La temporada en la costa no fue la mejor de los últimos años: muchos argentinos tuvieron que resignar sus soñadas vacaciones porque los precios no le cerraban por ningún lado. Aunque se pregone que la bonanza económica sigue intacta, hay muchos signos en la realidad que indican lo contrario.
Perderse vacaciones en definitiva no es nada trágico, aunque sí contradictorio en un país cuyos gobernantes pregonan un supuesto mejoramiento inédito en la calidad de vida.
La inflación es una realidad tan tangible que ya ni siquiera en los círculos áulicos de la Casa Rosada puede ignorarse, pero la gran incógnita es saber cómo se las arreglará la presidenta Cristina Fernández para enfrentar, de una vez por todas, un sinceramiento sobre ese fenómeno, el más temido en el país.
La carestía fue pagada con costos más altos por los políticos vernáculos, más que cualquier otro hecho que irrite a la sociedad, como la misma inseguridad. Cristina Fernández comenzó a gobernar con un estado de cosas que le dejó como herencia su marido, y corre el riesgo de caer en la trampa de las falacias construidas.
Néstor Kirchner se luce en sus oficinas de Puerto Madero como el verdadero dueño del poder en la Argentina. Dice que no tiene ninguna intención de opacar la gestión de su esposa, pero en realidad su alto protagonismo en el manejo de la cosa política no hace más que mostrarla a ella como la contracara de una moneda que de un lado brilla y del otro, se opaca cada vez más.
Hasta qué punto podrá resistir la primera mandataria esa tensión entre dos fuerzas, por cierto más que afines, es otra incertidumbre que se cierne en las vísperas del inicio del año "activo" en el que todos los factores de la sociedad vuelven con las baterías recargadas y con la obligación de pensar en su futuro inmediato.
En el país en el que se declama la normalización, todavía no hay ningún sector que sienta la confianza necesaria por hacer planes a mediano y largo plazo, tal es la precariedad concreta que subyace sobre la supuesta realidad dicha.
El gobierno se enfrenta con espanto a la renegociación salarial en el marco de las paritarias en la cual queda claro que las cifras oficiales de la inflación demuestran no ser más que una caricatura, cartón pintado. Inflación de un dígito, desocupación de un dígito, son entelequias que la gente descubre con el dolor que le provoca la lucha diaria por la subsistencia.
Salvo los minoritarios sectores de la sociedad que siguen beneficiándose ampulosamente con los favores de la devaluación, los hombres y mujeres comunes luchan día tras día para estirar sus ingresos.
Es cierto que la situación económica mejoró durante la administración anterior, que la macroeconomía dio un salto cualitativo, pero también es verdad que la economía doméstica de la mayoría no tuvo en las casas comunes el reflejo de su beneficio.
Como ocurrió en la década del 90, cuando el crecimiento de la economía, la modernización -con los dolorosos costos que pagó la gente- la inclusión en el mundo globalizado, parecían desde el poder las llaves del paraíso perdido, pero luego quedó claro que fueron las que abrieron las puertas de un purgatorio mucho más cercano al límite con el infierno.
El kirchnerismo sigue dedicando sus máximos esfuerzos a la acumulación de poder, ítem en el cual se ha revelado más hábil que cualquier otro dirigente político en los últimos años, más, incluso, que el propio Carlos Menem. Néstor Kirchner, con las manos ahora más libres, sigue cooptando a cuando dirigente vacío de ideas ande suelto por el territorio nacional. Ya nadie o casi nadie queda en la oposición para representar una alternativa de poder en las futuras pruebas electorales.
El radicalismo divaga y da vueltas mordiéndose la cola sin encontrar todavía ningún destino; el macrismo, que puede aflorar como futuro potencial rival si la administración del intendente es buena, prefiere el silencio y el bajo perfil antes de tener que soportar de entrada todos los golpes que le pueden asestar los Kirchner.
Daniel Scioli lidia en Buenos Aires con una realidad tremenda, con un territorio asolado por la pobreza y la inseguridad, y trata de mantenerse estoico frente a tanta desazón para no perder esos espacios que piensa también labrar para su futuro.
Mientras tanto, el país parece haber ingresado en un peligroso amesetamiento. El boom de la exportación agropecuaria sigue siendo el fuerte como lo era hace casi un siglo, pero la industrialización se demora, la construcción se frena y el novedoso salto de la actividad turística parece encontrar un techo por la propia falta de infraestructura.
Los posibles proyectos de emprendimiento naufragan en la continua falta de créditos, y por añadidura, en la grave escasez de certidumbre sobre lo que ocurrirá en los próximos meses.
Sólo la verdad puede aclarar un panorama tan incierto, pero habrá que ver si quienes hoy están en el poder están dispuestos a admitirla de una vez por todas.
Por Carmen Coiro (DyN)