de los "frutos del país".

Por aquellos días, anidaba en Santa Fe una fe inquebrantable en la futura carta constitucional. Durante casi veinte años, el régimen rosista se había opuesto al "librito" o "el cuadernito" como llamaban Rosas y los caudillos a los proyectos constitucionales. Eran conscientes de que una ley de leyes sofrenaría la omnipotencia dictatorial. Esa visceral discrepancia derramó mucha sangre argentina. Por eso en Santa Fe se alentaba la creencia de que la Constitución será el más sano intento de afianzar el ser nacional, superándose el odio y el caos que venían de lejos.

"El orden como base..."


El positivismo de Auguste Comte (1798-1857) había ganado adeptos en Europa y América. Los mexicanos, los brasileños y algunas incipientes naciones sudamericanas adoptaron las consignas y los ideales que predicaban la concordia universal y una religión de la Humanidad. Brasil incorporó a sus símbolos patrios el lema "Orden e Progreso", subsidiando los templos positivistas. Y en nuestra Santa Fe el acta fundacional del flamante club, redactada y pasada en limpio por el constituyente Juan María Gutiérrez, afirma e informa "El Club que se funda tendrá el nombre del Club del Orden, para expresar con esta palabra el espíritu que guía a sus promovedores".

El nombre transparentaba el ideal positivista en boga por ese entonces y que lo resume todo: "... el amor como principio, el orden como base y el progreso como fin". Comte había compendiado por último su pensamiento, publicando en 1848 un sesudo libro titulado precisamente "Orden et Progrés".

Otras líneas


Más adelante, el acta prosigue "Contribuirá al desenvolvimiento del Comercio y de la Industria y a la difusión de las noticias mercantiles". Lo que se cumplió estrictamente con las pizarras actualizadas día a día y las reuniones de los socios que pergeñaban empresas de urgente necesidad, como lo eran los servicios de postas entre Buenos Aires, Córdoba, Entre Ríos, Corrientes y Asunción, por vía terrestre o fluvial, incentivando la libertad de desplazamiento, tantos años demorada por las aduanas interiores y los controles de "los colorados".

La pampa despoblada


En los comienzos fue la pampa inmensa y despoblada. Un párrafo del acta fundacional del Club del Orden se extiende categóricamente: "El Club tendrá por una de sus miras especiales recomendar la sociedad santafesina a los ojos del extranjero por medio de una hospitalidad despreocupada y generosa, por cuanto están convencidos sus miembros de que los países situados en el Litoral de la república no crecerán en población y riqueza sin el concurso de los hombres honrados y laboriosos de la Europa".

Este párrafo era un magnífico adelanto del "... para todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino...", que el mismo Gutiérrez incluyó en el Preámbulo que estaba redactando como inspirado pórtico constitucional.

Lo que explica que, años después, los socios del Club del Orden eligieran como presidentes a dos extranjeros de ardua pronunciación castellana: en 1856 a Ricardo Foster, fundador de San Jerónimo Norte y colonias contiguas con valesanos traídos de Suiza; y Carlos Beck (1860/61) adalid de la colonización de San Carlos Centro y aledaños.

Convocando a la mujer


Nadie duda del machismo de aquel tiempo, por lo que resulta doblemente admirable el párrafo del acta de fundación que venimos glosando: "Los miembros del Club del Orden, como padres y como hermanos y esposos, aspiran a que la mujer santafesina tenga ocasión de mostrar el relevante mérito que debe a la naturaleza y a la educación: a este fin estableceré reuniones de baile, e imploraré de las señoras y señoritas su cooperación para hacer a los desgraciados alguna ofrenda de beneficencia en determinados días del año".

En otras cláusulas: "Los miembros del club se comprometen a aceptar y apoyar con su influencia y medios toda idea sugerida por nacionales o extranjeros (sic) que propenda al progreso o al bien del país".

Tal vez hoy no sepamos valorar el significado de amplitud de ese compromiso. Tras largos años de cerramiento comercial y político, el párrafo denota un ansia comunicacional, que se concretó en relaciones con otros clubes de reciente fundación y similares miras cosmopolitas.

El baile de la Constitución


En las reuniones del 29 y 30 de abril de 1853, la comisión directiva inicia los preparativos de la "soirée" que se ofrecería el 1° de mayo, con motivo de la jura de la Constitución Nacional. Se dieron entrada a las "labores de mano" realizadas por señoras y señoritas para la ayuda de los necesitados, se comprometió a la banda lisa de las fuerzas militares destacadas en la ciudad, se reforzaron los candiles de aceite y cebo, se contrataron las cebadoras de mate y servidores de chocolate... Las señoras y señoritas lucieron sus mejores galas y peinados. La mayor parte de los diputados constituyentes acudieron al baile con sus levitones recién planchados y sus camisas lavadas trabajosamente en las aguas del río costanero ("el campito" donde trajinaban las lavanderas bulliciosas; allí, casi contiguo al templo franciscano).

Ese baile patriótico inició una larga tradición social, que se prolongó por más de un siglo, con la presentación en sociedad de las niñas quinceañeras.

Y fue tal vez en ese baile que se tejieron los flirts que culminaron en el altar de: Geromita Cullen con Juan María Gutiérrez; Luciano Torrent con Severa Zavalla y Salustiano Zavalía con Emilia López (no emparentada con los de Estanislao) y en cuya casona Zavalía tocaba la guitarra, entonando canciones del Altiplano y el Alto Perú.

La visita de Fragueiro


La Confederación Argentina había asentado su sede oficial en Paraná. Empero, carecía de tesoro y eso comprometía su funcionamiento. El ministro de Hacienda de la Confederación cruzó el Paraná y expuso en el pequeño salón del Club del Orden los graves problemas que aquejaban al nuevo gobierno; expuso su proyecto de fundar un Banco Nacional que emitiría billetes, poniendo fin al caos monetario que regía en todo el país; propuso la traza de un ferrocarril Rosario-Córdoba y la urgencia de reglamentar las aduanas de depósito (interprovinciales) y el alza de los derechos de aduana. La sesión se prolongó hasta las "11 y media de la noche". El club otorgó diploma de socio honorario al que todos consideraban el primer economista argentino. Y Fragueiro donó una biblia y varios libros para la futura biblioteca del club.

Un comienzo auspicioso


Con estos acontecimientos se echaron las bases de un ente de reconocido prestigio, por cuando con el correr de los años gran número de gobernadores, ministros y legisladores pertenecieron y frecuentaron el Club de Orden, convertido por su trayectoria moral en uno de los centros de mayor gravitación política, social y cultural del Litoral argentino.





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