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María Teresa Rearte "La peste" de Albert Camus es una crónica de los acontecimientos que tuvieron lugar en la ciudad argelina de Orán, a partir de una epidemia de peste bubónica, la cual remite al drama de la enfermedad en la vida del hombre, capaz de llevarlo a la muerte. Y es metafóricamente significativa del mal en sus diversas formas. "El modo más cómodo de conocer una ciudad -dice el autor- es averiguar cómo se trabaja en ella, cómo se ama en ella y cómo se muere". Así, "La peste" da cuenta de la guerra en la cual sufrieron millones de inocentes, representados aquí en los doscientos mil argelinos que padecieron la epidemia. Pero lo es también de otros males como la indiferencia, la mentira, la estupidez, la pérdida de los seres queridos, la falta -en fin- de sentido y esperanza. Lo que suele llamarse antivalor, disvalor, perversión, inversión, términos que en su construcción incorporan el concepto de lo negativo: anti, dis, per, in. El protagonista principal es el Dr. Bernard Rieux, un médico que -a la par de la acción médica- decide "testimoniar a favor de los apestados, para dejar por lo menos un recuerdo de la injusticia y la violencia que les ha sido hecha y para decir simplemente algo que se aprende en medio de las plagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio". Albert Camus ha sido muy lúcido al presentar la trama de la novela. Y los contrastes entre el Dr. Rieux y otro personaje importante, el padre Paneloux, a quien en un lugar describe en el púlpito, lanzando de una sola vez un exordio patético: "Hermanos míos, habéis caído en desgracia; hermanos míos, lo habéis merecido". Paneloux pone toda la fuerza de su erudición y oratoria para mostrar "el origen divino de la peste y el carácter punitivo de este azote", según relata el autor. Por poco que reflexionemos, comprenderemos que no se puede encerrar la vida humana y los grandes interrogantes del hombre, en palabras, por más que éstas sean cuidadosamente elaboradas y fervorosamente expuestas. La historia del pensamiento humano ofrece acerca del mal y el sufrimiento. La literatura no es ajena a estos interrogantes como a la búsqueda de respuestas, que reflejan la situación espiritual de las distintas épocas históricas. Ampliamente representativo fue el eco que alcanzó en la cultura la visión desesperada del hombre, sostenida por Jean Paul Sartre. Y como él, la expresada por otros pensadores. Por otra parte, los medios de comunicación social permiten conocer la dilatada, conflictiva y amarga geografía del sufrimiento humano en el mundo: los crímenes monstruosos de las guerras, los campos de refugiados, el hambre como fenómeno escandaloso y vergonzante, los grupos de drogadictos en los barrios de las grandes ciudades, y en fin, entre tantos otros males escalofriantes, la onda expansiva y mortal del sida. "-Ud. sabe bien que éste es inocente-", dice el Dr. Rieux al P. Paneloux, que asiste a la muerte del hijo del juez Othón, dejando al descubierto la insensatez de las argumentaciones de quienes, como Paneloux, se olvidan de la compasión y quieren silenciar los inquietos "porqués" que se agitan en el corazón humano. De modo particular, ante el sufrimiento de los inocentes. Sin embargo, en algo coinciden el Dr. Rieux y el P. Paneloux. Como todas las enfermedades de este mundo, "la peste abre los ojos. Hace pensar". Tal como lo expone el relato de Camus, el Dios invocado por Paneloux es un ser distante. Ajeno al sufrimiento de los hombres. Es la fe de un estudioso, que parece detenida en el Antiguo Testamento, sin mención de Jesús y el evangelio. El mundo contemporáneo, atravesado por contradicciones, sufrimientos, interrogantes, tiene necesidad más que de palabras, de la posibilidad de escuchar. Y de hacerse sensible al sufrimiento humano. Sobre todo cuando éste adopta formas monstruosas, que son un lacerante enigma. Albert Camus no es creyente. Y por lo tanto no avista el misterio de Dios. Entonces emplaza al cristianismo ante un poderoso dilema. El sacerdote, por su parte, está como dividido y sin fuerzas para actuar ante lo que considera un designio divino. No puede aceptarlo; pero tampoco alcanza a rebelarse contra el mismo. Rieux realiza ambos esfuerzos: se rebela contra el mal del sufrimiento. Y afronta la situación. No es el propósito de esta nota responder a la cuestión planteada en la novela. Sino volver a formular los interrogantes en ella expuestos. Los porqués. Y tener en cuenta la comunicación que nos hace permeables a las preguntas de los hombres, pronunciadas tantas veces desde la hondura de la impotencia y el infortunio. Así como Cristo cargó sobre sí la gran pregunta humana del sufrimiento: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt. 27, 46). Quizás se pueda concluir que a Paneloux le corresponde la diatriba de Cristo, referida en el Evangelio: íAy de ustedes, doctores de la ley, porque se han apoderado de la llave de la ciencia! No han entrado ustedes. Y a los que quieren entrar se lo impiden". (Lc.11, 52). En la agonía del niño se puede ver que el Dr. Rieux se identifica con él. Con la infancia sufriente devenida en paradigma de cuanto sufrimiento inocente pueda haber en el mundo. E interroga: ¿por qué? Abre así la posibilidad de la respuesta y la lucha. |