En 1985 me sorprendió una noticia que leí en uno de los diarios de Buenos Aires: una mujer muy joven había creado una orquesta sinfónica y la dirigía. Esto sucedía en San Isidro, provincia de Buenos Aires. Su rostro, casi de niña, sonriente, comenzó a aparecer periódicamente en las publicaciones, con muy buenas críticas.
"La orquesta San Isidro, dirigida por su creadora, Charlotte Stuijt con muchos proyectos... Charlotte Stuijt una batuta de treinta años...". En octubre de 1987, un crítico expresaba: "Evidentemente, Charlotte Stuijt está sumando indicios muy claros de hallarse seriamente predestinada para destacarse en el ámbito de la dirección orquestal".
En junio de 1992, le dedicaban un artículo a las dos únicas mujeres directoras de orquesta de América latina: Adela Marshall y Charlotte Stuijt. Seguí su carrera a través de estos años y, finalmente, días pasados tuve la satisfacción de lograr una entrevista.
La joven es ahora una mujer con unos enormes ojos castaños donde se refleja una cierta melancolía. Ha desaparecido el rostro encendido de la juventud. Charlotte es toda una mujer que conoce a fondo los sacrificios y esfuerzos que implica en este país sostener una quimera.
La perseverancia, la fe, la disciplina la llevaron, a los 28 años, a crear una orquesta sinfónica privada, integrada, primero, por amateurs y jóvenes músicos egresados de conservatorios. Luego, fueron profesionales que dieron forma al sueño de esta joven, hija de un holandés afincado en la Argentina, que desde su creación viene ofreciendo cuatro conciertos por año, perfectamente programados.
Su padre se llamaba Jan Vitus Melchior Stuijt y llegó a la Argentina huyendo de un mundo de horror provocado por la garra nazi. Aquí encontró el amor y formó su familia con María Inés Alegre.
Los grandes ojos de Charlotte se iluminan cuando recuerda a su padre. "Llegaba de trabajar y se sentaba a escuchar la 4° Sinfonía de Brahms. Yo me instalaba a su lado y sentía que allí estaba Dios. Mi padre era un ser extraordinario; a pesar de todo lo que sufrió durante la guerra, nunca demostró ni rencor, ni agresividad, nada".
A lo largo de todos los años de actividad de la orquesta, la Sinfonía N° 4, por diversos motivos nunca fue incluida en el repertorio de Charlotte. "Es mi asignatura pendiente", confiesa.
Su padre falleció en 1997 y su mamá, en febrero de este año. Ahora, su familia ha quedado reducida a su hermana Gabriela y ella.
Su madre, la joven argentina enamorada del holandés, era la encargada de toda la parte administrativa de la orquesta y la que milagrosamente conseguía auspiciantes que respaldaran el sueño de esta hija con alma de pájaro.
Charlotte tiene que sumar ahora a su trabajo artístico el de empresaria. Normalmente, la orquesta brinda cuatro conciertos por año. Eso significa un enorme trabajo que insume prácticamente las 24 horas. Desde contratar los músicos hasta fotocopiar las partituras.
El número de integrantes de la orquesta varía según el repertorio. El primer concierto de este año fue Barroco; los músicos, dieciséis; para el último de este año, sinfónico romántico, serán cuarenta y uno.
Cuando le preguntamos si su hermana también trabaja con ella, responde que "sí, ella es soprano dramática y cantante de jazz. En el Opera y el Gran Rex hicimos Gershwin y Fitzgerald. El crítico López Iturbe escribió que era asombroso que con genes holandeses cantase como una negra. Gabriela es multifacética: es arquitecta, docente de música, cantante y hasta tiene una empresa donde fabrica bijouterie. Yo, en cambio, siempre fui en una sola dirección. Así y todo, nuestra casa es un loquero, entran y salen alumnos y, a veces, cuando no son más de quince, viene la orquesta a ensayar".
Si bien no hay antecedentes en la familia, sí espíritu sensible inclinado al arte. María Inés, la mamá, de chica estudiaba danzas en el Colón. Cuando llegó el momento de las decisiones, el padre dijo: "Una chica de familia no puede estar en las tablas...". Entonces, se volcó a la pintura. Luego, el destino se llamó Jan y el amor se transformó en una hermosa familia, con dos niñas amantes de la música.
Charlotte sintió desde muy pequeña el llamado de la vocación. Luego de una sólida formación en la Universidad Católica, partió hacia Europa. Allí se dio cuenta de que era muy difícil que aceptaran a una mujer en el podio de una orquesta. Impensable en Holanda o en Viena, por ejemplo. Pero Charlotte sabía lo que quería y siguió adelante.
Formar y mantener durante tantos años, desde 1985, una orquesta sinfónica privada es una tarea gigantesca, impensable en un país donde la cultura no es precisamente prioridad uno. Sólo alguien con mucho entusiasmo, voluntad, empecinamiento, claridad de convicciones podía llevarlo adelante. Charlotte Stuijt es uno de esos ejemplos de mujeres que no claudican ante el primer escollo, que embisten tozudamente al destino y no se arredran ante las dificultades.
Ahora, el camino a seguir tal vez sea de soledad. Ya no estarán ni la madre que supo apoyar a su pequeña en sus grandes sueños, ni el papá, que en sus ratos de ocio escuchaba a Brahms.
Ahora, Charlotte pelea a la vida con su batuta en alto, contra las irracionalidades de un sistema que fagocita a los soñadores, pero teniendo su inquebrantable voluntad como escudo.
Terminamos la charla cuando la húmeda tarde caía sobre las calles llenas de hojas del otoño en San Isidro. La imponente catedral se erguía delante de nosotras y yo creí escuchar entre sus torres la melodía de esa 4° Sinfonía que algún día Charlotte interpretará con su orquesta.