Gustavo Martínez Pandiani (*) (DyN)
¿Qué lleva a miles de argentinos a dedicar algunas horas de sus ocupadas vidas a seguir, en vivo y en directo los avatares televisivos de la "ex novia de Sergio Denis"? ¿Por qué la pequeña pantalla le dedica tantos minutos de aire a esta ignota señorita y sus irrelevantes relatos? ¿Qué patología colectiva explica el interés masivo por una serie de diálogos insignificantes que tiene lugar en un ámbito tan artificial como la casa de Gran Hermano? La respuesta a estos interrogantes es compleja y debe buscarse en las cercanías de una cuestión clave de la sociología moderna: el control social.
A mediados del siglo XX, el novelista británico George Orwell estableció con claridad que detrás del deseo maníaco de vigilar la vida de los otros se esconde una fuerte pulsión psicológica que busca controlar las relaciones cotidianas entre los individuos y, en particular, cada detalle de lo que éstos dicen y hacen. En su magnífica obra, "1984", Orwell plantea una versión primitiva y antiutópica del Gran Hermano, sin siquiera imaginar que su original guión de ficción daría lugar al insulso reality show que se proyecta hoy en la TV de varios países del mundo.>
Resulta evidente que la versión actual del gran controlador orwelliano no se caracteriza por la profundidad de sus indagaciones. En rigor, el enfoque del controvertido programa televisivo es particularmente superficial y frívolo. Los temas de conversación de los habitantes de "la casa" viajan entre la irrelevancia y la grosería, sin siquiera hacer una breve escala en preocupaciones reales de la población exterior. Al final del día, el registro de la cámara resume una forzada sucesión de intrigas de baja valía, confesiones banales, vagancia estructural, bajos instintos y juegos sexuales cuya espontaneidad pertenece más a los productores que a sus protagonistas. O a Jorge Rial. Pobre Orwell.>
Quien sí advirtió la potencial nocividad social que conlleva la versión mediática del Gran Hermano fue el investigador estadounidense Paul Lazarsfeld. Hace ya más de cinco décadas, este sociólogo empirista habló del "efecto narcotizante" que pueden producir los medios masivos cuando saturan a las audiencias con contenidos intrascendentes. Según su lúcida mirada, esta saturación informativa no hace otra cosa que adormecer a los ciudadanos, alejándolos de las problemáticas sociales de importancia y convirtiéndolos en meros espectadores de un mundo ocioso y trivial.>