Señores directores: Quisiera exponer mi punto de vista acerca de cómo se divertía la juventud de nuestro pueblo en épocas pasadas y cómo lo hacen en la actualidad. En aquel entonces, las diversiones eran organizadas por instituciones o clubes, se realizaban bailes en algún salón a partir de las 22 y no se extendían más allá de las 4 de la mañana. A esas reuniones asistían las niñas con sus mamás, que, además, disfrutaban un momento de expansión, lo que daba un tinte familiar a los encuentros.
En otras festividades se organizaban kermeses y romerías españolas, con orquestas de Buenos Aires; se promovían concursos de bailes autóctonos de distintos países como el pericón nacional, la jota española, la tarantela italiana... Era todo un show.
En Carnaval, los corsos se desarrollaban en la arteria principal, con autos descapotables y carrozas alegóricas; se jugaba con serpentinas, pomos y papel picado; los simpatizantes intercambiaban ramitos de flores o muñequitos con vestimentas adecuadas a la fecha. Lo que hoy parece cursi, antes era un toque romántico. Después del corso, que terminaba a la medianoche, comenzaba el baile "de disfraz y fantasía". En cualquier época del año, los clubes organizaban su vermouth danzante, que comenzaba a las 21 y terminaba a las 24.
Con la llegada de los boliches bailables, las costumbres cambiaron, las reuniones comienzan a las tres de la madrugada y allí también empiezan mi preocupación y la de la mayoría de los padres.
¿Qué hacen los adolescentes hasta esa hora? Se reúnen en un bar donde, para ocupar una mesa, lógicamente deben consumir, o en una casa de familia, donde no existe la presencia de los progenitores que no le pueden seguir el ritmo... allí los jóvenes comienzan a beber para pasar el tiempo. Ya "entonaditos", llegan al lugar donde el encierro y el amontonamiento les impide bailar, la música ensordecedora les impide dialogar, a media luz no se distingue a nadie y para poder sentarse deben ir a la barra, donde lo único que les queda es seguir tomando. Los chicos salen de ahí bien cargaditos de alcohol, y si encuentran un quiosco abierto, actúan como si la noche estuviese por comenzar.
Si hubiera cambio de horario, se eliminaría el preboliche, que es cuando comienzan a beber; las horas de diversión serían las mismas, sólo que se regresaría al hogar en el horario en el que con este sistema se ingresa al boliche, y al día siguiente, los chicos podrían estar presentes a la mesa con su familia, ya que, ahora, la casa se ha convertido en una pensión donde hay que atenderlos cuando se levantan.
No estoy en contra de que la juventud se divierta, pero todo tiene un límite y para ello es necesario tener una buena educación, que debe partir de su familia. A veces, pienso que sería oportuno mantener las "escuelas para padres". Pienso que, al paso que vamos, no sólo tendremos una juventud alcoholizada y drogada, sino, además, habrá familias mal cimentadas que, en algunos casos, ya están dando sus frutos.