ANOTACIONES AL MARGEN
Tren nocturno
Por Estanislao Giménez Corte

Unos hierros curvos conforman un interminable circuito fantasmal, que penetra en las urbes y sale, hacia ninguna parte. Nada llevan, nada pasa por ellos, para nada están allí, impertérritos, como no sea para señalar, gravemente, el absurdo, su inutilidad, su destino de mole prescindible. Oscilaciones, parábolas, yuxtaposiciones, demarcan el esqueleto de un trayecto del que ha quedado, como testimonio, el viento. Pesados metales, roídos por la humedad, oxidados algunos, hunden los maderos que los sostienen en yuyales atravesados por la podredumbre. Se concentran, en cordones paralelos a las vías, amuchadas, gentes que reptan sobre las ciudades, como un animal de mil cabezas que pesadamente gana espacio sobre el dibujo en damero; y cubre con tierra el asfalto; y reemplaza con chapa el adobe y el ladrillo, lo mismo que una conquista de la decadencia o una paradoja del progreso. A los lados de la extensión de acero erran vagos y perros; en terrenos que lindan con las villas, con movimientos casi inanimados, parecen no poder o no querer desprenderse de esa ruta inservible. Siguen allí, a su vera: la atraviesan, la caminan, descansan sobre ella. Ausentes los vagones, sólo pasan figuras espectrales, un olor nauseabundo a humedad, un viento como de suspiro. Atosiga la zona de rieles un espeso calor que se dispersa por el suelo, el aire y sube por las extremidades de los caminantes, entremezclado con barro e insectos, como preanunciando un diluvio que inundará la tierra, infestada de sequedad ahora. Los hierros soportan, apenas, leves pasos de los que van al norte.

Antes, allí, todas las noches, hombres y mujeres yacían, maltrechos. Se recostaban en la curva norte, en la concatenación de dos vías muertas provenientes de la pampa, y esperaban. Un mito urbano los alentaba: el del tren de los suicidas, que provee, dicen que dicen, una muerte rápida e indolora a los tristes y heridos. Pero algo más: los muertos se adjudican un destino etéreo en perpetuo viaje. Allí fue, a sus 35 años, el poeta Fideles, en procura de darse fin, no sin antes garantizarse un viaje extraterreno. Agotado de juerguear en los límites de la urbe e involucrarse en sórdidas historias de amantes y despechadas, conoció la historia del tren y fue tras ella. La buena poesía se hace en la juventud, decía, después todo es repetición. La inspiración, sentenciaba, no se halla en Baudelarie o en Verlaine, sino en las vívidas sensaciones que nos autoinfligimos. Todo había comenzado, casi casualmente, cuando un operario de los desvencijados Ferrocarriles Argentinos, mientras bebían copiosamente, al sol, en la vereda de un bodegón apestoso, le dio la estadística increíble: más de 200 personas mueren por año en la ciudad arrolladas por los trenes, en la mayoría de los casos, voluntariamente; en la mayoría de los casos, dijo, en la zona norte. Fideles quedó atónito: la cifra era altísima, considerando que casi no pasaban formaciones por aquella zona. Entonces conoció el mito. Allí fue, una madrugada. Allí acomodó su nuca contra el húmedo y frío metal, encima de los durmientes, a dos metros de un vago que parecía haber partido ya, y esperó. Ningún tren pasó esa noche, ni la otra, ni la otra. Fideles se adormecía, la noche entera y, de cara al cielo renegrido, pensaba y bebía. Así, tramó nuevas formas para su arte: una poesía de la espera, la llamó, de la espera a la intemperie. Ningún tren pasó. Nunca más. Fideles escribió como nunca; como nadie, describió el terror y la perplejidad que genera la idea de esperar, desde una nocturnidad ciega, un tren que viene a matarte. La cifra de suicidas no se modificó: los espectros marchan, hoy mismo, hacia una estación del sur, donde, se garantiza, no hay que esperar tanto.>