Ana María Zancada
Hace 110 años moría Mary Wollstonecraft, una extraordinaria mujer que osó levantar su voz a fines del s. XVIII, demandando a los hombres un sitio digno dentro del concepto filosófico, ético y social, aplicado a una sociedad que en ese momento comenzaba a conmoverse desde sus cimientos.
Mary Wollstonecraf nació el 27 de abril de 1759 en Londres y su infancia estuvo marcada por un padre violento, alcohólico y despilfarrador. Ella y su madre fueron la imagen que tuvo toda su vida para luchar por la digna posición de la mujer dentro de la sociedad.
Muy joven partió de su casa para intentar ganarse la vida. A los 17 años, se empleó como institutriz, fue también modista y maestra y comenzó a escribir. De clara y aguda inteligencia, frecuentó círculos de pintores, filósofos y editores. Viajó por Irlanda, Francia y su propio país. Tuvo una hija, Fanny, con un escritor revolucionario que luego la abandonó, hecho que la sumió en una profunda depresión a tal punto que intentó suicidarse, para finalmente volver a Londres, donde contrajo matrimonio con el escritor William Godwin con quien tuvo su segunda hija, Mary. Pero a raíz de una infección provocada por la placenta que no había sido totalmente expulsada murió a los pocos días del parto, el 10 de setiembre de 1797.
Godwin publicó sus "Memorias" donde manifestó su admiración y respeto por el talento y la lucha de su esposa, pero sin duda es su hija, la luego famosa Mary Shelley, autora de la inmortal historia de Frankestein, la que describe con ternura la figura de su madre: "Mary Wollstonecraft era uno de esos seres que aparecen quizá sólo una vez en cada generación y que ofrecen a la humanidad un resplandor al que no puede sustraerse ninguna divergencia de opinión. Su genio era innegable. Había sido educada en la escuela de la adversidad y conociendo los sufrimientos de los pobres y los oprimidos alimentó en su alma el ardiente deseo de disminuir tales sentimientos".
Con los años, tal vez su nombre y sus escritos se fueron olvidando, pero su magnífica obra "Vindicación de los derechos de la mujer", es admirable en sus conceptos, dado el momento en que fue concebida, 1792. Tiene además el privilegio de ser el primer libro feminista inglés, escrito por una mujer. Fue la primera que consideró y se atrevió a publicar la situación de la mujer como una verdadera esclavitud. Su estadía en Francia le sirvió para darse cuenta de que el movimiento revolucionario tenía un solo sentido, el del hombre, a pesar del protagonismo que insistían en adoptar las mujeres. Y precisamente el prólogo de su "Vindicación..." está dedicado al Sr. Talleyrand-Perigord y es muy clara al refutar expresiones del mismo pues: "si la mitad de la raza humana excluida por la otra mitad de toda participación en el gobierno es un fenómeno político que no puede verse justificado en nombre de principios abstractos, �quién ha decretado que el hombre es el único juez cuando la mujer comparte con él el don de la razón?"(1).
Luego afirma: "La esclavitud tiene un efecto infalible: denigra tanto al amo como a su abyecto dependiente... Las mujeres no pueden verse confinadas por la fuerza a las tareas domésticas" (2).
En realidad la lucha de M.W. no es solamente el reclamo de su participación política, que tanto asusta a los protagonistas de la Revolución Francesa, sino marcar la dimensión cultural de su opresión y la reivindicación de sus derechos a considerable distancia de las disputas políticas (3).
"Se trata a las mujeres como una raza de seres subordinados que no forman parte de la especie humana... tanto amada como rechazada, una mujer deberá ante todo desear ser respetada y no hacer que su felicidad dependa de un ser que está sujeto a las mismas debilidades que ella" (4).
Mucho quedaba por andar cuando expresa: "Ya es hora de que se haga una revolución en las costumbres femeninas. Ya es hora de devolver a las mujeres su dignidad perdida y que contribuyan en tanto que miembros de la especie humana a la reforma del mundo, cambiando ellas mismas... El matrimonio no se considerará nunca sagrado hasta que las mujeres, educándose junto con los hombres, no estén preparadas para ser sus compañeras en lugar de ser únicamente sus amantes" (5).
Cuesta imaginar la valentía de una mujer expresando tales sentimientos en una Europa, si bien conmocionada por los nuevos aires de la Revolución Francesa, pero no tan dispuesta a un cambio radical de roles.
Muchas fueron las que tomando esa bandera prosiguieron la lucha que no fue fácil pero tampoco estéril. El poder de decisión y el protagonismo que manejó a fuerza de leyes injustas y prepotencias el hombre fue cambiando paulatinamente.
M.W. no fue tal vez una revolucionaria como Olympe de Gouges que en la misma época afirmaba: "La mujer tiene el derecho de subir al cadalso; también debe tener el derecho a subir a la tribuna", sin pensar que sus palabras serían proféticas.
M.W. no negó nunca su condición de mujer, su identidad, sólo reclamó el derecho a ser considerada en un mismo nivel de igualdad a través del derecho a la educación y el poder acceder a los lugares de decisión.
En el s. XVIII eso era casi un insulto, que a pesar de la resistencia opuesta iluminó el camino de las miles que vendrían después.