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Cultura
Edición del Sábado 22 de abril de 2006
La Casa del Obrero Estudiante cumple 50 años

Un amparo para el desarraigo

"Esto no es una pensión: es una casa. Vivimos y nos tratamos como una familia, con las dificultades de convivencia propias de todo grupo", sostienen los residentes. Foto: LUIS CETRARO. 

A lo largo del último medio siglo, miles de estudiantes y trabajadores fueron llegando a Santa Fe en busca de un futuro. La COE les dio comida y alojamiento. Y también les enseñó a forjar sus vidas sobre una base: la solidaridad.

DE LA REDACCIÓN DE EL LITORAL

"Yo venía de San Carlos Centro, donde no había colegio secundario. Comencé a estudiar aquí y enseguida la COE me consiguió trabajo. Cuando terminé, me fui a Rosario a estudiar Medicina. Siempre mantuve conexión con la COE, porque uno la quería como a un hogar. Cuando terminé la carrera, volví a vivir a la Casa. Me dieron una beca, porque no tenía nada... Hasta que pude ubicarme, empecé a trabajar y me independicé. Tengo una deuda de por vida con la institución".

La historia del Dr. Héctor Rufino se repite en 2.500 rostros que pasaron, a lo largo de cincuenta años, por la Casa del Obrero Estudiante. Llegaron desde Corrientes, Chaco, Córdoba, el interior de Santa Fe, Entre Ríos y Formosa. También hubo uruguayos, peruanos, paraguayos y bolivianos.

"Creo que es algo que todos llevamos en el corazón como un sello indeleble. Queremos a la COE, la seguimos vivenciando, pese a los años que han pasado. Por eso buscamos que siga adelante, con la impronta humanista y cristiana que siempre tuvo, respetando las libertades de cada uno. Y con un fuerte sentido de solidaridad, que se mantiene a través del tiempo".

De hecho, el médico forma parte de la Fundación COE, una entidad jurídicamente independiente que se creó con el fin de colaborar con el funcionamiento de la Casa. Está formada por hombres que pasaron alguna vez por la institución y que ahora trabajan para ayudar a los chicos que están en el lugar que, alguna vez, ellos ocuparon.

UN HOGAR, VARIAS CASAS

"La Casa nació el 30 de agosto de 1956, con el fin de responder a las necesidades de jóvenes que querían venir a estudiar o trabajar y no tenían alojamiento", cuenta Norberto Raselli, presidente de la Fundación.

"Lo que se brinda es no sólo techo y comida, sino que también se busca darles contención, para que el desarraigo sea lo menos traumático posible", explica.

La institución tuvo varias sedes: comenzó en San Luis 2800, luego se trasladó a La Rioja y 25 de Mayo hasta que, finalmente, se compró la que hoy es la casa central, en San Jerónimo 2700, con los aportes de los mismos residentes. Se trata de un edificio de dos plantas, sobre un extenso predio que tiene salida por 9 de Julio. También funcionó, durante unos años, un local en 9 de Julio 2900.

La institución recibe sólo a varones y cuenta, actualmente, con dos locales. La casa central, que aloja a 55 chicos, y otro local, ubicado en San Jerónimo 2800, donde funciona la Fundación COE, en el que, además, residen unos 10 estudiantes.

Actualmente, se abonan mensualmente 265 pesos, lo cual incluye la comida. Hay dos cocineras y una mucama. Además, se otorgan becas a chicos que no pueden pagar ese monto y que, a cambio, se encargan de ayudar en la biblioteca, en la cocina y en el mantenimiento general.

"Cuando la persona ingresa, hacemos un contrato de un año, renovable. De todos modos, el contrato es, más que nada, moral", explica Mauricio Majul. Llegó hace cinco años desde Romang para estudiar Diagnóstico por Imágenes. Hoy alterna los apuntes con su trabajo en Casa de Gobierno. Y, además, es el decano de la COE, es decir, es responsable del Consejo Directivo que se elige anualmente y que se encarga de la organización general de la casa.

"No es fácil, pero es una experiencia hermosa", asegura. Las anécdotas que cuentan los ex residentes le dan sustento a su frase.

ÁLBUM DE FOTOS

Como en un álbum familiar, de a poco, cada uno va dando vuelta las páginas de sus recuerdos. Es el caso de Juan Orlando Torres, apoderado legal de la Fundación. Él llegó desde Tartagal (departamento Vera) y vivió en la casa mientras cursaba el secundario y la Universidad. Cuando llegó el momento de contraer matrimonio, no lo dudó: "Monseñor Zazpe me autorizó; traje a un cura y nos casamos en la casa", evoca con una sonrisa.

"Una noche, cayó Norman Briski, que venía a hacer teatro a Santa Fe. Jorge Obeid estuvo varias veces, porque estudiaba con un chico que vivía ahí -recuerda-. Es así: el que no residió en la COE, seguro que conoce a alguien. En mis épocas se hacían peñas y se organizaban fiestas para los padres, una vez al año. Hacíamos bailes con las chicas del Magisterio: hubo varios noviazgos y casamientos", comenta.

Héctor Rufino, quien fue en su momento rector de la institución y hoy integra la Fundación, también aporta recuerdos. "Hay anécdotas de todo tipo. Nos ha pasado de todo: desde un compañero que se volvió loco hasta una chica depresiva (en la época en que se brindaba alojamiento a mujeres en una de las casas) que se suicidó. Por la casa pasaban experiencias de todo tipo, como en la vida...".

Mauricio simboliza la última página de ese álbum. "Es una larga historia, en la que convergen distintas experiencias. Cada chico llega con sus anhelos, sus miedos, sus costumbres... Es hermoso. Uno aprende todos los días algo nuevo. Es un desafío cotidiano compartir la vida y la convivencia".

La extracción social de quienes arriban es variada. "Hay desde personas muy humildes hasta propietarios de campos. Esa diversidad siempre se mantuvo", cuenta Torres.

En cuanto al trabajo, se trata de ayudar a los chicos que necesitan conseguirlo. "Es como una familia: el más grande ayuda al que recién empieza", afirma Rufino. En el caso de la Fundación, se repite la misma ecuación que en la Casa: hay desde albañiles hasta ingenieros atómicos.

Los hombres aclaran que una situación cambió: antes, quienes llegaban eran en su mayoría obreros que trataban de estudiar. Ahora, la mayor parte está formada por estudiantes que, en algunos casos, también trabajan.

"Las normas de convivencia son muy claras -define Mauricio-. Por lo general, no tenemos grandes problemas. Cada residente sabe cuáles son las reglas: `Hacé lo que harías en tu casa; no hagás lo que no harías".

Sin mujeres

Entre 1985 y 2001 hubo una experiencia de incorporar a mujeres. Finalmente, se optó por habilitar la casa sólo para varones.

"Era muy difícil de llevar. Deberíamos haber tenido mujeres mayores que nos acompañaran en la contención. Como en la ciudad hay otros espacios para chicas (San José, Magisterio), decidimos abocarnos sólo a hombres", explican los miembros de la Fundación.

Manos que lavan manos

Durante la inundación de 2003, la COE fue un centro de evacuados oficial. Allí estuvieron alojadas unas 100 personas, durante un mes y medio.

"Éramos ocho chicos que nos encargábamos de atender a la gente, con el apoyo de ex residentes. Les cocinábamos, organizábamos las donaciones", cuenta Mauricio.

"Fue un momento muy difícil, porque cada uno debía atender, además, sus obligaciones de estudio y trabajo. Pero fue una experiencia de vida inolvidable".

Para festejar

El sábado 23 de setiembre, en el Cine Teatro Luz y Fuerza habrá un espectáculo gratuito, para todo público.

Actuarán Eduardo Frasson, reconocido concertista de guitarra que fue residente del COE; el Coro de la Universidad Nacional del Litoral, la soprano Natalia Raselli y el guitarrista Pablo Izurieta.

En tanto, el domingo 24 se realizará un asado en el Predio Ferial Municipal, para residentes, ex residentes y familiares.





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