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Edición impresa | Opinión
Edición del Lunes 24 de marzo de 2008
Opinión: OPIN-03
La vuelta al mundo
Irak y las virtudes de la guerra preventiva
Por Rogelio Alaniz

Se sabe que los imperios se equivocan, y en el siglo XXI Estados Unidos ha demostrado que sigue equivocándose. Cuando Bush y su claque decidieron intervenir en Irak, más de un asesor les advirtió que antes que resolver los problemas lo que iban a hacer es agravarlos a todos. Por supuesto que no escucharon a nadie. Es más, al mes de ocupar Bagdad, el presidente Bush anunció que la misión estaba cumplida.

Cuando se escuchan esas opiniones triunfalistas en boca de un jefe de Estado, uno no sabe si está ante un cínico, un hipócrita o un inconsciente. Para ser más preciso, digamos que cualquiera sabía que la intervención yanqui en Irak iba a ser un paseo, pero también cualquiera sabía que los problemas no terminaban cuando las tropas llegaran a Bagdad, sino que recién empezaban. Cualquiera lo sabía, menos Bush.

Digamos que en principio, los yanquis para iniciar esta guerra violaron la legalidad internacional que ellos mismos habían contribuido a crear. Es verdad que ésta no fue la primera vez que lo hicieron y, a juzgar por el rumbo de los acontecimientos en el siglo XXI, no será la última, pero convengamos que nunca antes la violación había sido tan desfachatada, tan brutal.

Dos razones invocaron para movilizar a las tropas: las armas de destrucción masiva y las conexiones de Saddam Hussein con Al Qaeda. Las dos fueron desmentidas por los hechos. No había armas, y Saddam no era amigo de Ben Laden. La desmentida fue tan rotunda que hasta el propio Bush debió admitirla. Descartado el tema de la bomba atómica y las relaciones pecaminosas con Al Qaeda, el único argumento que se sostiene es el de la implantación de la democracia en Irak.

Al respecto se sabe desde la época de Napoleón, y tal vez desde antes, que ni la revolución, ni la democracia, ni los derechos humanos se exportan. Las enseñanzas históricas al respecto son concluyentes: estas iniciativas fracasan no por razones militares sino por razones políticas. En ninguna parte del mundo, los pueblos aceptan que el invasor les traiga espejitos de colores.

En otro contexto histórico y con las modalidades del caso, Irak no es la excepción, no tiene por qué serlo. Es verdad que cientos de miles de personas salieron a la calle a saludar a los tanques norteamericanos cuando ingresaban a Bagdad. Nadie debería extrañarse por semejante cosa, como tampoco por que el principal beneficiario regional de todo este incordio haya sido Irán.

La dictadura de Saddam Hussein fue una de las más brutales, en una región en donde la brutalidad es la constante, pero tenía algo a favor: ponía límites a la expansión chiita de Irán. Ahora, este freno se ha liberado y los autores de esa hazaña han sido los Estados Unidos.

Es verdad que los kurdos lucharon junto con los yanquis para derrocar al tirano y que los chiitas, la mayoría religiosa de Irak, deberían estar agradecidos a Bush porque gracias a la intervención militar pudieron sacarse de encima a un dictador que ellos por sus propias fuerzas no podían hacerlo. Todo eso es cierto, pero también es cierto que por buenas y malas razones los iraquíes no van a cumplir al pie de la letra con las instrucciones civilizadoras de los ocupantes.

Algunos observadores comparan lo que está sucediendo en Irak con lo ocurrido en Vietnam. Salvo el dato cierto de que en cinco años de guerra preventiva Estados Unidos gastó la misma plata que en Vietnam, no hay comparaciones posibles. En principio, la invasión a Vietnam fue vista por la opinión pública en aquellos años como el intento de sofocar un proceso de liberación. En Irak, a nadie se le ocurriría decir que Saddam Hussein encarna la liberación de un pueblo. Entre él y Ho Chi Minh hay muchas diferencias, las mismas que hay entre un líder social y un sátrapa. Digamos que la intervención yanqui en Irak no se realiza para detener la marcha al socialismo, como decían los izquierdistas de los sesenta, sino por razones mucho más pedestres.

Saddam Hussein fue un tirano y un genocida. Su responsabilidad en las masacres de opositores ha sido probada y no hay manera de transformarlo en héroe. Los crímenes de Saddam contra su propio pueblo todavía hoy duplican a los infligidos en esta suerte de guerra civil que se ha desatado en Irak a partir de la intervención de EE.UU.

¿En qué quedamos? ¿Está mal o está bien entonces que se haya ocupado a Irak? Las preguntas son claras y temo que las respuestas no puedan serlo. La invasión de Estados Unidos fue un error diplomático y político, cuyas consecuencias siguen siendo imprevisibles, pero por más esfuerzos que haga no logro derramar una lágrima por la caída de un dictador. ¿Alguien acaso derramó lágrimas porque Stroessner, Trujillo, Somoza o Duvalier hayan caído gracias a las intrigas norteamericanas, más allá del dato cierto de que todos estos dictadores fueron respaldados en su momento por la Casa Blanca?

Hoy en Irak, hay una guerra civil y la responsabilidad de los norteamericanos es haber ayudado a desatarla. Pero entonces, ¿había que dejarlo a Saddam? Ese es el punto a debatir. Para la derecha el tema es claro; se invade para terminar con una dictadura; para la izquierda también está todo claro: el imperialismo es el enemigo de la humanidad y procede en consecuencia. Sobran los argumentos para defender una posición u otra, el problema es que estas afirmaciones no se compadecen con la realidad. Si el argumento de Bush es que a Saddam había que derrocarlo porque era un dictador, habría que preguntarle por qué no hacen lo mismo con las otras dictaduras que infestan Medio Oriente, empezando por las de Pakistán y Arabia Saudita.

¿Por qué Saddam y no otro? La respuesta en principio es sencilla, aunque después se complica. Saddam era el más débil y el más demonizado. Y aquí entramos en la pregunta de fondo del día. ¿Cuáles son, entonces, los motivos reales que estuvieron presentes en esta invasión?

Para contestar este interrogante, empecemos por descartar algunas simplificaciones groseras. Así como no es creíble que los yanquis hayan tomado esta decisión en nombre de la democracia, tampoco lo es suponer que en Estados Unidos una empresa petrolera y un presidente fanático decidan dar semejante paso.

Digamos que los intereses petroleros estuvieron presentes en esta invasión, pero no fueron los únicos y hasta es probable que no hayan sido los más importantes. Alan Greenspan, que sabe de lo que habla, avala la teoría petrolera, pero la institución que mejor representa a los intereses petroleros, la Universidad de Rice, advirtió sobre los riesgos de la guerra preventiva y no por razones humanistas precisamente, sino por motivos económicos. Tan mal encaminados no andaban: hoy la extracción de petróleo en Irak es inferior a la de los tiempos de la dictadura.

La otra causa que está presente es estrictamente militar. A ver si nos entendemos. Estados Unidos invierte en armamentos alrededor de 400.000 millones de dólares. La cifra supera a la inversión de todos los países del mundo. El gigantesco complejo militar-industrial hace muy buenos negocios con la guerra. Pero, para evitar también simplificaciones, hay que pensar que los intelectuales del neoconservadorismo yanqui han elaborado una sofisticada y retorcida teoría política. Estos personajes en sus líneas fundamentales sostienen que en un mundo unipolar, Estados Unidos debe ejercer su autoridad mundial, particularmente en Medio Oriente, porque allí es muy probable que por razones económicas y geopolíticas puede jugarse en los próximos años el destino de la humanidad. Si así fuera, lo aconsejable sería la prudencia. No parece que éste haya sido el valor que hayan tenido en cuenta Bush y sus asesores.



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