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Autora de poemas, traductora, editora, Claudia Schvartz acaba de publicar "Tránsito es nombre", con textos que podríamos definir poemas en prosa si no los pervirtiera una"voz en roto" -voces que tuercen la propia voz: "Canto Calchaquí, me dicen. El cuerpo se me abre en voz: incesante, alumbra y estremece".

Por Claudia Schvartz

Ahí estaba. De casualidad, su madre y pensando en broches.

Por la calle, las dos, mientras trataba de encontrar veterinario para el gorrión de ala rota, que llevaba en la caja, sintiendo el aleteo desesperado.

La madre.

Su color preferido era el lila. Pero vestía de negro.

Toda la ropa lila terminaba regalándosela a ella. La hija.

Buscaba un libro, dijo. Hacía demasiado calor, sudaba. Hablaba tan suavemente que había que acercarse para poder escucharla. Con un hilo de voz.

Una gota de aire.

Su madre.

Una mujer ligeramente afilada, de grandes pechos y cadera más bien cuadrada.

Delicadísima. Agudísima. Sudaba pero no le alcanzaba el aire, dijo. Estaba tan delgada.

Pero además, sumado a esa respiración aleteante, los ojos parecían cargados.

Pensó que se caería, que iría a caerse allí mismo.

No quiso tomar un café ni que la acompañara.

Además ella tenía que conseguir un veterinario para el ala rota, le recordó.

Es cierto, dijo la hija, molesta y ajena. Pero podemos tomar el mismo taxi, dijo la madre que al sentarse cerró los ojos y temblaba, ocultando su temblor, que era muy fuerte.

No pasada nada, le dijo. Y dijo también que le encantaba verla como una niña, buscando la salud del pájaro. Lo había recogido en la calle, salvado de las ruedas. Sabía que era ridícula, frente al dolor del mundo, sosteniendo ese gesto hacia un gorrión maltrecho. Me encanta justamente eso de vos, dijo la madre, apenas la voz, temblando, distante en el taxi mientras el verano y la vida, mientras palabras y gestos... instante.

(De "Tránsito es nombre". Leviatán (http://www.e-leviatan.com.ar), Buenos Aires, 2005).