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Por Arturo Lomello
Las pasiones malsanas nos enloquecen a los hombres. El ansia de poder se enmascara sutilmente detrás de las justificaciones. Y ninguno de nosotros está exento de caer en esa actitud que, multiplicada, se convierte en la monstruosidad diabólica de la guerra. Lo que ha ocurrido en Irak, el holocausto de miles de vidas inocentes es una evidencia abrumadora de lo dicho. Aquellos que resuelven hechos de violencia generalmente están a buen resguardo para no ser alcanzados por ellos. No obstante, como hemos sido testigos en los últimos tiempos, el terrorismo, usando los medios de transporte contemporáneos, ha hecho que nadie pueda creerse fuera del alcance de la destrucción. A tal punto hemos llegado en el descenso a los abismos de la irracionalidad. Ninguna nación es dueña de la verdad, ninguna ideología puede reemplazar al amor concreto. No habrá nunca fin para las guerras mientras pretendamos imponer nosotros nuestro destino. La irracionalidad nos ha conducido a la más extrema de las paradojas: nunca hemos sido tan diestros en desarrollar razones para eludir la realidad de que dependemos en todo de la voluntad de Dios, salvo en la libertad de decirle que sí o que no a sus designios. Como le hemos venido diciendo que no, estamos siempre en guerra con nosotros mismos y, por ende, con los demás. Y ello degenera finalmente en las guerras colectivas como las que estamos viviendo. |
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