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De entrada nomás, Eduardo Andrés Malachevsky admite que su historia es bastante particular, muy particular. Dice que podría escribir un libro, pero eso prefiere dejarlo para más adelante. En resumen, hizo todos sus estudios -Composición, Dirección Coral y Flauta Traversa- en el Instituto Superior de Música de la Universidad Nacional del Litoral. Pero en el momento de poder iniciar por entonces los estudios de dirección orquestal, dejó la música y entró a un monasterio.
Tenía 23 años cuando ingresa al monasterio trapense Nuestra Señora de los Angeles, en Azul, provincia de Buenos Aires. Su vida como monje se extendió durante 14 años, durante los cuales se desempeñó como director de Coro, chantre y organista de esa comunidad, para la que ha compuesto numerosa cantidad de música litúrgica, que es cantada diariamente.
En su proceso de salida de la orden monástica vivió 3 años en Estados Unidos, donde continuó su labor como compositor de música sacra y litúrgica, realizó estudios de órgano y se desempeñó como "chapel-master" de una populosa iglesia neoyorquina. A fines de 1998 regresó al país para hacerse cargo de lo concerniente a la música en la Catedral de San Carlos de Bariloche y desde marzo del 2002 residió en París, aunque ahora pega la vuelta.
"Siempre estoy en búsqueda -sostiene con rigurosidad-. Los integrantes de mi familia no eran creyentes y yo no escapaba a esa decisión. Siempre preguntándome cosas existenciales me convertí al cristianismo. Soy también muy pasional y cuando me planteo algo perforo la pared hasta obtenerlo. En aquel entonces vi una posibilidad fuerte e ingresé al monasterio. Los valores cambiaron su orden y la música, que era mi Dios en ese momento, pasó a un plano inferior e hice todo lo posible por desarrollar otro camino".
Los trapenses o cistercienses son una orden religiosa contemplativa, monástica, una de las más austeras. "Si bien se vive en comunidad, la soledad es la nota distintiva. Sus inicios se dan en el siglo XI y hasta nuestros días permanece bien consolidada. Aunque la vida en el monasterio es realmente dura, el resultado es siempre el equilibrio... El silencio, la soledad, el retiro del mundo. No es sencillo de soportar. Se origina el descubrimiento de uno mismo para poder acceder al otro de una manera más profunda".
A pesar de que por entonces todo era nuevo para Eduardo, sobrevino la crisis. "Cuando comencé la vida religiosa, estaba muy concentrado en descubrir cosas nuevas. Toda mi personalidad artística quedó en segundo grado, hasta que retornó con fuerza y comenzó a reclamar su lugar. En la vida no hay un camino derecho, y las bifurcaciones permiten el enriquecimiento si uno aprende a absorber las experiencias de la vida. En el monasterio fueron excelentes, porque me dieron todo. Y estoy profundamente agradecido por todo lo que me dieron. En lo esencial, la riqueza espiritual".
Cuando su temperamento creativo comenzó a movilizarlo nuevamente, y tras componer mucha música litúrgica para el monasterio, "siempre, a nivel artístico, yo quería volar. Las alas se levantaban, pero tocaban los costados. Pasaron los años y tras un lento proceso, planteé a mis superiores -era profeso solemne, había hecho el compromiso definitivo con la vida monástica- tratar de encauzar mi necesidad de otra manera. Me ofrecieron la posibilidad de ir a estudiar órgano a Carolina del Sur, en Estados Unidos, con el abad Francis Kline. Ahí estuve un año".
Esa partida a los Estados Unidos era también la posibilidad de ver si las musas de Malachevsky, que estaban inquietas, se calmaban o no. La experiencia lo llevó a tomar la decisión de dejar el monasterio. No fue sencillo, porque ya tenía los votos solemnes. Hizo el correspondiente pedido para vivir una vida laical. "Mi idea era volver a la Argentina e insertarme nuevamente en el mundo de la música. Todos mis amigos ya habían hecho carrera, de tal modo que un gran signo de pregunta debía ser contestado. Tras tomar la decisión, las puertas se abrieron. Fue entonces cuando un monseñor de Nueva York fue al monasterio donde yo estaba, escuchó mi música -componía muchísimo por entonces- y me ofreció ser el organista y el director de su parroquia. A las dos semanas me encontré en una iglesia neoyorquina donde asistía mucha gente. Del mayor silencio a dirigir dos coros, uno de adultos y otro de chicos, que comenzó con veinte integrantes que luego fueron setenta. Allí estuve dos años, que fueron realmente enriquecedores".
El pedido que se había formulado a Roma para volver a la vida laical y tras la firma favorable por parte del Sumo Pontífice provocó el nuevo interrogante: si quedarse en Nueva York -donde tenía muchas posibilidades- o qué rumbo tomar. No quiso condicionar su vida y otra luz apareció en su camino. Apareció entonces monseñor Rubén Frassia, obispo de San Carlos de Bariloche, quien le propuso ser el organista de la Catedral y trabajar con el coro, por entonces dirigido por Lucka Kralj de Jerman, toda una institución.
Tímidamente, en Bariloche, comenzó a componer más, de manera más abierta. Por entonces tenía 38 años y en un boletín leyó sobre un concurso nacional de composición en Rosario. "Nunca en mi vida había participado en un certamen, lo decidí y eso fue importante. Una obra coral que compuse ganó el segundo premio. Fue entonces que encontré otro concurso en Bélgica, mandé otra obra ("Consumatun Est") en latín para coro y solista y entre ochenta partituras fue elegida junto a otras seis".
En el sur argentino, apareció el amor. Eduardo conoció a Graciela Bertolino, oriunda de Huidobro, un pequeño pueblo del sur cordobés. Ella estudió en el Instituto Balseiro, donde hizo el doctorado en Ingeniería Nuclear. "Partimos después a Francia, adonde Graciela tenía la posibilidad de hacer un posdoctorado en su especialidad. Me invitaron a la final del concurso en Bélgica. Gané el premio del público, hecho que me gratificó bastante".
En su vida aparecen posteriormente muchas distinciones más (ver aparte).
Le gusta decir que es un alma inquieta, que siempre está en la búsqueda de lo nuevo, de lo rico, de lo que le permita crecer. "Como músico, mi expresión de esa búsqueda va por ese camino".
Para conocerlo más
•Diplomas universitarios:
Profesor Nacional de Música en la especialidad Armonía y contrapunto (composición), 1983, Instituto Superior de Música de la UNL.
Profesor Nacional de Música en la especialidad Dirección Coral, 1984, ISM-UNL.
En la entrega de ambos títulos, Malachevsky recibe el Premio "Horacio Caillet Bois", otorgado al alumno con las más altas calificaciones 1983-1984.
textos de Roberto Schneider