Crónica política
Kirchner y el "pejotismo"

Rogelio Alaniz

El Partido Justicialista nunca fue importante para el peronismo. Un peronista se define por lo que él llama su condición movimientista, una referencia que para los académicos puede ser ambigua, demasiado amplia, incluso fascistoide, pero que para un peronista de pelo en pecho es decisiva. El "movimiento", como categoría política, le otorga al peronismo identidad nacional, y al mismo tiempo le permite en términos más profanos discutir el poder interno en otros espacios.

Un peronista de raza se define como "peronista" no como justicialista, una manera suave, light, de asumir una identidad que convoca mitos y leyendas más fuertes. En los tiempos de la resistencia, el partido era apenas una herramienta electoral, un instrumento para participar en el execrable sistema demoliberal. El representante típico del justicialismo fue en esos años Jorge Daniel Paladino, alguien que, según decía la leyenda, Perón lo puso para que lo representara ante el régimen militar liderado por Lanusse, hasta que se dio cuenta -según su propio relato- de que en realidad no era su delegado sino el delegado de Lanusse.

Con la recuperación de la democracia en 1983, el Partido Justicialista adquirió alguna gravitación, pero hasta el peronista más distraído sabía, y sabe, que el poder real del movimiento estaba en cualquier lado menos en el PJ. Sin ir más lejos, Kirchner hizo su campaña electoral en 2003 diciendo que su objetivo político era terminar con el "pejotismo", por entender que esa instancia burocrática del partido era una fuente de vicios imperdonables para la fuerza política que sin pudores se definía -y se define- como el movimiento de liberación nacional más importante de América Latina.

Sin embargo, hoy Kirchner se ha asignado el rol de reorganizar el justicialismo. El sueño de la transversalidad fue derrotado por la vocación hegemónica. En un pasado lejano, los peronistas peregrinaban a Puerta de Hierro; hasta hace unos años la procesión se orientaba hacia Anillaco; ahora, la tierra santa se llama Puerto Madero.

Todos los peronistas, y no sólo los peronistas, peregrinan hacia donde pareciera que efectivamente se manifiesta el poder real del peronismo. No hice el correspondiente relevamiento de campo, pero si lo hiciera, estoy seguro de que puesto a elegir entre una visita a la Casa Rosada o a Puerto Madero, un peronista elegiría -con ese olfato infalible que tiene para no equivocarse respecto del lugar por donde circula el poder- Puerto Madero.

"Doble comando" calificó Duhalde a esta singular manera de concebir el ejercicio máximo del poder por el kirchnerismo. La calificación es interesante siempre y cuando nos hagamos cargo de sus consecuencias: el doble comando existe cuando uno de los conductores carece de condiciones para conducir. Por lo menos, en la "Academia Mingo" ése era el concepto.

Se sabe que la verdad "21" del peronismo exige distinguir las apariencias de la realidad. Moyano, los caciques del Gran Buenos Aires o los caudillos de las provincias saben muy bien que una cosa es -por ejemplo- el discurso progresista del presidente en temas tales como derechos humanos, y otra muy distinta la materialidad del poder.

Moyano no está con Kirchner porque es de centro izquierda, sino porque en ese esquema de poder recibe una serie de beneficios que lo dejan muy satisfecho. Aquellos caudillos y políticos peronistas que hoy están con Kirchner como ayer estuvieron con Menem y antes de ayer con Herminio Iglesias o Isabel, saben muy bien que una cosa es la espuma y otra, la consistencia sólida y gratificante del poder.

Para estos peronistas el discurso es un dispositivo funcional a la coyuntura. A nadie, o a muy pocos, le importan esas minucias retóricas, ese palabrerío liviano. El poder se construye con otra madera, se amasa con otra arcilla y se saborea en todas las copas. Son problemas de distraídos, crédulos o santos inocentes confundir las apariencias con la realidad.

Como le gustaba decir al señor Alasino -por lo menos, me lo dijo a mí en Punta del Este, tomando un café en el bar El Greco- el peronismo es un prostíbulo con un rufián en la puerta que te invita a pasar y una vez que estás adentro todos se dedicarán a desplumarte.

En Puerto Madero nadie se hace ilusiones sobre la importancia del Partido Justicialista en el sistema democrático. Para quienes conocen la trama íntima del poder saben que el poder del justicialismo no proviene del partido sino del Estado.

Hace años escribí en esta columna que el peronismo no era ni un movimiento de liberación nacional ni un partido político clásico, sino un formidable dispositivo de poder sostenido por una espumante mitología. Destaco el hecho por dos razones: para continuar argumentado y para inscribir el derecho de autor, porque hoy, hasta los peronistas de Página 12 podrían adherir a esta hipótesis; pero en 1991, creo haber sido el primero en formularla.

Américo Ghioldi -que se equivocaba fiero, pero a veces tenía razón- postulaba que el peronismo no se define por un modelo económico determinado sino por una manera de concebir la política. Las ideologías, las creencias o las convicciones políticas en el peronismo están subordinadas a las exigencias del poder. En su medio siglo de existencia, el peronismo pasó por todos los estadios: fue estatista y antiestatista, clerical y anticlerical, izquierdista y derechista.

Lo más interesante es que no sólo expresó -y expresa- esa increíble capacidad de mutación, sino que, en la mayoría de los casos, son los mismos dirigentes quienes encarnan esas mutaciones, y al que ayer lo veíamos cazando comunistas hoy lo vemos enarbolando las banderas del Che Guevara, el que ayer defendía a Keynes hoy habla de Milton Friedman sin ruborizarse y sin que en ningún momento se le ocurra que entre su posición de ayer y su posición de hoy exista una contradicción insalvable.

Si tratáramos históricamente de imaginar lo que no ocurrió, podríamos suponer que si Kirchner hubiera llegado al poder en 1989 habría hecho más o menos lo mismo que hizo Menem en la coyuntura. Igualmente, si Menem hubiera llegado al poder en 2003 no habría tenido ningún problema en recurrir a la retórica izquierdista. Condiciones ideológicas y morales a ninguno de los dos les falta para producir estas piruetas.

A nadie escapa que si mañana Kirchner cayera en desgracia -y en el peronismo caer en desgracia es perder el poder- los mismos que ahora besan el anillo del jefe, mañana no vacilarían en besar el anillo de su sucesor. Hasta el militante de la más modesta unidad básica sabe que la verdad 22 del peronismo dice que "el que gana es jefe y el que pierde es traidor".

Los peronistas sostienen que al peronismo sólo se lo puede entender desde adentro, que toda interpretación externa es, por definición, gorila. Como le gustaba decir al amigo de mi tío: puede que uno no entienda al peronismo, pero se lo sufre o se lo disfruta, según se mire. Y si de entender se trata, tal vez el que mejor lo exprese no sea José Pablo Feinmann sino Francis Coppola.

Hasta la fecha se han escrito cientos de libros para tratar de explicarlo. Es probable que en el futuro se escriban muchos más. Tal vez los peronistas tengan razón y, efectivamente, el peronismo sea como la esfinge, inescrutable; pero tal vez lo que no pueda explicar la historia o la literatura lo explique el cine, aunque en ese caso sugeriría que la película que mejor puede representarlo no es la que filmó Pino Solanas o la que hizo Leonardo Favio, sino la que rodó Fernando Ayala en 1956 y se llamó "El jefe".