textos de Mariana Rivera
"Creo que tenemos una rica historia familiar, que está contada en un libro que fue presentado en el segundo encuentro de los Yaccuzzi, en Villa Ocampo", adelantó Estela Yaccuzzi a través de un correo electrónico a De Raíces y Abuelos. Y no se equivocó.
El 18 de febrero pasado, 1.500 descendientes de Pedro Constantino Yaccuzzi y Santa Huston, provenientes de diversas provincias argentinas y de España, se reunieron en Villa Ocampo -departamento General Obligado- para reencontrarse con sus raíces.
Por la mañana, se descubrió una placa recordatoria en el cementerio local en memoria de los descendientes fallecidos y, por la noche, se rezó una misa concelebrada por tres sacerdotes, en la que colaboraron 7 religiosas, todas integrantes de la familia.
Posteriormente, se presentó el libro "Historia de la Familia Yaccuzzi", escrito por la profesora Estela Yaccuzzi de Álvarez junto a varios colaboradores. Finalmente, los participantes compartieron una emotiva cena.
No faltó la entrega de recordatorios a los familiares de mayor edad de cada rama, ni tampoco "tarantelas, valses, chamamés y cumbias, oportunidad en la que quedó demostrado el bagaje cultural que se fue incorporando con el correr del tiempo, pero sin olvidar las raíces", reseñó Estela Yaccuzzi.
El encuentro fue propicio, además, para intercambiar sentidos recuerdos de una infancia compartida.
Para esta nota, Estela es la vocera de la historia familiar. Ella cuenta que la familia Yaccuzzi no era ajena a la situación que vivía Europa a fines del siglo XVII: pocas tierras de cultivo, puesto que la mayoría estaba en manos de los nobles o terratenientes; muchas familias en estado de servilismo; guerras permanentes por los límites entre Austria, Italia, Alemania e, incluso, Francia; superpoblación, poco interés del gobierno italiano de la época por defender las costumbres y la cultura de estos pueblos que vivían casi en la frontera con Austria eran algunas de las razones que obligaban a varios europeos a buscar otros destinos.
"En los lugares donde se reunía la gente, el comentario sobre las posibilidades que ofrecía nuestro país para los inmigrantes era casi obligatorio, aunque muchas de esas promesas no se cumplieron", destaca Estela.
"Pedro Yaccuzzi se reunía con otros vecinos y fue así como decidieron venir a probar suerte a la Argentina. Además, él había sido castigado por la condesa de Gorizia por haber donado arena y otros elementos para la construcción de la capilla de Casarsa sin autorización. Como cosechaba maíz, con ese dinero pagó el pasaje para sus dos pequeños hijos: Luis, de 13 años, y Antonio de 10", mencionó.
Junto a otras familias, se embarcaron en noviembre de 1877 y llegaron al puerto de Buenos Aires. Como no vinieron con un contrato establecido, tenían que esperar o buscar ser llevados para poblar algunas de las nacientes colonias del interior del país. A los cinco días y ya a punto de verse obligados a abandonar el Hotel de Inmigrantes, se presentó un comisionado de la firma Gaetani y Cía., con la propuesta de instalarlos en las cercanías de la recién fundada colonia Reconquista, para instalar una fábrica de potasa.
Pedro y sus dos hijos, junto a unas 20 familias -de apellidos Bernardis, Vicentín, Della Rosa, Fantín, Fabro, Antonio y Francisco Massat, Pedro y Marcos Mussin, Nobile, Domingo y Santos Quarín, Reniero, Tonzar y Piccoli, entre otras-, no dudaron en aceptar la propuesta.
Desde Buenos Aires fueron embarcados hasta el puerto de Bella Vista (Corrientes) y, desde allí, a bordo de una barcaza se dirigieron al puerto Diego Lafuente, a 5 kilómetros del puerto de Reconquista.
Luego, fueron en carros tirados por bueyes hasta el lugar donde se levantaría la primera fábrica de potasa en Argentina, con materia prima vegetal. Ese lugar fue llamado "La Estrella de Italia", ya que fue la primera avanzada de la inmigración friulana en el país.
"Aquí comenzaron los mayores sufrimientos: en la espesura del monte, soportando los intensos calores a los que no estaban acostumbrados, sin víveres suficientes, con el temor de ser atacados por aborígenes o forajidos que merodeaban la zona. Durmieron varios días debajo de los árboles, haciendo carpas con sus sábanas y otras ropas, especialmente, para proteger a los bebés y niños de los insectos, mosquitos, tábanos, moscas, hormigas, víboras, además de los piques que se les introducían por las uñas de pies y manos y les producían un ardor e infecciones insoportables", narró Estela.
"Pero después pudieron talar el monte, hacer sus ranchos, un pozo de agua y comenzar a buscar la materia prima y hacer unos litros de potasa. Sin embargo, pasó el tiempo y no tenían noticias de los contratistas desde Buenos Aires".
En 1878 se produjo una de las mayores crecientes que se recuerde, motivo por el cual los Yaccuzzi y las demás familias tampoco podían sacar la producción ni vender la madera que habían cortado para subsistir. Quedaron en total abandono y miseria. Algunos niños murieron por falta de alimentación adecuada y muchas madres también perdieron la vida al parir a sus hijos.
Ante esta situación y sabiendo que el general Obligado (comandante de la Frontera Norte) estaba asentado en la colonia Reconquista, algunos hombres decidieron pedirle auxilio. Le solicitaron ser incorporados a la naciente colonia Avellaneda, adonde habían llegado otros inmigrantes del Friuli italiano.
El general Obligado aceptó y envió varios carros tirados por bueyes para llevar a los inmigrantes abandonados a su suerte, que soportaron todo el sufrimiento ayudados por su arraigada fe católica.
Al llegar a Reconquista, fueron alojados en galpones de la Comandancia, donde recibieron víveres suficientes y leña para cocinar. Los hombres debían cruzar el arroyo El Rey para construir la colonia y sus propias viviendas. Se repartieron lotes de tierra de 100 hectáreas, que los colonos no aceptaron porque consideraban que era de una gran dimensión para trabajar y, además, porque se sentirían muy lejos unos de otros para protegerse entre ellos. Por eso, el agrimensor debió volver a dividir la colonia en lotes de 36 hectáreas cada una. Allí construyeron sus viviendas en las esquinas de las parcelas, de manera que cuatro quedaban próximas.
Pedro Yaccuzzi recibió los lotes 143 A y 144 A y B. Con la seguridad de tener tierras propias, le solicitó a Obligado que incorporase a su esposa e hijas en algún contingente de inmigrantes que viniera de Europa, ya que no contaba con dinero para cubrir los pasajes de quienes se habían quedado en Italia.
Su esposa, Santa Huston, pasó casi cuatro años esperando en Casarsa, Italia, para poder reencontrarse con su esposo e hijos. Tuvo que afrontar las mayores dificultades económicas y debía ser ayudada por sus parientes. Sin el trabajo de un hombre y con cuatro pequeñas mujeres, no podía hacer demasiado.
Durante el viaje a América, la niña más pequeña se enfermó y falleció. Después de tres días, debieron arrancársela de los brazos a su madre para ser tirada al mar, a pesar de que ella decía que quería llevarle el corazón al padre y que fuera sepultada.
Finalmente, Santa llegó con sus hijas Juana, María y Catalina y juntas se instalaron con el resto de la familia. Dios le deparaba todavía más sorpresas: cuando su marido tenía 64 años y ella 50, quedó embarazada. En 1885 nació su hijo Amadeo, el orgullo de Pedro, ya que "en esa época fue algo así como afianzar su virilidad", acotó Estela Yaccuzzi.
Posteriormente, los hijos comenzaron a contraer matrimonio: Luis se casó en 1886 con Eva Vicentín (tuvieron 9 hijos); Antonio, en 1890, con Luisa Paduan (16 hijos); Juana, en 1892 con Valentín Furlan (se instalaron en la zona de Nogoyá, Entre Ríos); Catalina, con Lorenzo Marchetti; y María con Pedro Vicentín, los que se quedaron a vivir en la zona de Avellaneda, Santa Fe.
La satisfacción del deber cumplido
Pedro Constantino Yaccuzzi falleció el 26 de octubre de 1899, a los 74 años, después de una breve enfermedad. Su nieta Estela asegura que "murió con el orgullo del deber cumplido: traer a su familia de Italia, instalarla en tierras propias y verla formar sus propias familias", además de haberle inculcado valores como el valor de la palabra empeñada.
"Antes de morir, les hizo prometer a sus hijos que ahorraran dinero y, cuando tuvieran oportunidad, pagaran una deuda que había dejado la nona en Casarsa -cuenta Estela-. Finalmente, fue saldada por su hijo Antonio en 1925, cuando asistió al Congreso Eucarístico Internacional y Año Santo en Roma. No había ninguna obligación legal ni papeles firmados, pero existía una promesa y éstas debían cumplirse".
En 1906 falleció la esposa de Luis y dejó 11 niños. En 1908, al dar a luz a su hijo número 16, murió la esposa de Antonio. Por este motivo, Santa debió hacerse cargo de los 27 nietos, ayudada por sus parientes.
Con tantos chicos que alimentar, las 36 hectáreas le resultaban insuficientes, motivo por el cual, en el año 1909, le alquiló a Llambí Campbell 12 lotes de la colonia Ocampo, y subalquiló otros.
Cuando los nietos fueron creciendo, empezaron a ayudar en las tareas junto a sus padres: acarrear paja, techar viviendas y galpones, puntear la huertas, ayudar a ordeñar las vacas o hacer queso. Posteriormente, Antonio y Luis compraron más lotes cercanos y todos los hijos se dedicaron a la agricultura y la ganadería.
"Hoy, sus descendientes han diversificado sus profesiones y actividades (son médicos, empresarios, docentes, transportistas) y se dispersaron por Argentina -dice Estela Yacuzzi-. Algunos hicieron el camino de regreso a Italia, pero añoran demasiado su lugar, su familia y sus afectos".