Un padre que da consejos a otros padres es un iluso o un irresponsable. La materia con la cual se ejerce esa condición es tan inestable e impredecible, que cualquier intento por sistematizar una normativa al respecto está destinada al más ignominioso fracaso. Sin embargo, vale al menos como advertencia, para derribar algunos mitos y despojarnos de certezas a priori que no harían más que complicar el asunto. Y lo primero que hay que tomar en cuenta es que lo que podríamos llamar paternidad experimentada transcurre en el breve lapso que media entre la ineptitud y la obsolescencia.
A propósito de ésto, hay que recordar que el manual básico tradicional de crianza de hijos estipula una serie de frases "llave" -o "candado", según se lo quiera ver- a las que se atribuye entidad suficiente para regir el proceso y garantizar resultados hasta cierto punto satisfactorios.
Esas frases son, por ejemplo, las clásicas y serratescas "eso no se hace, eso no se dice, eso no se toca", a lo que podríamos agregar "eso no se mezcla", "eso no se come" y "eso no se enchufa". Y también otros clásicos como "eso es cosa de grandes", "ahora no puedo" o los remanidos y siempre provisorios "preguntále a tu padre (o a tu madre, según el caso)".>
Bueno, la noticia es que esas frases ya no sirven, dado que su relativa funcionalidad quedó desactivada por otra, única e infinitamente menos elaborada, pero capaz de oponerse de manera infranqueable: "�Y por qué?". Cualquier padre con alguna trayectoria -o cualquier persona mínimamente avispada- estará al tanto de que este contraataque ya no puede ser rechazado con algo del tipo "porque yo te lo digo" o "porque soy tu madre (o tu padre, según el caso)"; argumentos que se basaban en el más sano autoritarismo y que hoy padecen la misma desconfianza que, en general, jaquea a todas las instituciones.>
Lo más probable es que en tal caso el pibe en cuestión pele un ejemplar de la Declaración de los Derechos del Niño -con la denuncia ante el organismo de aplicación correspondiente abrochada- o nos monte un escándalo con suficientes grados en la escala Ritchter como para alarmar a todo el vecindario, que nos acribillará con miradas inapelablemente condenatorias.>
En algún momento, y a caballo del estallido de señales infantiles en el sistema de televisión por cable, alguien decidió que los chicos constituían un mercado apetecible e inexplorado. Y subsanaron el error con la misma sutileza de un camión volcador.
Al respecto, es bueno saber que no hay nada en el mundo que interese más a un niño que ese producto de nombre estrafalario, utilidad dudosa y tamaño engañoso que le muestran en la televisión, apropiadamente inserto en un contexto de bullicio y colores chillones. Nada en el mundo, excepto el producto que le ofrecen en el siguiente spot.>
Por el bien del propio chico -y de nuestros bolsillos- hay que impedir de cualquier manera que lo conviertan en un energúmeno vociferante, víctima de pretensiones tan obsesivas como efímeras y babeando ante una pantalla a la que no le cuesta nada convencerlo de que su felicidad depende del lanza discos de los Power Rangers o el vestidor musicalizado de las Princesas Disney. Ya tendrá tiempo de serlo a medida que crezca y se convierta en un verdadero consumidor.>
Y no hay que perder de vista que por sofisticado y caro que sea el juguete en cuestión, probablemente no sobreviva al interés del sujeto -lo que no es poco decir- y que, inopinadamente, éste (el interés o el sujeto) se desplace hacia, por ejemplo, la caja, la bolsita -sobre todo si es de esas que vienen con cápsulas de aire- o el telgopor del embalaje, cuyo potencial expansivo sería merecedor de todo un artículo.>
�Hay que evitar que los chicos digan malas palabras? Bueno, naturalmente que existen niveles de decoro aplicables según las circunstancias. Pero, en general, resulta difícil reprimir en los chicos algo que, ya despojado de prolongadas restricciones, tiende a fluir libremente cuando uno tiene alguna contrariedad difícil de asimilar, y se desgrana como un rosario que el Vaticano no avalaría ni siquiera en latín.
De hecho, las malas palabras existen y fueron creadas para liberar tensión y obtener golpes de efecto humorístico o melodramático en un discurso. Pero para que cumplan su función, tiene que haber un nivel inducido de autorrepresión previo. Cuando son incorporadas displicente y sistemáticamente -y a falta de mayor riqueza de vocabulario- a cada frase que se pronuncie, pierden toda razón de ser.>
La otra cuestión es a cuáles debemos considerar malas palabras. Por ejemplo, "caca", "pis" o "teta" quizá necesiten el ámbito de la intimidad familiar para no incordiar a nadie, pero son simpáticas e inofensivas. De ahí para arriba, cada familia establecerá sus propios códigos en cuanto a los niveles de aceptación, oportunidad y ámbito correspondiente a los términos que se utilicen. Por cierto, la paternidad tiende a hacernos incorporar muchas palabras bastante feas, como por ejemplo "inculcar".>
Naturalmente, el tema es inagotable -aunque uno mismo no lo sea-, por lo cual bien podemos, con estos apuntes al paso, dar por cumplida la función de establecer un pequeño paréntesis reflexivo (aunque, ahora que reviso el texto, hay demasiados paréntesis) sobre una experiencia tan vasta y compleja. Tanto que, necesariamente, les otorga un valor relativo y poco más que anecdótico. Pero que rescata para sí la condición de intransferible y se reserva, invicta, sólo para quienes la puedan vivir por sí mismos.