Señores directores: Encontrar el espíritu o el alma nacional de un país no es tarea de pocos años. Es más, muchas veces ese espíritu no se logra jamás y permanece impregnado de influencias extrañas, o se divaga en heterogéneos caos. Algo de eso le ocurre a nuestro país, e intentando encontrar "qué" desearía nos identifique, me quedé pensando ¿dónde podría encontrarlo?
Esa alma nacional no puede estar en nuestra hermosa capital, Buenos Aires, que está formada por un retazo de las banderas de todos los países del mundo. Viajaría en su búsqueda hacia el interior de nuestro dilatado territorio, y creo haber encontrado el sitio donde sus habitantes son ejemplo para imitar por todos, para obtener la semilla del verdadero tronco argentino. Esa ciudad, por rara coincidencia, es la que eligió San Martín para su magistral campaña libertadora: Mendoza, pero ésta no es sólo una ciudad, ni una provincia, sino una "comarca" que tiene por límite la piedra. íSí, la piedra! Un mar de piedras, riscos, pedruscos, cantos rodados, esquistos, sálices, basaltos y granitos.
En medio de ese desolado vecindario, el hombre argentino con vitalidad ha sacado un vergel de esa "comarca" mendocina, haciéndola brotar, debajo de la piedra con la sola ayuda del agua. En esa tierra no es como en nuestra pampa cerealera y sojera, donde se siembra una semilla y brotan diez plantas; en esa áspera zona mendocina se siembran diez semillas y sólo brota una planta, porque allí nada prospera sin esfuerzo previo. Mendoza es una escuela de energía.
El viñedo o el olivar son más que vegetales aislados: son empresas de arquitectos, es el hombre quien construye los sembradíos. No los siembra al azar o al voleo, sino que desde su nacimiento los dirige, los apuntala, los mima como a un hijo. Para darle de beber, el agua no llega sola.
Allí, repito, no está la sorpresa de nuestra llanura humosa, donde se fían de la lluvia o de la seca, del viento, del granizo y del sol, porque la viña, esa enana generosa, y la parra, esa gigante pródiga, necesitan apoyarse en un bastón o en un alambre que el hombre les ofrece y ellas a su vez cuelgan sus racimos llenos como ubres.
Fuera de ese territorio, otros pueblos viven dormitando, miserables y lejanos de la civilización, sobre el mismo lecho cruel de piedras junto al cactus, el chivo y el asno como únicos amigos. En Mendoza en cambio, no hallando el suelo hecho a su propósito, lo hicieron a fuerza de puño.
En esa comarca no se busca la comodidad burocrática del empleo público, ni la espera de que el clima favorezca; allí hicieron geografía a fuerza de inteligencia, trabajo y músculo. Cambiaron la uva en vino, la aceituna en aceite. Acequias, canales, sembradíos y fábricas dan un ejemplo de lo que debe hacer el hombre argentino, el verdadero hombre argentino y allí, en ese recorrer mi país en su búsqueda, encontré realmente el alma nacional argentina: íen el trabajo!
Prof. M.Carlos Visentín DNI. 2.389.173. Ciudad.