"Aunque Isabel era menor de edad, vivió desde entonces con Carlitos en un despreocupado concubinato de más de doce años. Gardel tenía tres domicilios: vivía con su madre en Rodríguez Peña 451, con Isabel en una casa de Corrientes al 1700 y conservaba el clásico `cotorro', símbolo de libertad para un porteño machista de los años 20", leemos en "Las mujeres de Carlitos", uno de los capítulos de "Romances de tango", de Lucía Gálvez y Enrique Espina Rawson.
Los amores de Eduardo Arolas, Francisco Canaro, Juan Carlos Cobián, Alfredo Le Pera, Discepolín (y Tania), Homero Manzi, Enrique Cadícamo, José Contursi y Gardel son aventuras que tienen aquí el poder seductor y evocador capaz de revelar la inspiración de tantos tangos plagados de desengaño, melancolía, cuando no de tragedia como la del "Tigre del bandoneón": Arolas, que tras rescatar a su hermano de la cárcel fue pagado con la traición: "Al poco tiempo, su mujer y su hermano huyeron juntos. Arolas no pudo sobreponerse nunca a este golpe... Abandonando todo -sus amigos, su trabajo, su orquesta, su ciudad-, viajó primero a Montevideo y luego a París. Compuso allí algunos tangos, como `Lágrimas', que reflejaban su dolor".
Con razón, las autoras constatan que los tangos privilegian las desventuras amorosas: "La percanta que amura, la mujer fatal que traiciona, la que se va con el amigo más fiel y en menor medida, el que la seduce, el que la abandona o la echa a rodar. Eso hasta llegar a los años 30 y 40 en que las letras de los tangos se vuelven más poéticas y nostálgicas, son más ecuánimes con las mujeres o evocan amadas ausentes".
Hay un amor sin fisuras, sí. Es al que se refiere Perlita Greco, una vedette española, que alardeaba ser uno de los amores de Gardel: "A veces, he pensado que él no quiso de veras a ninguna mujer, que su única y verdadera pasión era su madre... Su madre era la mujer que llenaba su vida, la que colocaba por encima de todo". Publicó Punto de Lectura.