Para aquellos que no tienen auto de su propiedad y necesitan trasladarse dentro de la ciudad, las opciones no son muchas. Cuando es de noche, algunas personas optan por subirse a un remís o a un taxi porque dan un servicio puerta a puerta, es más seguro y posee un trato personalizado. Sin embargo, esta elección puede enfrentarlos a una gran aventura que sólo les permite saber cuándo se suben, pero, no tienen ni idea de cuándo se bajan y en qué condiciones.
Muchas veces, depende del humor y del apuro que tenga cada conductor. Hay viajes que se pueden hacer a la velocidad de la luz si el chofer coloca el pie en el acelerador hasta el fondo, no mira en las bocacalles y en cada semáforo pega un sacudón al intentar frenar. Mientras tanto, el pasajero sigue ahí, despeinado por el envión, contracturado como si estuviese en una montaña rusa y con el corazón en la boca porque no sabe cómo va a terminar este viaje relámpago que nunca contrató. Es que él sólo quería llegar sano y salvo a su domicilio y, "sin querer queriendo", terminó siendo parte de esta carrera de autitos chocadores.>
�Cómo puede ser que un servicio público de estas características sea un arma de doble filo? �Por qué el ciudadano tiene que debatirse entre la vida y la muerte si no cometió ninguna imprudencia? �Qué debe hacer el pasajero? �Qué seguridad tiene de que al contratar un viaje no termine estampado por negligencia humana? �Quién controla y autoriza a que cada chofer esté frente al volante? �Hay control? �Qué solución existe para aquellas personas que quieren trasladarse con total tranquilidad en este medio de transporte? �Hay forma de evitar este atropello sin razón? Quizás alguien pueda contestar estas preguntas, generar cambios y evitar accidentes, antes de que sea demasiado tarde.>