fuente: Latinsalud.com. foto de El Litoral
Desde hace tiempo, la prevención de drogas clásicas se encauzó casi exclusivamente a través de la información. Una información que siempre alcanza a los adolescentes, y también a sus padres y docentes, pero que -sin embargo- parece limitarse a detallar los distintos tipos de sustancias, cómo se consumen y cuáles son los efectos que producen. Lo que la convierte en una especie de propaganda, más que en una pensada estrategia preventiva.
En la actualidad, el paradigma de la prevención está cambiando. Las nuevas ideas proponen la promoción de conductas sanas. Y este objetivo sólo se logra educando al individuo desde su más temprana infancia, ya que es en ese momento cuando se forma su sistema de creencias, de control, sus pautas de interacción, sus valores morales y su socialización.
Es entonces cuando las instituciones, en primer lugar, la familia, y luego, la escuela, ocupan un papel preponderante e insustituible en la formación de un sujeto verdaderamente libre y apto para la convivencia en sociedad.
La clave de la prevención es, entonces, la capacitación de los padres y docentes. Por eso, a continuación se presenta una serie de consejos a tener en cuenta, que contemplan a la persona desde su infancia más temprana.
Desde su nacimiento y hasta los tres años aproximadamente, el bebé depende de manera exclusiva de sus padres para comer, dormir, vestirse y también para comunicarse. Cuando los niños pasan su tercer mes de vida, comienzan a experimentar que son sus papás quienes determinan los tiempos para jugar, alimentarse, descansar, etcétera.
Además, empieza a interpretar a la pareja, si está integrada o fracturada. Por eso, es importante que los cónyuges se pongan de acuerdo en cuanto a los lineamientos con los que van a educar al pequeño: enseñarle a esperar, que sepa que no todo lo puede conseguir inmediatamente. En vez de ofrecerle muchos juguetes, presentarle unos pocos, para que realmente pueda contactarse con alguno. Es importante también que quien cuide al bebé (niñera, abuela, etcétera) sea coherente con las intenciones de los padres.
A partir de los tres años y hasta los seis, es fundamental que se le dedique al niño un tiempo para jugar y charlar en familia, que vaya aprendiendo que la familia es el ámbito donde se resuelven las dudas, los miedos y las dificultades. También es necesario mostrarle que él es responsable de algunas cosas en la casa, como por ejemplo, tender su cama.
La escuela será el lugar en donde el chico empezará a vivir en sociedad. Es importante testear cómo lo hace e integrar a la escuela en la tarea educativa, sin mostrar fracturas con la institución.
Ésta es una etapa propicia para comenzar a informar al pequeño acerca de las diferencias entre lo nutritivo y lo tóxico, empezando por los alimentos, las golosinas y las actividades en general.
Cuando un niño cumple seis años y hasta los diez, comienzan a consolidarse en su psiquis las normas de la familia. Es el momento en el que los padres deben ser lógicos, coherentes y constantes. Los límites, cuando son puestos con amor -ya que no es necesario recurrir a la violencia-, son herramientas fundamentales y efectivas de la educación. Controlar también que el balance entre privilegios y responsabilidades sea equilibrado.
A esta altura, es adecuado comenzar a familiarizarse con las amistades del pequeño, ya que su contexto social -que comienza a construirse- será, en algunos momentos, definitorio.
La comunicación en esta etapa cobra aún mayor relevancia. Es importante que los hijos sepan que pueden contar con sus padres. Escuchar, transmitir mensajes claros, ser modelos de buen comportamiento, recordar que la comunicación no es sólo verbal. Pensar que la hora de cenar o de almorzar son espacios ideales para la comunicación, no desaprovecharlos mirando televisión.
Al acercarse a la adolescencia, a partir de los 13 años y hasta los 15, nos encontramos con una época clave en la que muchos jóvenes comienzan a utilizar drogas. Más que nunca es importante conocer sus amistades, compensar si es necesario la influencia del entorno y reforzar normas y modelos a imitar.
Es clave también charlar con ellos de las drogas, explicarles que sus efectos desfavorables se ven con el tiempo y que su uso es inmanejable y adictivo, aunque desde la sociedad lleguen otros mensajes.
Enseñar a los hijos a decir "No", explicarles que en algunas situaciones quedarán expuestos a este tipo de propuestas y que deben aprender a rechazarlas, sin sentirse un "tonto".
Es responsabilidad de la familia estar atenta a las actitudes del adolescente y consultar o pedir ayuda a un centro de rehabilitación si su comportamiento es raro o comienza a cambiar repentinamente. Estas actitudes podrían ser: llegadas tarde a casa, cambios de humor bruscos, dormir demasiado, cambiar de amistades, bajo rendimiento escolar, etc.
A partir de los 15 años y hasta los 18 es necesario que los lineamientos tengan continuidad, a pesar de que las situaciones van a ser cada vez más difíciles y las horas no supervisadas son muchas más que antes.
Se puede estimular a los jóvenes para que emprendan actividades de acción social, deportivas o culturales, para que el tiempo libre y el ocio puedan ser creativos.
Si es posible, es ideal estar en contacto con los padres de sus amigos para armar una verdadera red de contención junto con la escuela, que debe mostrarse interesada en la prevención del consumo de drogas.