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Edición impresa | Opinión
Edición del Lunes 24 de marzo de 2008
Opinión: OPIN-05 Una lucha personal

Heinrich Hermann Robert Koch vivió varios momentos importantes en su vida. El más conocido es la mañana todavía fría de Berlín, un 24 de marzo, cuando en una pequeña sala de la Sociedad de Fisiología leyó lo mejor que pudo -la emoción le jugó una mala pasada y le temblaba la voz- una impecable presentación que expuso ante la brillante audiencia la sencilla historia de su enorme descubrimiento: el invisible microbio que mataba a una persona de cada siete que morían en la Alemania de esos días.

Para llegar a ese momento, el todavía joven Koch -apenas tenía 46 años cuando hizo el formidable anuncio- había vivido una vida dedicada al esfuerzo y la abnegación. Viajando hacia atrás, habrá recordado el científico el día en que sorprendió a sus padres anunciándoles que había aprendido a leer solo, con la simple y única ayuda de los diarios de la época.

Cuando era un joven y modesto médico rural, vivió otro momento de gloria: fue cuando su esposa Emmy le regaló un microscopio: la pasión por la investigación le permitió, en ese ámbito bucólico, aislado de los centros de investigación y con un equipamiento rudimentario, detectar la causa del ántrax bovino: el Bacilus antracis. Un momento enorme en la historia porque fue la primera vez que se detectaba la causa bacteriana de una enfermedad.

Llegado a Berlín y con una posibilidad cierta de investigación, tuvo una idea inspiradora: que distintos gérmenes provocaban diversas enfermedades. Un día, una papa cortada plana le permitió detectar pequeñas superficies coloreadas y, en cada mancha de tinta, un cultivo puro de gérmenes. Pero su supervisor, Rudolph Virchow, no le prestó mayor atención. Su perseverancia volvió a jugar en su favor porque, luego del desdén del eminente patólogo, volvió a enfocarse en demostrar que la tuberculosis era causada por una bacteria.

Por eso, tal vez, le tembló la voz ese 24 de marzo de 1882, pues entre la audiencia esta Virchow para juzgarlo. Pero no pudo. Su presentación es considerada un hito en la ciencia moderna y el inicio de estudios que modificaron la visión de las enfermedades. Eso sí, no le tembló la voz cuando en 1905 le dieron el Nobel de Medicina. Robert Koch sabía que lo merecía.



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