La autopsia explica una muerte y la fe justifica una vida
Por Jorge A. Bañales (EFE)

La polémica sobre la preservación de la vida con tecnología médica se reavivó esta semana en EE.UU. con los resultados de la autopsia de Terri Schiavo, quien vivió 15 años en estado vegetativo, y el caso de una mujer embarazada en coma.

El gobernador de Florida, Jeb Bush, ha pedido que un fiscal investigue cuál fue la causa del colapso que sufrió en 1990 Schiavo, en coma durante 15 años hasta que, por decisión judicial y a petición de su esposo, se la desconectó de la máquina que la mantenía con vida, lo que la llevó a morir por deshidratación el 31 de marzo pasado.

Los resultados de la autopsia de Terri Schiavo, divulgados esta semana, arrojaron que la mujer había sufrido un daño cerebral irreversible y no encontraron pruebas de que su esposo Michael hubiera abusado de ella.

El caso de Schiavo galvanizó las pasiones de cristianos y políticos conservadores en EE.UU., que convirtieron la disputa entre el esposo y los familiares de la mujer en una batalla cuasi religiosa sobre la vida y la muerte.

Unas desavenencias que parece que no van a producirse en el caso de Susan Torres, de 26 años y embarazada de 20 semanas, quien presenta daño cerebral irreversible y es mantenida con vida de forma artificial en un hospital de Arlington (Virginia), porque su familia está de acuerdo con las creencias religiosas y las decisiones de su esposo, Jason Torres.

El 7 de mayo, Susan, una investigadora de vacunas en el Instituto Nacional de Salud, embarazada, sufrió un infarto cerebral causado por un melanoma que no se le había diagnosticado.

Su esposo Jason, quien ha dejado su empleo para ocuparse de su hijo Peter, de 2 años, además de Susan, ha decidido que se hagan los esfuerzos médicos con la esperanza de que el embarazo progrese hasta que la criatura tenga probabilidades de supervivencia.

"Sé que Susan habría decidido que hiciéramos todo lo posible para que esta criatura tenga la posibilidad de vivir", dijo Jason.

En una entrevista con el diario USA Today, Torres recordó que, cuando Susan quedó embarazada por primera vez, los médicos le ofrecieron un examen para determinar si el bebé padecía el Síndrome de Down u otros trastornos genéticos.

"A ella le ofendió la implicación de que si el bebé tenía problemas podía practicarse un aborto, y rechazó el examen", dijo Jason.

Robert Veatch, profesor de Ética Médica en la Universidad de Georgetown, dijo a EFE que "hay aquí una doble carrera contra el tiempo: el feto debería llegar a la semana 27, o mejor aún, a la 30, para ser viable, pero cuanto más tiempo pase más se extiende el cáncer".

John Harvey, del Instituto Kennedy de Ética, explicó a EFE que Susan recibe alimentos y líquidos, además de ayuda respiratoria y "el cuidado de confort e higiene, pero no tratamiento para el cáncer".

"El cáncer ha dañado la parte superior de su cerebro, pero hasta ahora no ha alcanzado la parte inferior, que gobierna el funcionamiento de los órganos", añadió.

Gail Qinn, directora ejecutiva del Secretariado Pro Vida de la Conferencia de Obispos Católicos de EE.UU., señaló a EFE que "los familiares de Susan están haciendo lo mejor que pueden para darle una oportunidad a la criatura. Pero también saben que, cuando llegue el momento, cesarán todos los tratamientos, excepto la nutrición e hidratación -ingesta de líquidos-", agregó.