Con este primer número de Campolitoral, el Diario El Litoral pretende comenzar a saldar parte de una deuda que el país todo, que la sociedad argentina en su conjunto y que la sociedad urbana en particular tienen con el campo. Lo hacemos desde nuestro sitio y en la cuota parte que nos toca: comunicando, abriendo puertas para que la producción pueda mostrar su trabajo.
Porque, finalmente, estamos convencidos de que buena parte de las injusticias que padece el campo -algunas de las más flagrantes tienen que ver con las retenciones y los impuestos distorsivos-, nacen del profundo desconocimiento que tenemos como sociedad respecto de qué es y cómo trabaja el campo.
No se ama lo que no se conoce, dice el dicho, y así parece corroborarse en este caso. De lo contrario, no se comprende por qué el continuo cambio de reglas de juego para la producción, la enorme voracidad fiscal sobre la gente que trabaja, la escasa o nula devolución en obras para el sector pese a la monumental transferencia que éste realiza.
No se entiende la cuasi ausencia del Estado, la falta de políticas coherentes y a largo plazo, al punto tal que la incidencia del poder público sobre el campo ha sido vista como negativa y que, con este esquema que de una u otra forma repiten en las oficinas de las ciudades, prefieren neutralidad oficial o incluso indiferencia: "que nos dejen trabajar", se escucha decir amargamente a los productores.
Por cierto, hoy el campo está dando lecciones a toda la sociedad argentina: es híper competitivo a pesar de los gobiernos, está altamente tecnificado, produce, exporta. Hace. Trabaja, lo que es casi una osadía en un país que ha premiado otros modelos.
Los fundadores de El Litoral, hace ya ochenta y cinco años, entrevieron esta relación y esta tensión campo-ciudad y dibujaron tempranamente una importante red de corresponsales en una vasta zona de la provincia. Hoy nuestro diario refuerza ese vínculo y trae a sus páginas producciones y productores, con el convencimiento de que todos tenemos mucho por aprender y por hacer. Empecemos, entonces, por re-conocernos.