Panorama nacional
El comienzo del mandato de Cristina
Una sombra de inquietud atravesó al oficialismo en el epílogo del primer mes de gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y se reflejó en las conversaciones estivales, algunas a metros del mar, compartidas por miembros del gobierno y representantes del Frente para la Victoria.
La resbaladiza dinámica de la agenda pública desconcertó a sus principales protagonistas e, incluso, desde el interior de la administración nacional, generó silenciosas voces a favor de ordenar y unificar el discurso de quienes responden públicamente en representación del gobierno. La realidad entregó presiones tangibles, como los cortes de luz y agua, que resultan imposibles de atribuir a caprichos de la comunicación. Sin embargo, otros fenómenos que contribuyeron con la sensación de desconcierto encuentran raíces menos notorias. Los analistas que subrayaron las evidentes líneas de continuidad entre el gobierno de Néstor Kirchner y la gestión de Cristina Fernández pasaron por alto dos diferencias que terminaron por moldear, en parte, la impronta del primer mes. Para empezar, como consecuencia de las particularidades de su transición, Fernández de Kirchner carece del recurso tradicional de repartir culpas hacia los antecesores porque las piedras caerían sobre su marido. Por lo tanto, se escapa de sus manos la posibilidad de apoyarse en la dicotomía entre pasado y presente que utilizó Néstor Kirchner para construir una identidad propia en contraposición con la política implementada en las gestiones anteriores, sobre todo como opuesta a los dos mandatos de Carlos Menem. Las apelaciones a las consecuencias de la década del noventa suenan ya avejentadas y exigen ser renovadas por otros argumentos afines a los problemas presentes y los desafíos futuros. Fernández de Kirchner, como lo demuestran sus últimos discursos, sabe que los nuevos tiempos exigen sustituir las viejas explicaciones. Pero descubrirse en un laberinto no garantiza encontrar la salida.
Giro sutil
El miércoles pasado, cuando afuera se extendía por los barrios metropolitanos el malestar por los cortes, la presidenta reconoció el problema durante un discurso en la Casa Rosada. Y afirmó que "el usuario que se queda sin luz o sin agua" enfrenta un problema desde su "dimensión humana" que no se soluciona "diciendo que hubo un pico de demanda energética". Un giro sutil atravesó las palabras, era el reconocimiento de la agonía de las aclaraciones remanidas y la urgencia de soluciones verificables para la dimensión humana. La retórica, es inevitable, encuentra su límite en las necesidades. Una segunda diferencia que separa a la presidenta de su antecesor también contribuye a describir los pormenores del primer mes de gobierno. Una de las estrategias del discurso político de Néstor Kirchner fue la delimitación beligerante de antagonistas: el FMI, el menemismo, las empresas privatizadas, y justo es decir que encontró razones para atribuir a ciertos actores algunos males.
Un escenario de menos confrontación
Sin embargo, a tono con los nuevos tiempos, la presidenta había ensayado desplegar una argumentación de menor confrontación. Pero en sus embestidas, Kirchner imponía ejes rápidamente entre las noticias. En los últimos días, en cambio, el discurso oficial quedó a la defensiva y los voceros tradicionales se convirtieron esencialmente en las paredes del frontón: debieron contestar las novedades llegadas desde Miami por el escándalo de la valija, los renovados ataques de Elisa Carrió, y dar explicaciones por los cortes de agua y energía. Hasta un centenar de trabajadores despedidos del casino flotante deambulando por la ciudad generó titulares que carecieron de una respuesta contundente desde el gobierno. La postal porteña era la razón, en gran medida, de la comezón del primer mes que atravesó al oficialismo.
Damián Nabot (DyN)
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