La sexualidad: ¿un parque de diversiones?
Por José Eduardo Hadad (*)

En un artículo anterior "Reflexiones sobre el tema del aborto", publicado en este diario el 7/10/06, decíamos que una de sus soluciones, antes de la concepción, "está en la prevención, una fuerte apuesta a la educación integral, y no sólo sexual, centrada en el amor...". En este artículo vamos a fundamentar este concepto porque si no se lo respeta, la "educación sexual" se transforma en mera información y/o distribución de anticonceptivos.

Vamos a enfocar este tema desde una perspectiva exclusivamente humana, despojándolo de preconceptos e ideologías de todo tipo.

Comenzamos haciendo una diferenciación elemental pero lamentablemente necesaria entre lo que es la sexualidad animal y la sexualidad verdaderamente humana. Como ya sabemos, la sexualidad animal se rige sólo por instintos; en cambio, la sexualidad humana se rige no sólo por las pulsiones, sino que tiene que ser dirigida, obviamente, por las potencias espirituales -inteligencia, libertad, responsabilidad, etc.- y fundamentarse en el amor, como todos los actos humanos, que es lo que le da la impronta de humanidad. El ser humano no puede "decapitar" su sexualidad, rigiéndose sólo por sus pulsiones, transformándola en mera genitalidad. José Ortega y Gasset impactaba cuando hablaba de "hemiplejia moral".

Esta diferenciación es necesaria por la profusa difusión que tiene el tema en los medios de comunicación social, donde todos los intervinientes dejan de lado lo fundamental y distintivo de la sexualidad humana, que es el amor, lamentablemente, ni se lo nombra. Pretenden escindir la sexualidad del amor y asemejarnos al reino animal.

La praxis es demoledoramente contundente. Lo vemos a diario, especialmente en los jóvenes y también en los no tan jóvenes. Comienzan rápidamente las relaciones, casi sin conocerse, y luego de un tiempo, cuando pasa la "calentura", como no hay amor, no queda nada, y entonces... se cambia de pareja periódicamente. Esto es pura genitalidad, impropio de un ser humano que se precie de tal.

Es evidente que la sexualidad ha sido despersonalizada y banalizada; prácticamente se ha transformado en un "parque de diversiones": pasatiempo, diversión, gratificación de las pulsiones...

Esta "banalización de la sexualidad", al decir de Juan Pablo II, no es ingenua; produce consecuencias importantes con el correr del tiempo y no sólo sexuales, como lo vemos en las "consultas por TV" en la práctica diaria, sino que también lleva a un mar de mediocridad y a un vacío existencial que provoca un sinsentido de la vida, que ocasiona alteraciones psicológicas, además de las sexuales.

¿Cuál es la explicación? ¿Por qué ocurre esto? La persona es una unidad de cuerpo y espíritu, y la sexualidad, que es un componente estructural esencial, se exterioriza como una energía integradora de toda la actividad humana, no sólo sexual, imprimiéndole un claro comportamiento en su manera de ser, cumpliendo, además, una importante función personalizante y socializante. Por esta unidad estructural, su escisión produce un reduccionismo, inaceptable para la condición humana.

Este reduccionismo lleva a que muchas personas piensen que son "libres" sexualmente, porque "hacen lo que quieren, cuando quieren y como quieren", no dándose cuenta de que son esclavos de su instinto sexual, porque la persona que es verdaderamente libre, elige, y el que elige, elige lo mejor. Y lo mejor no puede ser nunca decapitar su sexualidad, comportándose en forma exclusivamente genital. "La libertad supone en el hombre el ejercicio de la racionalidad, pues, en cuanto racional, es dueño de sus acciones" (Dr. J.C. Alby). Lo que existe actualmente es un libertinaje sexual, una "libertad" sin valores, límites o reglas.

Terminamos con algunos conceptos de educación sexual que consideramos centrales, dejando la desagregación de los mismos a los expertos en el tema.

En primer lugar, ¿qué es educar? Según el diccionario de la Real Academia Española es: "Dirigir, encaminar, doctrinar. Desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios, ejemplos, etc.".

O sea, educar es encaminar amorosa y respetuosamente en los valores morales del niño o adolescente, con el fin de que pueda gestionar responsablemente su libertad y encontrar el sentido de su vida o el proyecto para toda su vida. Este contenido es el que va a enmarcar su libertad responsable.

Todo esto desde una perspectiva realmente holística, o sea, que tenga en cuenta los aspectos biológicos, psicológicos, sociales y espirituales de la persona para no caer en reduccionismos estériles.

Finalmente se insiste, con razón, en que para solucionar los graves problemas actuales -violencia, drogas, pornografía, etc.- es fundamental fortalecer la educación, tanto en la escuela primaria como en la secundaria. Pero nos olvidamos de lo más importante que es la familia, la "célula original de la vida social". Los padres son, naturalmente, los primeros responsables de la educación de sus hijos. En los primeros años de la vida es donde se forja el espíritu de justicia, solidaridad, libertad, responsabilidad, el respeto por los demás, el sentido del bien y el mal, y esa disposición habitual y firme a hacer el bien, que es la virtud, otra palabra lamentablemente ausente.

Los padres hemos "bajado la guardia" en estas últimas décadas y los resultados están a la vista. Los niños aprenden más por lo que ven que por lo que escuchan...

(*) Médico.