El síndrome del nido vacío lleva a muchas mujeres a realizar su primera consulta con psicólogos. Se produce cuando las madres han llenado todo su tiempo con el cuidado y educación de sus hijos y, aunque esta dedicación no les proporcionara alicientes suficientes, han "ido tirando" y ocupando todo su tiempo en ello, dado que era lo que tenían más a mano.
Sin embargo, es un hecho innegable que los hijos se tienen que ir un día y dejar ese hueco, no sólo en el hogar sino también en el corazón de los padres, por lo que resulta un verdadero reto. Posiblemente, el marido está ya jubilado y a la falta de alicientes de esa mujer se une la complicada situación de él por verse sin una ocupación que le ha mantenido durante todos los días de su vida durante muchas horas.
Después de tantos años de dedicación a los hijos, las frases que suelen escucharse entre los padres son del tipo "la casa está vacía" o, la más directa, "falta algo". Esas palabras manifiestan la desazón y la soledad en la que están sumidas las personas que sienten la marcha de sus hijos como una pérdida irremediable.
A pesar de la incorporación de la mujer en el mercado laboral y su mayor participación en el entramado social, los hijos siguen siendo la principal de sus ocupaciones. Por ello y por los cambios que se han ido introduciendo en la vida de la pareja, se vuelven a encontrar solos. Pero el tiempo no pasa en vano ni tampoco las experiencias vividas juntos, por lo que la mayor parte de las veces surge la insatisfacción sexual y el desánimo provocado también por la edad y la fatiga.
La cuestión que se plantea es si esa persona que sufre porque los hijos se van del hogar posee recursos para mantener proyectos e inquietudes fuera de su ámbito familiar. Pero para que esto suceda, la actitud del progenitor mientras está al cuidado de sus hijos debe ser abierta y se debe esforzar por mantener las actividades que le satisfacían cuando era joven y seguir desarrollándolas.
En caso contrario, si esas mismas actividades se pretenden retomar tras el paso de los años será muy difícil que el cuerpo se deshabitúe a lo que hasta entonces ha venido siendo costumbre, y rompa con las tareas cotidianas que ha mantenido hasta entonces.
Esta situación también depende mucho de cómo ha sido la salida de los hijos del hogar. Si su marcha ha sido amigable y deja la sensación de que las relaciones que se han mantenido han sido armoniosas o si, por el contrario, la salida del hogar se produce como consecuencia de las fricciones entre los padres y el hijo. Entonces, el síndrome el abandono del nido puede ser dramático.
Existen situaciones sanas y equilibradas donde los padres anhelan la marcha del hijo, cuando ya ha llegado a una edad en la que la emancipación de la casa paterna se convierte en la mejor experiencia que puede tener para aprender de la vida y formarse como persona independiente.
Los padres consideran en ésta, la mejor de las situaciones, que quedarse solos transformará la relación entre ellos, basada en la confianza mutua que les ha aportado el tiempo de convivencia y la posibilidad de recuperar la intimidad que habían perdido con la llegada del hijo.
Sin embargo, hay formas de transformar la partida de los hijos en un período que aumente la plenitud y el desarrollo personal y, además, ofrezca la "libertad perdida" durante tantos años.
Para ello conviene tener en cuenta durante la vida familiar, cuestiones como la propia autoestima; mantener las relaciones con los demás; saber depender de uno mismo y tener cierta autonomía que nos permita no venirnos abajo ante las eventualidades de la vida. Esta autonomía también tiene que ir acompañada de cierto poder para tomar decisiones y dirigir nuestra propia conducta, tanto para la madre como para el padre. Pero, sobre todo, la lección más difícil de aprender es saber amar. Para ello es necesario ser compasivo, aceptar a los demás tal como son, y saber dar y recibir afecto de tal manera que sepamos equilibrar nuestra vida emocional.