Se fue otro año. Rápido, veloz, instantáneo, fugaz, el 2005 voló sin darnos tiempo a reflexionar sobre los famosos balances que se hacen a esta altura de las circunstancias. Una vez más, lo urgente se impuso a lo importante, con lo que muchas veces quedaron fuera de la agenda temas estructurales referidos a deudas pendientes del campo. Deudas de los gobiernos con el interior profundo, con la pobreza, con la concentración de la renta, y para algunos, de la extranjerización de las tierras. Para otros -la mayoría productiva- se va una año con el sabor amargo de un sistema político sumamente injusto, traducido a través de los impuestos más distorsivos del mundo. Impuestos como las retenciones y la eliminación a los reintegros a las exportaciones, que evidencian la vigencia de una escala de valores inversamente proporcional a la lógica del trabajo y el crecimiento. Una permanente espada de Damocles que amenaza con asfixiar a la producción cada vez que toma vuelo y comienza a despegar. Una práctica demagógica que enfrenta a pobres contra pobres, acusando de manera reiterativa la producción cada vez que aumentan los precios.
El campo, por suerte, ya no es lo que era antes. El gobierno debería saber, caminando más el potrero, que esa vieja oligarquía terrateniente que desprecia ya no existe. Hoy, la mayoría de quienes explotan los campos son jóvenes profesionales, capacitados, que manejan genética de punta, y que están al nivel de los mejores productores del mundo, acostumbrados a lidiar con una estructura estatal parasitaria que nunca los tuvo en cuenta y que siempre se aprovechó de su trabajo para apagar incendios.
�Hace falta decir que este fue el año de las retenciones? Digamos, al menos, que también fue el año de las grandes exposiciones compitiendo cabeza a cabeza, de la consolidación de las mesas provinciales de lechería, apicultura, avicultura, porcinicultura, frutihortícola, etc. El año del explosivo crecimiento de las exportaciones de carne y granos, del sostenimiento ante el mundo de un país con un status sanitario impecable, de la recuperación del orgullo de los pueblos del interior con sus fiestas y exposiciones.
También -nobleza obliga- fue un año más en el que se mantuvo un tipo de cambio alto para sostener la estructura superavitaria gracias al crecimiento exportador.
El fin de año se llevó a un ministro de economía muy rechazado por el campo, pese a que se le reconocen sus logros en materia de estabilidad y crecimiento. Y llegó la primera ministra mujer, con directivas claras de un presidente que parece no negociar, pero con un pasado que la muestra contemplativa con los productores endeudados. Su asunción crea expectativas de diálogo para este año que se viene.
Rápido, instantáneo, fugaz, el 2005 ya es historia. Con la necesidad de mostrar también lo importante nació Campolitoral.
Que el 2006 encuentre al sector agroganadero más fuerte y unido. Porque así podremos reclamar por más justicia y por un país mejor.