La crisis política italiana, cuya manifestación inmediata fue la caída del gobierno de centro izquierda liderado por Romano Prodi, pone en evidencia los beneficios de las democracias parlamentarias y la cultura política de una sociedad que contempla con sana indiferencia los pormenores de una crisis cuyos probables desenlaces no pondrán en discusión su calidad de vida.
Es verdad que en Italia existe una larga experiencia política en sortear crisis parlamentarias, pero es precisamente esa tradición la que da cuenta de la fortaleza de sus instituciones y la sabiduría de su clase dirigente. Desde 1947, es decir, desde que se constituyó la república parlamentaria con el liderazgo democristiano de Alcides de Gasperi y la oposición inteligente del comunista Palmiro Togliatti, en Italia la historia política es la historia de sus crisis recurrentes a las que siempre su dirigencia le supo encontrar una salida viable, incluso en ocasión del tristemente célebre mani pulite , el escándalo que puso en tela de juicio la honorabilidad de los principales dirigentes y desmanteló a los partidos tradicionales.>
A nadie escapa que la base económica de una sociedad desarrollada es el sustento de esa fortaleza política, pero sería un error conceptual reducir la complejidad del hecho institucional a una variable economicista. No en vano Italia fue la fundadora de la teoría política. Nicolás Maquiavelo, Benedetto Croce, Carlo Roselli, Aldo Moro, Norberto Bobbio, son algunos de los grandes referentes intelectuales que hicieron posible la construcción de un importante andamiaje institucional y de su respectivo relato ideológico.>
En el tema que nos ocupa, la república parlamentaria ha permitido que las crisis más duras puedan ser asimiladas por el sistema. Hoy, a Prodi se le presentan alternativas más o menos complejas pero ninguna de ellas pone en tela de juicio la salud de las instituciones o la paz social. El fracaso del gobierno en Italia no es una tragedia o la antesala del caos o de la revolución social. Sin duda, que los cimbronazos pueden ser fuertes, pero las instituciones son mucho más fuertes.>
Las diferencias de Italia con la Argentina son más que evidentes. En nuestro caso, como se probó en 1989 o en el 2001, el fracaso del gobierno estuvo precedido de estallidos sociales, vacíos institucionales y una creciente incertidumbre política. La vigencia de una república parlamentaria probablemente habría atemperado los rigores de la crisis, y permitido soluciones políticas más civilizadas.>
En la constituyente de 1994 se abrió la posibilidad efectiva de diseñar un modelo de república parlamentaria moderna, pero ello no fue posible porque la clase dirigente hegemónica estaba más interesada en perpetuarse en el poder o especular con repartos de prebendas que en dar una salida a largo plazo a nuestros dilemas institucionales. En ese sentido, lo que la experiencia italiana enseña es que las repúblicas tienen las instituciones que se merecen, o las que sus clases dirigentes permiten.>