En la Biblioteca Domingo G. Silva
San José del Rincón y su Museo de la Costa
"El museo en situación de comunicar se presenta como un texto, un texto abierto que espera múltiples lecturas y respuestas".
La historia nos cuenta que las musas de la mitología griega que presidían cada una de las artes residían en una pequeña colina de Atenas. Que Ptolomeo I tenía en su palacio de Alejandría un sector destinado a los sabios y célebres filósofos, espacio al que denominaba museo. Al fin, el término se adoptaría para designar al sitio que alberga objetos del arte en general, instrumentos de la ciencia, la naturaleza, la historia, la sociedad. "Recién en los siglos XVIII y XIX los museos abrieron sus puertas al público para que pudiera apreciar lo que hasta ese momento estaba reservado a unos pocos" y "pasa a ser considerado como un lugar de comunicación, e incluso el medio de comunicación más viejo del mundo". Enormes y a veces lujosos palacios, otrora viviendas de reyes y ricos comerciantes, como también instituciones religiosas o civiles albergan hoy variadas colecciones que ofrecen al público del mundo como testimonio de su historia, de las riquezas de su comercio, de sus conquistas y posesiones de la tierra, también las creaciones de sus hombres y mujeres. Como queriendo emular aquellas épocas de esplendor, emergen hoy como "nuevas catedrales" emblemáticos espacios de la mano de arquitectos de fama internacional. Así, de los estudios de Ghery, Pei, Niemeyer, Pelli, y tantos otros como un interminable juego de competencias creativas construyen sofisticados edificios que constituyen por sí solos una gran obra de arte que preanuncia, desde su monumental continente, el significado de su contenido.
Pequeños museos santafesinos
Muy lejos de toda esa fecunda imaginación y alardes arquitectónicos, sin los techos de titanio de Ghery ni el cristal de Pei, ni el reciente cubo de luz con que Madrid de la mano de Signe Moneo homenajeó al Prado, persisten los pequeños museos argentinos. Muy modestos, albergados en sencillas construcciones de antiguas viviendas generalmente pertenecientes a pobladores inmigrantes, viven para contar la historia y las costumbres de su lugar de pertenencia y muchas veces las vicisitudes de su desarraigo. Nuestra provincia de Santa Fe da muestra de ello y del esfuerzo de las pequeñas comunidades diseminadas en su vasta llanura territorial. Improntas del trabajo y de los sueños de los italianos, suizos, españoles, alemanes, judíos, nativos pueden leerse a través de los objetos exhumados y mostrados con todo su bagaje de información a la espera de ser interrogados "...y que ellos mismos nos muestren su riquísima capacidad de sugerencia...".
Museo de la Costa
Un solo ambiente, originalmente concebido como teatrillo y sala de baile de la Biblioteca Domingo G. Silva, sirve de marco a una variada exhibición de piezas que narran en pocos y rápidos trazos aspectos de la historia de San José del Rincón o el Rincón de San José como lo había llamado el Padre Castañeda. En este espacio nació y se sitúa el Museo de la Costa inaugurado el 23 de mayo de 1980. Nuestro recorrido se inicia con una clásica vitrina que exhibe los productos de la actividad humana de los pobladores originarios. Restos de vasijas perpetúan la memoria de los Colastinés, Quiloazas, Mocoretás pertenecientes a los grupos étnicos Chanás-Timbúes. Fragmentos de lanzas, flechas, boleadoras, anzuelos hablan de su característica de recolectores, cazadores y pescadores. Los restos de recipientes de uso doméstico nos revelan particularidades y hábitos alimenticios obtenidos por la generosidad de la tierra y del río. Estas piezas exhiben sencillos decorados con formas de animales y aves diversas. Son comunes los apéndices con representaciones de cabezas de loros, patos y yacarés. Rápidamente, nos remontamos a otro tiempo de la historia de Santa Fe de la cual muchos hombres de San José del Rincón fueron protagonistas. Dos lanzas, una de ellas perteneciente a Telésforo Pintos, se constituyen en directo testimonio de la valentía de estos pobladores. Fueron las Milicias Rinconeras las que impidieron en 1812 el desembarco de buques corsarios que al mando de un capitán portugués intentaban abastecerse en la zona. Otros hechos valerosos instaron al gobernador Echagüe a honrarlos en 1824 con el nombre de "Escuadrón de la Federación". En otro espacio, armas de variados calibres, bayonetas, escopetas y sables refieren a viejas épocas de luchas y defensa personal. Una bala de cañón calibre 104, utilizada en la Primera Guerra Mundial, completan la pequeña colección.
La vida pueblerina
Pacificados los ánimos y los territorios en vías de organización, la vida cotidiana de San José del Rincón transcurre serenamente en un paisaje generoso que atrae a tradicionales familias santafesinas. Las viviendas aún existentes lo atestiguan. De ellas proceden numerosas piezas que el Museo de la Costa conserva y exhibe. Muebles, cristalería, lozas, porcelanas, álbumes, íconos religiosos, instrumentos musicales, tinteros, herramientas, dan cuenta de la situación patrimonial de aquellos temporarios habitantes que acudían a atemperar los rigores del verano en el bucólico clima costero. Era común en la época que las familias poseyeran en las viviendas sus propias capillas u oratorios. De allí proceden imágenes religiosas, planas, enmarcadas con el agregado de paspartús ornamentados con motivos florales como el perteneciente al pintor Puccinelli, uno de los más fieles traductores del paisaje rinconero. Otras imágenes de bulto y vestidas, al que se agregan misales, mantelería y demás ornamentos para el culto católico completan la pequeña colección. Un elemento más utilitario pero novedoso para la época lo constituye la piedra de filtro de agua que perteneció a la primera odontóloga cuya vivienda, "El Rincón de Molinari" aún se conserva y que refleja la preocupación por la salud y la sana ingesta de sus moradores. Dos grandes muebles de dura madera llaman la atención por la extraña ornamentación sintetizada en tallas realistas de personajes y animales, se destacan unas singulares avecillas junto a su nido. En su interior, enseres domésticos, lozas, porcelanas y cristales nos revelan la condición socio-cultural de sus antiguos dueños. Otros objetos disímiles en su procedencia, como en su función, llaman la atención del visitante. Se destacan un porta-galera de cuero, un acordeón de colorida ornamentación, pinzas para bucles, lámparas, planchas de diferentes formas, máquinas de coser y tejer que completan el conjunto, sin olvidar algunos cuadros de reconocidos artistas santafesinos que instalaron sus talleres y dejaron en no pocos papeles y lienzos la impronta del lugar. Este museo en su simplicidad es "una puerta con infinitas bisagras que conduce a un sinnúmero de senderos". Un lugar para la curiosidad y para la interrogación. Cada objeto que se muestra tiene su poesía para ser leída con libertad por los anónimos visitantes y con recogimiento y gozo por los vecinos que no sin emoción reconstruirán su pasado.
Nota: Los datos correspondientes a las piezas del Museo de la Costa fueron aportados por la responsable del servicio, Sra. Carina Haieck.
Nanzi Sobrero de Vallejo
|