Europa, después de las guerras mundiales y civiles comenzó una reconstrucción ordenada, como debe ser siempre, desde el principio, desde lo más importante hacia lo de menor rango. Desde lo indispensable a lo menos necesario. En esta Sudamérica tan predecible, las cosas se hacen al revés. Y no es casual. La casualidad no aumenta los patrimonios de nadie, excepto en raras oportunidades. Pero nosotros tendremos al Cobra, o él nos cobrará a cada ciudadano la potestad de existir. Tan absurdo como tener una Ferrari estacionada al frente de una vivienda precaria. Tan ridículo como muchas de las cosas que nos etiquetan de "sudacas", como las bravuconadas aburridas del presidente Hugo Chávez, como la falta de tino de algún ex presidente que se niega a ser olvidado, como las declaraciones de un ministro que culpa al crecimiento industrial de la falta de energía, como los desatinos de un librepensador piquetero que se niega a ser un ciudadano ajustado a la ley, como tantas cosas, nosotros tendremos nuestra Cobra.
Y será tan absurda como la película homónima que protagonizó años ha Silvester Stallone que era desopilante desde su presentación y que le costó al galán en cuestión una millonaria indemnización a su coprotagonista devenida en esposa.
Todo es una cadena de absurdos. Intercomunicar a las tres capitales mejor comunicadas del país es una burla a las decenas de otras que paren por un ferrocarril de mediana complejidad, por aeropuertos, por líneas aéreas, por rutas. Es una burla a los que día a día transpiran la camisa viendo cómo llegan a destino de manera rápida y económica, o cara y lenta, pero queriendo llegar. Es una burla a la salud pública tan deficiente; a la falta de seguridad; al avance de la drogadicción y la mirada impávida de quienes pueden detenerla; a los productores primarios que se ven saqueados día a día por un Estado ineficiente y estúpido; a la inflación desinflada del Indec... Si en los 90 muchas voces se levantaron contra el cholulaje imperante, en los 00 deberíamos hacer algo semejante frente al avance sin frenos de la tilinguería de un grupo privilegiado e inteligente que como pocos, ha incrementado sus patrimonios de tal manera que de meditar un poco, sólo un poco, produce vergüenza propia y ajena.