Al margen de la crónica
El recambio turístico

Enero se fue, llegó febrero y para muchos el segundo mes del año es sinónimo de vacaciones. Sí, aunque parezca que todo el verano se consume y agota apenas superado el trance -gastronómico y etílico- del Año Nuevo, son muchos los que aguardaron hasta ahora, por razones de organización laboral o por propia voluntad, para disfrutar de un descanso que se fue imaginando, organizando, amasando y macerando durante once meses.

Y ahí se los ve, con cara de último día, en un estado de ensoñación propio del enamorado más acérrimo, con una sonrisa de oreja a oreja, con los pies despegados del suelo y puestos -para más datos- sobre el auto, el colectivo, el avión o la fiel bicicleta. Con la misma sonrisa que vieron en otros rostros y que con el transcurso del año se va desdibujando, angostando, borrando, convirtiendo en una mueca hasta desaparecer.>

Incorporado a las premisas del derecho laboral, más allá de las posibilidades de cada uno, por encima de las variables económicas, evaluadas las infinitas ofertas turísticas, las vacaciones relajan, descansan y abren un paréntesis entre lo que pasó y lo que vendrá. Permiten renovar promesas y trazar nuevos objetivos, hacer balances, imaginar proyectos, descartar -en perspectiva- aquéllo que durante todo un año pesó como un lastre y aliviar por anticipado el peso de otro año por transcurrir. Predisponen al ocio, ese tiempo de "no hacer nada" al que se teme y se espera por partes iguales.>

Y quienes se toman las vacaciones en febrero y hasta en marzo, tienen el "handicap" de arrancar el año laboral con unas cuantas semanas ya embolsadas. Pero, además, la temporada baja trae ventajas económicas y, sobre todo, el secreto alivio de no formar parte de las febriles estadísticas de movimiento turístico que, a falta de mejores temas, castigan en enero la radio y la televisión.>