Opinión: OPIN-07
La vuelta al mundo
Las elecciones en Estados Unidos

Rogelio Alaniz

Es muy probable que en esta semana Barack Obama se proclame candidato a presidente de los Estados Unidos por el Partido Demócrata. Hillary Clinton dice que proseguirá la batalla hasta el último delegado, pero su victoria depende más de un milagro que de una decisión política. Los analistas políticos aún no se han puesto de acuerdo sobre los motivos que explican la ventaja obtenida por Obama sobre Hillary. Muchos consideran que el haber sido la candidata con más posibilidades durante tanto tiempo la terminó perjudicando. Que las elecciones se ganan en la última semana de la campaña y no en la primera es una verdad de Perogrullo; lo que sucede es que no depende de la voluntad de los candidatos ser los favoritos antes o después.

Inútil pretender hallar diferencias ideológicas o políticas esenciales entre los candidatos. Las discusiones sobre algunos problemas puntuales son más el producto del posicionamiento en la puja electoral que la consecuencia de posturas doctrinarias. En estas elecciones -y es probable que en cualquier elección contemporánea- lo que se discuten son imágenes. Comparto la metáfora de un conocido periodista cuando para referirse a este tema dice que las vías del tren ya están trazadas y tienen una dirección inexorable. En ese tren se puede viajar mirando la ventanilla derecha o izquierda, pero el rumbo está tomado y a los pasajeros la única alternativa que les queda es mirar el paisaje de uno u otro lado.

Lo que vale para las internas demócratas, vale también para las internas republicanas y, seguramente, este principio se extiende a las elecciones generales. En Estados Unidos, como en cualquier democracia moderna, los cambios políticos nunca son bruscos. Los yanquis no son como los franceses, que primero hacen una revolución para luego introducir una tímida reforma. A los norteamericanos ni siquiera las reformas los entusiasman demasiado. Cuando las promueven es porque no hay otra alternativa. En ese sentido son conservadores clásicos, es decir, políticos que confían en que lo que se ha hecho siempre está bien y que, en homenaje a los principios, hay que desconfiar de los reformadores.

Esta verdad vale para los demócratas y los republicanos, aunque hay que admitir que los demócratas suelen ser más sensibles a los cambios. En estos temas, las simplificaciones siempre son riesgosas. Así como es un error alentar ilusiones desmesuradas sobre un cambio radical en Estados Unidos a través de una victoria demócrata, es también un error suponer que da lo mismo que gane uno u otro. Porque esas diferencias existen y porque esas diferencias suelen ser sutiles, es que la reflexión política importa.

Como la buena literatura, la política reflexiona sobre los matices y sobre las consecuencias de estos matices en la vida cotidiana. Entre Obama y Hillary las diferencias son sutiles, por más que ellos no lo sean. Por qué el electorado prefirió a un varón y no a una mujer es una cuestión compleja. En la Argentina, por ejemplo, para Cristina Kirchner esto se resolvería victimizando al género: no me quieren porque soy mujer, diría Cristina apoyada en el hombro de su marido. En Estados Unidos, Hillary no recurre a esta excusa porque sabe que no es cierta, porque correría el riesgo de caer en el ridículo y porque Bill Clinton no le prestaría el hombro para que derrame sus lágrimas.

Por qué se optó por un negro con antecedentes musulmanes y no por una mujer blanca, es algo difícil de establecer a través de una respuesta categórica. Importa saber que para estos comicios el electorado demócrata debió elegir entre un negro y una mujer. Hace treinta años esta alternativa habría sido impensable. Hoy los norteamericanos lo viven sin demasiados escrúpulos. Los negros hace rato que están incorporados al establishment político. Sin ir más lejos, una de las principales colaboradoras de George Bush es una negra. También fue un negro uno de sus principales jefes militares. Y entre los asesores en materia de seguridad, los negros republicanos se han revelado como los más competentes y astutos.

Las mujeres hace rato que en Estados Unidos comparten el poder con los hombres. El tema está tan instalado que ningún candidato, ni siquiera el republicano más conservador, se animaría a decir algo en contra de la participación de la mujer, porque sabe que se condenaría a la soledad absoluta. Negros y mujeres reclaman por reivindicaciones sociales pendientes, pero en lo fundamental, en lo que hace al poder, hace rato que están asimilados.

Lo mismo puede decirse de los hispanos en cualquiera de sus variantes. A nadie se le ocurriría discriminar a un hispano, salvo que quiera suicidarse políticamente. Desde hace rato, los negros, las mujeres y los hispanos no sólo que están reconocidos en las contiendas políticas, sino que suelen ser sus animadores. Pertenece al folclore el tiempo en que estas "minorías" sólo eran reconocidas por los demócratas. Es más, para escándalo de cuáqueros y puritanos, la comunidad homosexual tiene un gran peso económico y cultural. Exageran, pero no tanto, los periodistas cuando dicen que Bill Clinton ganó las elecciones en su momento gracias al apoyo monetario y social de los gays. Por las dudas, el tema ya lo hicieron suyo los republicanos, lo que demuestra que en estos temas nadie regala nada y nadie da ventajas.

En el Partido Republicano la candidatura se ha resuelto hace rato. Se trata de John McCain, un populista conservador, que acaricia la esperanza de que la pelea entre los demócratas le permita otorgarle alguna chance a su candidatura. McCain no es un rival para subestimar. Hoy todos parecen estar encantados con el candidato negro, pero en Estados Unidos los amores de hoy pueden ser los odios de mañana. Obama tiene todo a favor para ganar. Sólo el pecado de soberbia podría conducirlo a la derrota, un pecado sobre el cual todos los políticos están advertidos, aunque conviene saber que una gran mayoría de políticos en algún momento sucumbe a sus encantos.

McCain se esfuerza por tomar distancia de Bush, pero en el fondo sabe que para un conservador estricto no es ni aconsejable ni prudente renegar de la actual gestión. Es por eso que, salvo en algunos detalles, la propuesta de McCain es la continuidad de Bush en otras condiciones.

Los amigos de las especulaciones electorales consideran que la interna demócrata define la presidencia de Estados Unidos. Nadie hoy da un peso por la candidatura de McCain. Después de dos gestiones republicanas, el sentido común y las enseñanzas de la historia dicen que el turno les corresponde a los demócratas. Lo más probable, por lo tanto, es que Obama sea el nuevo presidente de los Estados Unidos, pero el encanto de estos procesos electorales, en donde todo parece ser tan previsible, es que siempre hay lugar para lo imprevisible. En su momento, Hillary fue lo previsible hasta que Obama le demostró lo contrario. No vaya a ser cosa que ahora a Obama le ocurra con McCain lo mismo que le sucedió a Hillary con él.