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Edición del Sábado 24 de noviembre de 2007
Opinión: OPIN-01 Elogio de los hombres justos

Las ciudades tienen su propia memoria. Gracias a ella, las generaciones se reconocen en un pasado común, en una identidad que se renueva. El escritor Carlos Mastronardi decía que para él la patria, su patria, era la patria chica, el pago, la región, su ciudad. Los paisanos -decía- son aquellos que comparten, se reconocen en un mismo paisaje.

Algo parecido pensaba Jorge Luis Borges, para quien -por ejemplo- identificar la patria con una extensión territorial como la Argentina era una desmesura, una verdadera exageración. Para el autor de "El Aleph", la patria es la ciudad, algo íntimo en donde una persona se identifica en un paisaje preciso y en la memoria de sus mayores.

Una ciudad puede tener determinadas riquezas naturales, pero su verdadera riqueza es su gente y la historia que esa gente fue tejiendo en el devenir de los años. La tradición judía habla de los hombres justos, hombres que a veces sin conocerse entre ellos trajinan por un mismo espacio y con su actos lúcidos o generosos contribuyen a hacer de ese lugar un espacio más digno, más bello o más solidario.

Una ciudad que no cuenta con esos protagonistas se empobrece sin saberlo. Lo mismo le ocurre a una ciudad que no es capaz de reconocer a sus grandes hombres, a aquellos que sin ostentaciones ni cálculos subalternos dieron lo mejor de sí por sus semejantes. Son sus próceres, pero como la palabra se ha recargado de rigidez y de excesiva ostentación pública es preferible designarlos como nuestros mayores, como aquéllos a los que les debemos reconocimiento y respeto y en quienes una sociedad debe inspirarse para seguir adelante.

No son héroes en el sentido trágico o banal de la palabra. En muchos casos, se han mantenido alejados de los boatos del poder, de las tentaciones del éxito en sociedades donde parecería que ésa fuera la virtud a premiar. Por el contrario, se trata de personas modestas en el sentido más noble de la palabra, que se han esforzado por hacer bien lo que se propusieron y hacerlo en un sentido virtuoso, es decir, no para su propia gloria sino para la gloria de la sociedad en la que vivían.

En estos días -por ejemplo-, murió en Santa Fe el pianista y director de orquesta Alcides Sacchi. Fue un hombre austero, decente y talentoso cuya pasión fue la música y cuya virtud fue la de ser un hombre generoso, de una exquisita cortesía. La orquesta de Sacchi honró a Santa Fe durante muchos años. Generaciones disfrutaron de su inspiración musical. No buscó la fama ni el éxito, sino el reconocimiento cotidiano y cálido de su gente.

También en estos días se cumple un aniversario de la muerte de Gastón Gori, poeta, novelista, ensayista, hombre de ideas progresistas y solidarias. Gori fue un hombre de bien, que hizo de la inteligencia y de la ética una pasión dominada por la sensibilidad.

Es habitual que en una ciudad, sus hombres grandes no integren los circuitos oficiales. Sus recorridos suelen ser más modestos, pero no por ello menos trascendentes. En su poema "Los justos", Borges los describe con palabras precisas. Y luego concluye con una de sus expresiones literarias más logradas: "Estos hombres, que no se conocen, sin saberlo, están salvando al mundo".



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