La vuelta al mundo
Chávez y Bolívar
Chávez y Bolívar: ¿conversan entre ellos?

Hugo Chávez dice ser el exclusivo heredero político de la tradición bolivariana. Según su Constitución Nacional, Venezuela es una república bolivariana, un país que se inspira políticamente en el ejemplo y las enseñanzas de Simón Bolívar expresadas, claro está, a través de su intérprete: Hugo Chávez.

Chávez no es el inventor de Bolívar, el hombre que rescató al Libertador del ostracismo político. En Venezuela, Bolívar siempre fue considerado un gran prócer. La diferencia de Chávez con los políticos venezolanos contemporáneos reside no sólo en el énfasis con que reivindica la figura de Bolívar, como en la pretensión de atribuirle al Libertador un proyecto político que, 170 años después, él encarnaría a la perfección.

Chávez no es el primer político que recurre a un personaje prestigiado del pasado para presentarse ante la sociedad como su heredero. La tentación de manipular la historia para ponerla al servicio de un proyecto político, o de una ambición personal, suele dominar a los políticos, sobre todo a los políticos populistas que les interesa cultivar los costados irracionales y mitológicos de las masas.

Entre los historiadores, esta discusión se ha saldado hace años. Si la historia es el estudio del pasado, ese estudio incluye apreciar las diferencias entre el pasado y el presente. Bolívar vivió en las primeras décadas del siglo XIX, en un mundo cuyos valores políticos eran muy diferente del actual. Sus afanes liberadores, sus críticas al poder dominante o sus proyectos de unión latinoamericana no tenían nada que ver con los problemas que hoy afectan a los países latinoamericanos.

Bolívar actuó en un mundo donde las transformaciones fundamentales que explican la modernidad aún no se habían desarrollado. Ni Marx, ni Freud, ni Einstein fueron sus contemporáneos. Los dilemas, las tragedias y las esperanzas que dominan a los hombres del siglo veinte, él las desconoció por razones obvias. Tampoco supo de los formidables cambios científicos y tecnológicos que en menos de un siglo transformaron al mundo en una escala superior a las mutaciones que se produjeron a lo largo de cientos de miles de años.

Desde los orígenes de la humanidad, los hombres han tratado de resolver su relación con la naturaleza y sus relaciones. La historia registra tragedias y comedias, actos generosos y conductas envilecidas. Desde los tiempos de Adán y Eva existen las tentaciones, el pecado y la culpa. Para algunos teólogos, Caín es la encarnación del mal y Abel la representación del bien. Estas generalidades son interesantes, pero está claro que la historia no se teje con esa madeja.

Espartaco no es ni Jesús ni el Che Guevara. Alguien podrá esforzarse en identificarlos, en encontrarles rasgos comunes, pero un historiador serio estudiará sus diferencias, no se resignará a aceptar el lugar común de que los tres fueron hombres buenos y solidarios, no porque ese lugar carezca de una cuota de verdad, sino porque esa verdad es demasiado obvia como para tenerla en cuenta.

Más de un teólogo creyó ver en el rostro del Che asesinado en Bolivia la expresión de Jesús. Más de un marxista intentó atribuirle a Espartaco dotes de líder revolucionario en clave marxista. En todos los casos, los motivos que dominan a estas intuiciones pueden ser muy generosos, pero tienen el pequeño defecto de no ser verdaderos.

La identificación de Chávez con Bolívar es tan poco seria históricamente como mi identificación con Ceferino Namuncurá o el Gauchito Gil. Las decisiones políticas de Chávez le competen sólo a él. Bolívar no tiene nada que ver con sus aciertos y sus errores. Mañana, podría llegar al poder un dirigente opuesto a Chávez en toda la línea y reivindicar para sí la tradición bolivariana. En todos los casos, Bolívar sería inocente.

Creo que no es necesario probar que Chávez no conversa con Bolívar, entre otras cosas porque Bolívar murió en 1830 y hasta que alguien demuestre lo contrario, los muertos no conversan con los vivos, y mucho menos de política. Por lo tanto, es ridículo sostener que si Bolívar viviera haría tal cosa o tal otra cosa. Imaginar lo que haría Bolívar en 2008 es una operación ridícula, absurda, más cercana a la magia negra que a la historia.

De todos modos, admitamos que Chávez no hace ni magia negra ni magia blanca, lo que hace es una burda operación de manipulación política atribuyéndose los méritos de un patriota prestigiado ante la sociedad. La operación es ventajosa desde todo punto de vista, entre otras cosas, porque el invocado no está en condiciones de desmentir a nadie. Sin ir más lejos, en la Argentina, militares fascistas y guerrilleros delirantes invocaron a San Martín como su inspirador intelectual. En ninguno de los casos San Martín fue consultado.

Los grandes próceres deben rendir cuentas al tribunal de los historiadores que los juzgarán o, para ser más precisos, los interpretarán, atendiendo al tiempo que les tocó vivir. ¿Sólo a los historiadores pertenecen las personalidades del pasado? Más o menos. En principio, sólo los historiadores están en condiciones intelectuales para estudiarlos. Como en cualquier campo del conocimiento, los historiadores disponen de sus propios instrumentos teóricos y sus verdades son siempre parciales, relativas, pero verificables.

Chávez y sus seguidores deberían saber que la historia se ha separado hace años de la magia y de la hechicería. Los políticos pueden vestirse con los atuendos de los Padres Fundadores y pretender con ese gesto ganar prestigio. Puede que algún simpatizante distraído se crea semejante embuste, pero la verdad, o la búsqueda de la verdad, no se somete a ese escrutinio.

La reivindicación de los próceres en el mundo moderno está relacionada con la construcción de los estados nacionales. Para constituir la nación era indispensable, además del territorio, la lengua y la propia estructura material del Estado, un relato en el que los habitantes se reconocieran en un pasado heroico protagonizado por héroes mitológicos.

Los elementos míticos del Estado no difieren demasiado de las operaciones a las que recurren las religiones para afianzar las creencias. En el mundo secularizado de la modernidad, el Estado se apropia de esa energía religiosa y la orienta para su propio interés. Bartolomé Mitre, en la Argentina, fundó nuestra galería de "santos" a través de sus historias de San Martín y Belgrano. Esta operación política era indispensable para constituir la nación a fines del siglo XIX, pero en los tiempos de la globalización ha perdido actualidad y corresponde a los historiadores poner en su justo lugar lo que corresponde a la verdad histórica y lo que corresponde a la mitología.

Chávez seguramente no está preocupado por estas disquisiciones teóricas. Las exigencias intelectuales de su maratónico programa radial "Aló presidente" demuestran que los objetivos políticos de Chávez son mucho más directos y promiscuos. Chávez no sólo se atreve a encarnar la figura de Bolívar, sino que cuando las circunstancias lo exigen no tiene ningún problema en identificarse con Jesús, y aprovechando que el "Filósofo de Nazareth", como Buda o Sócrates, no dejó nada escrito, no vacila en hacerle decir cosas que a Jesús ni en sus inspiraciones místicas más elevadas se le hubiera ocurrido decir.

Lo que Chávez debe saber, o debería saber, es que él tampoco se eximirá del juicio histórico. Como su maestro Fidel Castro, está convencido de que la historia lo absolverá, pero atendiendo a las sinuosidades de los procesos y sus paradojas, yo no estaría tan seguro.

Rogelio Alaniz