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Crónicas de la historia - La conquista del desierto III
El indio y el indigenismo
La historia estudia el pasado, pero sobre todo estudia la relación entre el presente y el pasado. Si como dice Benedetto Croce, toda historia es siempre historia contemporánea porque piensa el pasado desde el presente, la primera consideración que se debería tener en cuenta es comprender el pasado atendiendo a las ideas dominantes de esa época. Un ejemplo sencillo permite aclarar este concepto: la esclavitud hoy es condenada, sin embargo cuando se implantó significó un avance con respecto al hábito de los ejércitos de ejecutar a sus prisioneros. Hoy esta diferencia nos puede parecer insignificante y hasta alguien podría darse el lujo de decir que es más digno morir ejecutado que vivir esclavo. Pero un historiador debe esforzarse por atender a los matices y las sutiles diferencias de ese tiempo histórico. Valgan estas breves consideraciones para continuar hablando de la Campaña del Desierto. Si se me permitiera dar un consejo, antes de entrar en tema, advertiría sobre la tentación de moralizar en la historia y, muy en particular, llamaría la atención sobre esos historiadores que inician el discurso histórico con generalidades moralizantes, un hábito que en algunos casos responde a la buena fe, pero que en otros obedecen al afán de conquistar al lector desprevenido con recursos sentimentales y argumentaciones tramposas, disimuladas al calor y a la luz de los fuegos artificiales de la supuesta indignación moral. El segundo consejo que me atrevería a dar sería el de no asignarles a los protagonistas de entonces valores morales que en aquellos tiempos no estaban presentes, o por lo menos no tenían el nivel de generalización que poseen ahora. Por último, y con la promesa de no dar un consejo más, alertaría sobre la tendencia a calificar el desarrollo de la historia en términos de buenos y malos, o a reducir su devenir al protagonismo de hombres extraordinarios. Antes que condenar o alabar, el historiador se propone el objetivo más modesto de entender. Dicho de una manera más terminante: la historia no juzga, interpreta y comprende. Cuando en 1879, el Congreso votó destinar fondos para iniciar la Campaña del Desierto no sólo que dio los medios materiales para cumplir con ese objetivo, sino que la legitimó moralmente. La Campaña del Desierto fue dirigida por Roca, pero fue avalada por la clase dirigente de la época. El señor Felipe Pigna podrá sensibilizar a su auditorio rompiendo un billete con la efigie de Roca en una conferencia, pero la realidad es que el responsable político de la campaña fue Nicolás Avellaneda, el dirigente más pacífico y más humanista de la Generación del 80. Si Avellaneda fue el responsable político del supuesto genocidio, José Hernández fue el responsable literario. Las opiniones que Martín Fierro tiene del indio son definitivas. Si no fuera un personaje literario nuestros indigenistas lo calificarían de genocida, y Osvaldo Bayer y Pigna ordenarían la censura del libro, que no sólo la emprende contra los indios, sino también contra los negros y los italianos. Para 1880, existían los indios pero no los indigenistas. Tampoco existían las fundaciones y los subsidios que hoy facilitan y hacen muy atractivo el oficio. Sin indigenistas que les recuerden sus obligaciones morales, para los gobiernos de entonces terminar con el problema del indio era un imperativo económico, pero también social, porque de lo que se trataba era de proteger de los malones a la población de la campaña. Que la tarea era bien vista entonces, lo demuestra el hecho de que cuando Roca concluyó la campaña del desierto su prestigio político era formidable. A nadie, ni siquiera a su adversario más enconado se le hubiera ocurrido, en ese momento, acusarlo de genocida por lo que acababa de hacer. No sólo la clase dirigente aprobaba lo hecho, también los vecinos de la campaña estaban de acuerdo. Es que para un estanciero, pero también para una familia agricultora o un gaucho o un peón, la cuestión acerca del indio no admitía dudas. Para ellos el indio era el alarido del salvaje; su relación con ellos era la pesadilla y el horror de los malones, el resplandor del incendio, el cautiverio de las mujeres, el robo del ganado y la muerte. Seguramente que un indigenista se hubiera encontrado con muchas dificultades para explicarle a esa gente que el indio era el habitante originario, y que su violencia era la respuesta estructural a la civilización del hombre blanco. También hubiera tenido serias dificultades para entenderse con los indios, a quienes sus teorías del siglo XXI le hubieran parecido ridículas y extravagantes. Para bien o para mal, la Argentina se termina de constituir como nación en los años ochenta. Y la Campaña del Desierto fue una de las decisiones que afianzó esa nacionalidad en términos económicos, territoriales y sociales. Que la campaña incluyó la apropiación de tierras por parte de la oligarquía terrateniente, no debería llamar demasiado la atención, ya que el modo de acumulación estaba fundado en la propiedad extensiva de la tierra, en el marco de una economía abierta primaria exportadora. Censurarle a la clase dirigente de entonces haber emprendido ese camino es no hacerse cargo de las modalidades de nuestro desarrollo histórico. Es probable que las decisiones tomadas respecto de la resolución del problema del indio podrían haberse suavizado y, efectivamente, hubo algunos dirigentes que hicieron interesantes observaciones al respecto. Pero suponer que un bloque dominante en el camino de organizar un Estado y constituir una nación renunciara a sus objetivos históricos, porque en un súbito ataque de culpa se le ocurriera asumir su condición de invasores o de blancos viciosos y corrompidos, es un planteo descabellado y estúpido. Si además esto se hace en nombre del marxismo, termina pareciéndose más a una humorada de Groucho Marx que a una reflexión de Carlos Marx. Pero la historia no puede limitarse a estudiar cómo se constituyó el poder o cómo se organizó el Estado. También importa estudiar cómo vivieron las clases subalternas estos procesos e incluso las contradicciones que hubo en el interior de la propia clase dominante. Reducir a los indios a una gavilla de salvajes es una simplificación tan burda, como reducir a la Generación del 80 a una banda de genocidas. Una vez más es necesario insistir en que la historia debe preocuparse por entender un tiempo histórico, con sus matices y sus contradicciones. Se pueden admitir las tropelías cometidas por los blancos contra los indios. Se puede reconocer que el acceso a la civilización obliga a pagar un precio muy alto en vidas. Walter Benjamin decía que todo objeto de civilización incluye su contracara de barbarie. Y no se equivocaba. No se trata de legitimar el exterminio de los indios en nombre del progreso; de lo que se trata es de no invertir la relación y transformar a los indios en el paradigma de la civilización. En la historia como en la vida la desmesura suele ser la peor consejera. El indigenismo en ese sentido es la desmesura, una desmesura teñida de ideología y anacronismos, que más que hablar sobre lo que sucedió en 1880 habla sobre lo que espera que ocurra en el 2008. El indigenismo como corriente ideológica impugna la modernidad. Las críticas a sus excesos las hace en nombre del retorno a un pasado tribal. La defensa del indio en el siglo XIX condena al indio del siglo XXI a vivir cristalizado en un pasado de oprobio y derrota. Para preservar su identidad le bloquea la posibilidad de constituirse como ciudadano. Continuará Rogelio Alaniz |