La misión del guardahilos era mantener en condiciones de operar la línea telegráfica, que constaba de dos hilos (alambres de cobre) paralelos, sostenidos por postes y aisladores que, atravesando campos con montes y terrenos cultivados, unía las poblaciones. Generalmente, su trazado estaba alejado de las rutas, lo que hacía más complejos los trabajos de mantenimiento.
Recordemos que hasta hace menos de 50 años, el único servicio que teníamos para comunicarnos a larga distancia era el telegráfico que brindaba el correo, en el horario de 8 a 20, incluso los domingos. Si bien existía el telefónico, a través del mismo solamente podían hablar entre sí los abonados de Helvecia, San Javier y colonias intermedias como Saladero Cabal y Colonia Mascías.
Ingresó a la institución en l942, cuando era jefe del correo local Jorge Laborde, para cubrir el cargo que había quedado vacante por jubilación de Bonifacio Racca. Pero su primer destino fue Alejandra, y allí permaneció tres años.
Trasladado a San Javier se le asignaron, como área de trabajo, 40 kilómetros hacia el norte, hasta Colonia Teresa, límite sur del guardahilos de Alejandra, y 20 kilómetros hacia el sur, hasta Colonia San Joaquín, límite norte de su colega de Saladero Cabal. Cuando fue levantada la oficina del correo de esta última localidad, su recorrido se amplió también a 40 kilómetros en esa dirección.
Para desempeñar el trabajo, disponía de una bicicleta, un caballo y un sulky de su propiedad por los que el correo le abonaba un plus en concepto de mantenimiento. Las recorridas de la línea las efectuaban una vez por semana en ambos sentidos en bicicleta, cuando las condiciones climáticas eran estables ya que la ruta 1 estaba sin pavimentar.
Con tiempo lluvioso y ante la necesidad de solucionar una falla en la línea que impedía el envío de mensajes, necesariamente debía recurrir al caballo. Las fallas más comunes eran las ramas de los árboles, los nidos que construían los horneros en los postes o algún desaprensivo que enredaba alguna boleadora de alambre que, en contacto con los hilos, provocaban derivaciones que dificultaban las transmisiones.
Una tarea extra que desempeñaba Orué era la de oficiar de cartero llevando la correspondencia que venía destinada a las estafetas postales rurales ubicadas en su área de trabajo.
En l955 fue enviado tres meses en comisión a la ciudad de Formosa para trabajar en la construcción de la estación terrenal de comunicaciones.
Por la vocación puesta de manifiesto para el desempeño del trabajo, en una oportunidad fue designado el mejor guardahilos del 5° distrito de Correos.
A principios de la década del '60 y a la vera de la ruta 1, desde San Javier hasta Santa Fe, se construyó una línea que no solo le permitió a las localidades costeras acceder a la red telefónica nacional, sino que también se la utilizó para el servicio telegráfico. Su mantenimiento quedó a cargo de personal de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (Entel), razón por la cual a Orué se lo responsabilizó del cuidado de la línea entre San Javier y Alejandra, pero ya secundado por Ángel Zilli.
Entre las numerosas anécdotas acumuladas a lo largo de más de 30 años de labor, nuestro entrevistado nos narró tres. Una de ellas está referida a un pedido de colaboración con el guardahilos de Alejandra, que aún no era muy ducho y no había podido detectar una falta en su tramo. Tras un minucioso recorrido, encontraron los alambres enredados. "Este es el problema" dijo Orué a lo que su compañero le respondió: "yo ya lo había visto antes, pero creí que era normal que la línea sea así". En cuanto a la causa del inconveniente, el mismo estaba localizado en un sector donde habitualmente se asentaba una gran bandada de chajaes, que son aves muy pesadas. Por algún motivo la mayoría habría levantado vuelo, llevándose por delante los hilos.
"La segunda anécdota -nos cuenta- fue cuando me vi obligado a agudizar el ingenio para restablecer el servicio. Luego de realizar cuidadosas pruebas a lo largo de los 80 kilómetros, desarmé parcialmente el tablero del equipo transmisor y constaté que a algún operador se le había caído una hoja de afeitar, que utilizaban para sacarle punta a los lápices, provocando un puente que impedía operar".
El restante suceso guarda relación con el celo con que este empleado cuidaba los bienes del Estado ya que, al estar en desuso la línea, consideró que no podían quedar los postes abandonados en las chacras. Así fue que se consiguió un camión y con mucho sacrificio armó una carga que envió a Santa Fe, de donde le respondieron que uno solo de los postes remitidos servía; el resto era material obsoleto.
Cuando ya no fueron necesarias las líneas para la prestación del servicio telegráfico, Orué pasó a desempeñarse como uniformado interno en la oficina San Javier, pero no se adaptó al cambio de tarea y en l978, con más de 35 años de antigüedad y mas de 60 de edad, se jubiló.
En el recuerdo de Matías Orué están también los apellidos de aquellos que fueron sus jefes, como Mario Ferreyra, Dante Macor y Carbajal; y entre sus compañeros de trabajo menciona a Mendoza, Traverso, Simil, Flamini, Loza, los hermanos Ramos, Zilli, Beltrame y Taramelli (con él en la foto), en la foto junto a él y al jefe Salvatierra.
Orué también era telegrafista pero nunca quiso rendir -lo que le hubiera significado una ascenso en su carrera- porque lo apasionaba el trabajo al aire libre. No obstante, en su domicilio colaboraba con algunos jóvenes en las prácticas de telegrafía para que pudieran acceder al cargo. Entre ellos recuerda a Darío Wouilloz, que llegó a jefe de correo en Helvecia.